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El 18 Festival de Artes Escénicas de la Comunidad de Madrid en Alcalá Henares ha acogido el estreno de Una humilde propuesta, versión de Laila Ripoll a partir del texto de Jonathan Swift. Es una obra que se crea ex profeso para este festival y que asume el riesgo de llevar a escena un texto no dramático, ya que el original de Swift es un ensayo satírico. La intención de este escritor, en 1729, era hacer una parodia o autoparodia –ya que él mismo también los escribía– sobre los opúsculos que todo intelectual de clase alta que se preciara escribía “para el bien común” en la Irlanda de la época.

 

La directora, Laila Ripoll, que firma también la versión, es fiel al texto original y mantiene la idea escénica de conferencia. Vemos en escena al propio Jonathan Swift ofreciendo una charla a los asistentes. Este espectáculo se concibe desde la ruptura de la convencional obra de sala y explora las interesantes vías que abre el site-specific. Es un acierto proponer este texto en un lugar no convencional ya que prepara la recepción del espectador, que es llevado a la escuela de hostelería en autobús, y le predispone a un tipo de experiencia escénica no convencional.

 

El site-specific, de origen anglosajón, es un tipo de trabajo artístico que todavía no se conoce por el gran público en España pero que tiene una larga tradición en otros países desde los años sesenta, proliferando en los noventa. El concepto viene de la instalación pero también comienza a extenderse a las artes escénicas. Se trata de concebir una obra en un lugar no escénico y que ese espacio aporte sentido a la obra por sí solo, por lo que la misma no puede exportarse a otros lugares sin perder su esencia. Es un motivo de celebración este tipo de experiencias, que amplía el hecho del mero consumo en sala para proponer otra relación, más directa, con el público, sea promovido por el festival de Alcalá.

 

En este caso el texto es representado en la Escuela de Hostelería y Turismo. El público se sienta en una sala con mesas, puede tomar vino y el propio menú es el programa de mano del espectáculo. Un elemento fundamental es el olor a carne y dos cabezas de cerdo al fondo, poca iluminación y un ambiente refinado pero de atmósfera macabra (con música de Haendel). Frente a la audiencia se sitúa un personaje vestido a la moda inglesa del siglo XVIII, que no desvela nunca su identidad pero que podemos entender que representa al propio escritor Jonathan Swift. Al fondo hay cocineras que vemos trabajando. La puesta en escena quiere sugestionar al espectador mediante el espacio, el olor y la íntima relación que se crea como receptor.  Todo ese refinamiento inicial pronto se irá descomponiendo en algo macabro. Y es que la temática de la pieza requiere “estómagos fuertes”.

 

El monólogo es una propuesta para solucionar la enorme cantidad de niños pobres. Los padres pueden vender a sus hijos para que los ricos puedan comérselos, y paguen un buen precio por ello. Se soluciona el problema de sobreabundancia de pobres, la escasez de alimentos y alivia la falta de recursos económicos de los padres. La versión hace continuas referencias a la actualidad, como si esta “humilde propuesta” pudiéramos asumirla hoy día. Representa el actor, Mariano Llorente, con maestría la sátira del texto original, oscilando entre un serio convencimiento en su discurso y una fina línea irónica que empatiza con el espectador. Es una “propuesta humilde” pero certera y no condescendiente con el espectador.

 

La obra ahonda, con un sentido del humor irónico, en convicciones que ya el público conoce: las injusticias de nuestra sociedad y el sistema de opresión de los poderosos sobre una mayoría depauperada. La función de esta obra es recordarte e incomodarte en torno a la crueldad y la hipocresía social de la clase dominante. Parece una locura “divertida” plantear comernos los niños pero hoy en día el sistema económico es tan cruel que la risa se congela (!Qué hidratantes deben ser los inmigrantes del Aquarius y qué problema nos quitaríamos de encima!). El teatro puede llegar hasta aquí, hasta revolver los estómagos del público recordándonos nuestra miseria como sociedad desigual, pero no mas allá. El teatro no puede cambiar la sociedad pero puede remover las conciencias, bueno, en este caso “los estómagos”.

Jara Martínez Valderas, ITEM

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