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Sinopsis: Versión para la escena del ensayo de Virginia Woolf, Una habitación propia (1929), que se basaba en el ciclo de conferencias que Woolf dictó en octubre 1928 en dos universidades femeninas de Cambridge, el Newnham College y el Girton College. Considerado uno de los grandes hitos del feminismo, la idea central del ensayo es que "una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas".

Dramaturgia: María Ruiz

Autoría: Virginia Woolf

Traducción: A partir de la edición de Seix Barral

Adaptación: María Ruiz

Versión: María Ruiz

Dirección: María Ruiz

Ayudante de Dirección: Javier Pellicer

Producción: Los Pájaros en colaboración con Nuevo Teatro Fronterizo

Reparto: Clara Sanchis

Vestuario: Helena Sanchis

Música: Clara Sanchis a partir de J.S. Bach

Fotografía: Diego Ruiz e Isabel de O'Campo (Y diseño gráfico)

Fecha del Estreno: 5 de diciembre de 2016 en la Sala Ambigú del teatro Pavón Kamikaze, y representándose hasta el 26 de diciembre en la misma sala.

Teatro: Teatro Pavón Kamikaze

Duración: 1 hora y 10 minutos

Web Oficial: http://teatrokamikaze.com/programa/una-habitacion-propia.html

Entrevistas y reportajes: Entrevista a Clara Sanchis en Woman's soul (http://womans-soul.com/clara-sanchis-o-la-libertad-que-da-la-edad.html)

 

Esta producción forma parte de Femenino plural, un programa en el que se combinan diversas obras (clásicas y contemporáneas, femeninas y masculinas), cuyo eje de referencia es el debate en torno a la mujer en el siglo XXI. En esta ocasión, las reducidas dimensiones de la Sala Ambigú favorecen la cercanía y la sensación de cuerpo a cuerpo con el ensayo de Virgina Woolf, interpretado por una magnífica Clara Sanchís. Las distancias con el público se difuminan, de hecho la sala no cuenta con un escenario elevado, y la escenografía se reduce a una mesa, una silla y un piano. El público, mayoritariamente femenino y seducido de antemano por el texto, es lector, o al menos conocedor, del ensayo de Woolf, de ahí que la puesta en escena parta de una complicidad compartida.

Bajo esas coordenadas, el montaje es de una sencillez absoluta, y el peso de todo el montaje recae en la actriz, que logra mantener el tipo con un monólogo de más de una hora. Todo apunta hacia una abstracción absoluta en la que se extrañan algunas referencias al contexto y a las circunstancias del ensayo de Woolf, perdiéndose así la perspectiva desde la que surgió el texto. Es cierto que la versión de María Ruiz apuesta por universalizar y destacar los valores atemporales que convierten el ensayo de Woolf en un hito, pero de este modo se pierden matices originales del texto desde los que cada espectador puede proyectar sus propias lecturas universales, a la vez que resulta fácil que la puesta en escena caiga en repeticiones.

Otro aspecto que puede ser discutible afecta a la puesta en escena. Si bien  los intervalos musicales cumplen su función y dan un descanso a Clara Sanchís, al tiempo que también permiten respirar un poco al público, no se entiende bien la función del micrófono en esos pasajes.

A pesar de estos detalles, se trata de una puesta en escena arriesgada, por adaptar un ensayo académico bien conocido, pero muy sugerente y exitosa, en la que brilla una excelente Clara Sanchís.

Judith Farré, CISC

bayo-canvaHabent sua fata libelli, que dicen los latinos, y para demostrarlo aquí está Una habitación propia, originalmente un ensayo publicado por Virginia Woolf en 1929. Fue concebido a partir de un par de conferencias sobre mujeres y literatura que impartió a las estudiantes de los dos únicos colegios femeninos por aquel entonces de la Universidad de Cambridge. La tesis central es clara y contundente: “una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas”; su exposición no está exenta de alguna que otra señal característica de la clase acomodada británica de su tiempo. Uno se pregunta qué pensaría George Orwell ante la idea de que lo que realmente habría que hacer por un escritor es darle los medios para encerrarse en un cuarto a escribir la gran obra y después emerger papeles en mano para que el mundo admirara su superioridad intelectual; quizá se podrían añadir unos cuantos escritores y escritoras del continente que, habiendo intuido la que se avecinaba, habrían fruncido el ceño ante la idea. Sin embargo, pasado y olvidado el desastre y sus secuelas, el auge del feminismo ha convertido Una habitación propia en un texto canónico. Figura habitualmente en las listas de obras más importantes: por ejemplo, en “Los 100 libros del siglo XX” de Le Monde y en “Los 100 mejores libros de no ficción en inglés de todos los tiempos” de The Guardian. Incluso el machista más recalcitrante habrá de reconocer que se trata de un panfleto que atrapa al lector y que su brillante ironía lo hace mucho más divertido que bastantes obras de esas listas, aunque en este último aspecto se enfrente a la formidable competencia en Le Monde de Astérix el galo de René Goscinny y Albert Uderzo (que he leído entero, pero he de confesar que hace muchísimos años) y en The Guardian de Awopbopaloobop Alopbamboom de Nik Cohn (el cual reconozco no haber logrado leer más allá del título –bueno, si he de ser totalmente sincero, algo menos de eso–). Por si fuera poco, Una habitación propia ofrece enormes posibilidades dramáticas como monólogo para actriz. De hecho, esta Virginia Woolf ficcionalizada de Una habitación propia tiene pinta de querer alcanzar a la Molly Bloom del final del Ulises como protagonista de uno de los dos grandes monólogos femeninos de la literatura en inglés del siglo XX. La lógica imprevisible e inexorable del paso del tiempo hace extrañas compañeras de cama, que dirían los ingleses traducido literalmente.

El punto de referencia obvio para cualquier montaje de Una habitación propia es la adaptación que Patrick Garland escribió y llevó a escena en 1989 con una impecable Eileen Atkins, que ellos mismos se encargaron de preservar al rodarla como una película para televisión en Cambridge en 1991. Clara Sanchís compone su Virginia Woolf abordándola desde un ángulo muy diferente, sin que por ello el resultado se pueda juzgar inferior. El material de partida es sensiblemente distinto, ya que la directora María Ruiz ha elaborado su propia versión del texto. Los cortes son de rigor, pues una lectura del ensayo original se va hacia las cuatro o cinco horas. Se eliminan gran parte de las discusiones sobre figuras de las letras inglesas, algo comprensible de cara al público español, con el resultado inevitable de que la pieza acaba siendo más sobre mujeres que literatura, lo cual no sé si podrá disgustar a muchos espectadores. También me parece que ha desaparecido alguna referencia del original a esas “cosas [que] ocurren a veces” (o sea, que “a veces a las mujeres les gustan las mujeres”) y a España y Portugal como tema de conversación intranscendente. El público ocupa el lugar de las estudiantes cantabrigenses, pero sobre el escenario, en vez de un mero atril y acaso como materialización de ese espacio metafórico que es la habitación propia, figuran una mesa, una silla y un piano. Este, quizá por un temor injustificado a que la atención de los espectadores llegue a flaquear durante ochenta minutos de pura divagación verbal, es utilizado por Clara Sanchís para puntuar musicalmente su interpretación. Uno sospecha que debe de tocarlo mejor que lo hacía Virginia Woolf. Su formación musical práctica no parece haber ido mucho más allá de las clases recibidas como niña bien de la época, por más que Bach aparezca de forma conspicua en Mrs Dalloway y sepamos que los Woolf tomaron prestado un piano y adquirieron un gramófono en 1925. Es dudoso, sin embargo, que el efecto sobre el público hubiera sido el mismo si Clara Sanchís se hubiera limitado a poner un disco con las Suites inglesas por Wanda Landowska, pongamos por caso. Y, sobre todo, la Virginia Woolf de Una habitación propia es una versión ficcionalizada de una de sus dimensiones como escritora y ser humano, y muy posiblemente esa es una de las maneras como le hubiera gustado ser representada. Es un aspecto a tener en cuenta, pues quizá lo único que puede enturbiar el placer del espectador ante la interpretación de Clara Sanchís es que algunos gestos choquen con la imagen que se  haya formado de la autora inglesa. Sin embargo, aparte de sus escritos tan sólo tenemos de ella una grabación sonora y un buen número de fotografías, a menudo influidas por una estética prerrafaelita que puede llevar a prejuicios. Clara Sanchís utiliza una paleta considerablemente mayor que Eileen Atkins en lo que cabe calificar, ante todo, como one-woman show. Su Virginia Woolf despliega una energía y vitalidad arrolladoras, que no dejarían intuir una mujer capaz de cometer suicido si no fuera por la aparición ocasional de momentos depresivos. En suma, un montaje para espectadores sin prejuicios ni miedo a Virginia Woolf.

Juan Carlos Bayo, ITEM

Notodo.com, «Una habitación propia. Feminismo moderno en tablas kamikazes»

El Mundo, » ‘Una habitación propia’: libertad, dinero y una hermana mayor»

Diariocrítico, » ‘Una habitación propia’, la premisa indispensable»

lucasfh1976, » ‘Una habitación propia’, de Virginia Woolf

Butaca Anfiteatro, » ‘Una habitación propia’, o a caballo entre dos géneros»

La mano que escribe con pluma, «Una habitación propia»

«Magistral. Y en el cuerpo a cuerpo con el espectador, en esa distancia sagrada de un metro…»

Javier Villán

El Mundo

«Poca presentación necesita una obra con el título Una habitación propia, aunque, como bien apuntaba Elvira Lindo media llena de interés…»

Lola J.C. Elkin

notodo.com

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