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Sinopsis: Siete intérpretes relatan a los espectadores sus vidas y reflejan el fracaso y la insatisfacción por sus existencias, trascendiendo culturas, religiones o localizaciones geográficas; los sucesos que trasladan, son situaciones extremas desgarradas por el sufrimiento y el dolor, salpicadas –como resulta habitual en este artista- con gotas de ironía y humor ácido que contrastan y distienden a un tiempo. Frente a los relatos del hombre de hoy, el de un referente para Lauwers, el poeta musulmán Al-Ma’arri del siglo XI, que recita una selección de poemas en árabe, que hablan de libertad, amor, comprensión y optimismo.

Dramaturgia: Elke Janssens

Autoría: Jan Lauwers

Dirección: Jan Lauwers

Producción: Marjolein Demey

Ayudante de producción:

Compañía: Needcompany

Reparto: Grace Ellen Barkey, Jules Beckman, Anna Sophia Bonnema, Hans Peter Melo Dahl, Benoît Gob, Maarten Seghers, Mohamed Toukabri, Elke Janssens, Jan Lauwers

Escenografía: Jan Lauwers

Iluminación: Marjolein Demey y Jan Lauwers

Vestuario: Lot Lemm

Fecha del Estreno: 09/02/2018

Teatro: Teatros del Canal

Sala: Sala Verde

Duración: 2 horas 30 min.

Género: Tragedia

Premios: Premios de la Crítica (XVIII edición), mejor espectáculo de danza internacional.

Web Oficial: Teatros del Canal

antunanoJan Lauwers, un artista multisdiciplinar que exhibe en sus propuestas lenguajes de variada filiación artística, es un enamorado de la narración: de contar en sus espectáculos historias cotidianas y trascendentes a un tiempo, que a un espectador poco avisado pueden pasarle desapercibidas por la variedad de registros empleados o vistosidad de los montajes, en las que las envuelve. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, se despoja de lo más espectacular para presentar al público las relaciones orales de sus intérpretes sin artificios, como ocurre en The blind poet, creación de 2015. Se escuchan siete fragmentos, basados en elementos autobiográficos de los intérpretes (cuido en emplear y repetir este calificativo, pues unas veces son bailarines y otras actores los que hablan), reescritas por Lauwers y un octavo relato, la recreación del mundo sensorial y hermoso, entresacado de los poemas de Al-Ma’arri mas el recitado de algunos de ellos, firmado por el artista flamenco. La oposición del mundo poético de Al-Ma’arri resulta bipolar: de una parte, con el pesimismo y atmósfera lúgubre de las historias presentes; de otra, entre la visión idílica del Islam del medievo (no deben olvidarse las guerras que se suceden a la muerte de Mahoma, por la legitimidad de la sucesión, que está en el origen del cruel enfrentamiento entre suníes y chitas, que perdura en la actualidad) y la faz bélica del mundo árabe presente, donde la religión atiza y justifica posiciones intolerantes. En los relatos de los intérpretes, no se produce una relación dialógica como en otros espectáculos de Lauwers, sino que cada uno de ellos, sin interrupción, cuenta un testimonio de su vida, siguiendo un esquema similar: lugar, familia y marco de referencia, su situación presente, su entronque en algunos casos con la Need Company, para concluir en la descripción de una situación trágica o, al menos desesperanzada de la propia existencia. Más allá de los fragmentos autobiográficos o del descubrimiento de Al-Ma’arri, existe la posición existencial de un Lauwers, observador profundo de la realidad, sensible ante los conflictos tanto domésticos como universales y lastrado por su pesimismo vital: la sociedad no tiene enmienda y camina hacia un desolador oscurantismo o hacia su propia autodestrucción. Me parece importante, escribir, que esta es mi propia conclusión, porque Lauwers no aboca ni en este ni en otros espectáculos hacia un final cerrado y unívoco: las historias  fragmentarias, las disquisiciones en el relato, las contradicciones en los soliloquios de los intérpretes o la poliglosia tanto en sentido estricto, utilización de diferentes lenguas, como en una acepción más amplia, formulaciones incompletas en la narración de los hechos, desestructuración del contenido de los mensajes o temas, y combinación de los mismos, que surge aparentemente al azar, invitan a cada espectador a cerrar la propuesta según su sensibilidad y mundo de referencias, o bien a marcharse desconcertado al final de la primera parte, por qué no sabe hacia dónde quiere ir el director-dramaturgo.

La organización de la propuesta es sencilla: a ambos lados del escenario dos grupos de intérpretes con instrumentos musicales que acompañan, sin protagonismo las intervenciones orales; el protagonista de cada historia evoluciona performativamente por el espacio y, de vez en cuando, alguna acción colectiva acompaña las palabras, reforzando, no ilustrando lo que se escucha. La palabra y la música son los principios articuladores de la escenificación, complementada con sutiles e inorgánicos movimientos, la intensidad lumínica y un cañón de seguimiento que acompaña al intérprete en uso de la palabra. Con este planteamiento consigue traspasar la barrera del reality show y trasciende lo cotidiano, para convertir el espectáculo en un revulsivo, distinto por su proposición polisémica, en línea con lo expresado por Eco en La obra abierta y otros escritos.

La falta de organicidad en los movimientos, las agogías no naturales, la disposición proxémica en el espacio, impuesta por el director, sin un claro principio organizador de la composición estética causan el efecto collage, que siempre perturba la visión del espectador, y una disfuncional organización del tempo del espectáculo que no favorece la inmersión del público en las historias, la empatía, sino más bien una invitación a la reflexión en las causas que motivan las peripecias. Tampoco producen armonía la aparición de dos objetos escenográficos en un espacio vacío e iluminado con escasa intensidad: un par de artefactos, que simulan hombres armados que combaten con lentitud, y una especie de medusa, de animal monstruoso, en cualquier caso, que se apodera del espacio y aplasta a los personajes (una metáfora de esa visión negativa de la existencia que abate a los intérpretes-contadores, impotentes para superar la desesperanza). En relación a otros espectáculos de Lauwers falta la belleza plástica del espacio (sí presente en el vestuario y el maquillaje), que en su juego con la palabra y la expresión interpretativa, contiene una función sinestésica; pero la belleza plástica se remplaza por la descripción fascinada de Lauwers de Al-Ma’arri y algunos de sus poemas, expresados en árabe (traducidos en los subtítulos), a los que eché en falta la cadencia musical, por la limitación del actor. Espectáculo, más bien una verdadera propuesta que traspasa los límites de la mera exhibición, para que el espectador lo reformule una vez terminado.

José Gabriel López Antuñano

ARES – UNIR

 

José Luis Romo, El Mundo: “Jan Lauwers y Miet Warlop: La rompedora escena contemporánea belga desembarca en Madrid”.

Elna Matamoros, El Cultural: “La danza visceral de Lauwers y Van Dinther”.

 

 

 

Jan Lauwers y Miet Warlop: La rompedora escena contemporánea belga desembarca en Madrid.

José Luis Romo

El Mundo

La danza visceral de Lauwers y Van Dinther.

Elna Matamoros

El Cultural

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