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Sinopsis: En su estudio-museo, Santiago Rusiñol pinta La morfina. Es una pintura muy significativa en su obra ya que él mismo fue adicto a esta droga. El efecto estupefaciente le sitúa ante la irrupción de unas huestes destructivas que deshacen su casa-museo. Sus objetos, pinturas y obras literarias son arrinconados o destruidos. El enfrentamiento y los conflictos se suceden con ferocidad, sarcasmo y humor. Rusiñol defiende unas formas de vida que se resisten a desaparecer ante el asalto de lo que considera la barbarie. Sin embargo, las dudas surgen muy pronto. ¿Se trata del auténtico Rusiñol o de un guía –reubicado en espera de la jubilación– que actúa en la visita teatralizada del museo? ¿Es simplemente el conflicto laboral de un empleado cuyo desequilibrio le ha llevado a creerse el personaje y se resiste a cambiarlo ante la imposición de nuevos héroes y mitos revolucionarios? En cualquier caso, es la cruel realidad actual confrontada a lo que fue esta sociedad en el pasado. Una sociedad de ciudadanos holgados y juiciosos a orillas del Mediterráneo.

Autoría: Ramón Fontseré

Dirección: Alberto Castrillo-Ferrer

Producción: Els Joglars

Producción ejecutiva: Montserrat Arcarons, Alba Espinasa

Compañía: Els Joglars

Reparto: Ramón Fontseré, Juan Pablo Mazorra, Rubén Romero, Pilar Sáenz, Dolors Tuneu, Xevi Vilà

Escenografía: Anna Tussel

Iluminación: Bernat Jansà

Movimiento: Cía. Mar Gómez

Vestuario: Pilar Sáenz Recoder

Caracterización: Santos y Damaret

Música: David Angulo

Utilería: Pere Llach

Diseño del Cartel: Javier Jaén

Fotografía: David Ruano

Vídeo Promocional: https://www.youtube.com/watch?v=n8Jz-RUl4Lw

Fecha del Estreno: 9/01/2019

Teatro: María Guerrero (Centro Dramático Nacional)

Sala: Sala Principal

Duración: 1 hora y 30 minutos

Género: Comedia

Web Oficial: http://cdn.mcu.es/espectaculo/senor-ruisenor/

 

 

Leí hace algo más de un año, en un periódico catalanista, que un rasgo distintivo de ser (pos)franquista es citar a Salvador Espriu, el gran poeta y mediano dramaturgo catalán que sufrió los sinsabores de la dictadura y clamó contra «la insensata guerra entre hermanos». Algo parecido dirán, seguro, del pintor, poeta y dramaturgo Santiago Rusiñol, que nunca firmó, como Espriu, un poemario llamado La pell de brau [La piel de toro], pero sí una serie de cuadros titulada Jardines de España. Es ante esta palabra maldita —España— ante la que los protagonistas de Señor Ruiseñor sufrirán estertores y ataques epilépticos. Se levanta el telón.

Els Joglars regresa a los escenarios madrileños a golpe de ironía para invitarnos a una ficción plausible: en una más que reconocible Cataluña, las autoridades deciden transformar el Museo Rusiñol en un Museo de la Identidad cuya pieza principal será el cráneo de un catalán desconocido que pone de manifiesto la superior capacidad cerebral de los habitantes de dicha región. El protagonista, actor de las visitas teatralizadas del museo que se ha creído más de la cuenta su papel de Rusiñol y comparte con él la adicción a la morfina —en escena, un líquido verde fosforescente que evoca a un tiempo la esperanza y la absenta—, tratará inútilmente de defender el legado del museo. En él se encuentran, además de todo tipo de rarezas, dos Grecos menospreciados por las autoridades. Ramón Fontseré encarna a este pobre diablo empecinado en defender la memoria del maestro catalán y español y, de paso, el sentido común. Por el escenario pasea un carnaval de excéntricos personajes cuyas hechuras evocan políticos catalanes de la actualidad: la presidenta del patronato —trasunto de Carme Forcadell—, la directora del museo —eco nítido de Marta Rovira—, el adlátere Furull —que recuerda en el nombre a Jordi Turull y en el porte a ratos a Josep Sánchez Llibre y a ratos a Junqueras—, etc. Hacia el final de la pieza irrumpirán en escena el Abad de Montserrat y su más adicto feligrés, que no es otro que El Excels, icónico personaje con el que Els Joglars y Boadella nos vienen deleitando desde 1989. El doble de Jordi Pujol se lamenta de su postergación actual, la cual sufre a pesar de haber sido el artífice de todo el proyecto catalán. Es esta conexión con los anteriores montajes uno de los mayores aciertos del texto. Una lástima que el continuador de la estirpe de El Excels y de Pasqual Maremagnum, «nuestro president mártir, Carlitos Puigdemente» no pudiera hacer acto de presencia en las tablas a causa de su exilio.   

Más allá de la furibunda crítica, que divierte por lo estrambótica y asusta por lo veraz, la obra es, sencillamente, espléndida. Teatro del bueno en mayúsculas, con un ejercicio actoral impecable, una escenografía sencilla y eficaz y un espacio sonoro inmejorable. ¿Tal vez le sobren diez minutos? No se me ocurre otra pega.

La escenógrafa, Anna Tussel, ha optado por un espacio circular inclinado, rodeado por un ciclorama curvo que servía para la ambientación lumínica y para la proyección de imágenes, sobre todo cuadros de Rusiñol. Las proyecciones, de las que tanto se suele abusar en el teatro contemporáneo, son aquí empleadas en una medida justa y no sobran en ningún caso. El espacio musical, de David Angulo, con la asesoría de Enrique Sánchez Ramos y la colaboración de Francesc Vidal, es un acierto total, sobre todo en la permanente recurrencia al Coro de los románticos de Amadeu Vives, que también cometió el oprobio de ambientar su Doña Francisquita en Madrid.

Pero es el trabajo de los actores donde sin duda constatamos la maestría de este conjunto que, después de algunos montajes que a nadie convencieron, regresa en estado puro a su esencia. Es imposible dar prioridad a Juan Pablo Mazorra, Rubén Romero, Pilar Sáenz, Dolors Tuneu o Xevi Vila, pues todos ellos están espléndidos. Merece mención especial, claro, Fontseré como autor, protagonista y como símbolo mismo de toda esta línea de obras sobre la política catalana.

Hay en Señor Ruiseñor, algunas escenas magistrales. Desde el punto de vista teatral, el auca de Rusiñol es quizás la más acabada. Con apenas unas máscaras de la Commedia dell’Arte y unas gomas rojas, el elenco es capaz de evocar todo tipo de contextos, ambientes y personas. Desde el punto de vista simbólico, la coreografía de la barretina, llamémosla así, es otra cima del montaje. En ella aparece la ristra de personajes independentistas con gorro frigio y alas de angelote —¿tal vez un eco del famoso cuento de Emilia Pardo Bazán, El baile del querubín?— e intentan hacer bailar al ridículo son de su comparsa al pobre protagonista, que no quiere barretina porque le pica en la cabeza. Con tres breves pinceladas musicales y sin una sola palabra, Els Joglars logra representar el drama del botifler, aquel que se ve estigmatizado por no seguir la corriente de pensamiento oficial y que es motejado de mal catalán por ello. Desternillantes son también la escena en que inútilmente se trata de advertir al catalán del año de que va desnudo y aquella en la que una emigrante andaluza hace suyo el racismo antiandaluz de ciertos sectores catalanistas. Como señala Fontseré, hoy en día no basta ser catalán, hay que ser catalón.

El público, entregado, rio con ganas durante la función y aplaudió a rabiar durante diez minutos cuando terminó. A pesar de que hubo tres deserciones en el patio de butacas —¡apóstoles del bien pensar!— la troupe desempeñó su trabajo con la comodidad de quien predica ante conversos. Tal es así que queda sobre la escena la nostalgia de saber que nunca verán esta pieza aquellos a los que de verdad va dedicada; tal vez no cambiarían de opinión, pero pondrían en práctica el sano deporte de reírse de sí mismos. Lo peor de todo, para ellos, es que Els Joglars sigue siendo una cima de la cultura catalana y de su magnífico teatro, hasta hace no mucho superior al del resto de nuestro territorio. ¡Y pensar cuánto se empeñan en vetarles en los circuitos de aquella hermosa tierra! Pero es razonable: debe ser molesto escuchar a Rusiñol decir que «es más fácil creer que pensar».

José-Miguel Vila, «Els Joglars y la República de las maravillas», Diario crítico  

Rocío García, «Els Joglars planta cara al fanatismo en Cataluña», El país

Losánez, «Señor Ruiseñor: sin pelos en la lengua», La razón

Laura Fàbregas, «La obra que desnuda el procés (y que solo se podrá ver en Canovelles», Crónica global,

Julio Bravo, «Señor Ruiseñor: érase una vez una Cataluña culta y abierta  al mundo», ABC. 

Darío Prieto, «El viaje desde la Cataluña cosmopolita hasta el paletismo actual, narrado por El Joglars», El Mundo

“El humor sigue siendo el ácido sulfúrico contra el despotismo”, El Mundo.

Raul del Pozo

“La sensatez y la racionalidad que representaba Rusiñol ha desaparecido” El País.

Rodrigo García

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