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Sinopsis: Gabriela tiene un esposo, una esposa, dos hijxs y una cama de cinco metros. En casa estalla una repentina “crisis de parejas”, en pleno postparto de un bebé colectivizado, en la mismísima primavera del (h)amor libre. La falsa celebridad del poliamor pagará caro su poco trabajada no-monogamia, su mala autogestión de los afectos y su promiscua falta de ética. Mientras vemos nacer en una piscina inflable al mesías del poliamor, vamos cayendo en cuenta de que el único espacio seguro que nos queda es una canción de Eddie Santiago.

Autoría: (Texto) Gabriela Wiener

Dirección: Mariana de Althaus

Producción: Coproducción Sala de parto y el Festival internacional de teatro de expressão Ibérica FITEI (Portugal)

Reparto: Gabriela Wiener, Jaime Rodríguez, Rocío Lanchares, Coco y Amaru

Fecha del Estreno: 30 ene -26 marzo (Madrid)

Teatro: Teatro del Barrio

Duración: 75 minutos

 

Crítica teatral de Qué locura enamorarme yo de ti

Mélanie Werder Avilés

Instituto del Teatro – UCM

Soy Gabriela Wiener, no soy actriz, soy escritora. Duermo con un hombre, una mujer y un bebé. El hijo que tuvieron hace poco mi marido y mi mujer. Compramos una cama de casi cinco metros, no imaginan todo lo que cabe ahí: es la cama oficial del poliamor. 

Bajo esta premisa esperaba la sala del Teatro del Barrio a la escritora Gabriela Wiener, que llegó texto en mano a diseccionar una serie de reflexiones sobre su realidad familiar.  En el escenario, a la altura de la vista, un proyector. Entre el atril de la izquierda y el micrófono de la derecha -corchetes escenográficos que abarcan el estallido de lo narrado-  los libros esparramados, la estantería vacía, la pizarra en el suelo. Durante el transcurso de la obra, paralelo a la narración del desastre, la protagonista irá reordenando el espacio: como si no hubiera pasado nada. 

Quizá la interacción con la escenografía sea el elemento más teatral de una acción performática que se anuncia – quizá para curarse en salud- lejos de la voluntad teatral: no soy actriz, no soy cantante, pero cantaré y bailaré. 

Y así ocurre, de manera fragmentada, la escritora lee, magnética, su personal relato. Con la cercanía de una amiga tuya, que en una noche de vino y consuelo te cuenta los pormenores de sus devaneos amorosos. La intimidad se hace presente, la lectura del texto resulta bella. Viva la escritura, vivan los escritores que comparten sus relatos en voz alta.

Sin embargo, a nivel teatral resulta difuso. Cuando se escribe sobre la propia experiencia, cuando el yo sale a flote, la intimidad a bocajarro, a veces ocurre que se descuidan las formas. No se presentan personajes en un diario personal, la profundidad del yo prima. Por desgracia, como público, como espectadores de pensamientos narrativos hilvanados, a veces notamos que la protagonista, inmersa en el juego vivencial, se olvida de aclarar quién es quién en el relato. La ausencia de fábula mella. A pesar de ello el conflicto de la obra es real, y es bello.

Quisiera apuntar, como adenda transmedial, que yo hice el descubrimiento de la historia de la tripareja gracias a una maravilla de podcast que me voy a permitir el lujo de recomendar con todo el ímpetu posible: Las Raras.

En poco menos de veinte minutos, con una entrevista a la propia Gabriela, se expone el conflicto de la historia: una mujer feminista, poliamorosa, con un marido y una mujer, que acaban de tener un hijo – su marido con su mujer- cae en una vorágine de celos en esa grieta en las rutinas y los tiempos que supone el postparto. La situación resulta insostenible, Rocío se marcha con su bebé, y se genera el vacío y el dolor en la famosa cama del poliamor.

Sin embargo, en la obra teatral, desde el yo, se pierden los vestigios dramáticos de esos dolores. La protagonista se acerca desde una marcada distancia a sus propias contradicciones. El cinismo estilo stand-up evita una exploración poética en los auténticos recovecos dramáticos. Provoca carcajadas entre los asistentes, pero se echa de menos mayor ejercicio de honestidad ante el público, la ironía lo cubre todo. Es legítimo, es un arma para protegerse, el escenario es sinónimo de vulnerabilidad. Pero el espectador siente esa ironía sobre lo expuesto, manchando las posibilidades escénicas de un texto muy bien escrito. A veces renegar del teatro puede ser un error -el teatro nos da herramientas ante la virulencia de la autoficción-. Se produce por tanto un fuerte ejercicio de ego en el que la visión, sensación, cuerpo y necesidad de la autora son las únicas cuestiones presentes. La narración de los hechos resulta ciertamente circular, bordea los tiempos, repite las sensaciones, y es difusa. Se mencionan muchos sobreentidos que funcionan para aquellas personas que son del círculo cercano de esta familia, pero que se pierden para el espectador común.

La pregunta es, ¿Cómo sobrevivir al poliamor? Pero realmente no se cuestiona, no se plantea, no hay fábula. Se echa de menos la posibilidad de una visión poliédrica sobre un tema tan fértil. Hay una visión personal escrita con un talento incuestionable.

Durante la función se crean destellos sumamente poéticos. Pequeños rayos fugaces que nacen del contraste con recursos efectivos. Como el inicio de la obra: la grabación casera del parto de Amaru, o el vídeo del hije Coco –Sin dinero en el ahorramás, temazo- exponiendo en código de videoblog su percepción, así como el uso del parche heredado: ver lo que se quiere ver. Sin embargo resultan desaprovechados elementos como la irrupción en escena de los otros integrantes de la tripareja: él lee un poema, ella narra un fragmento de su visión. La falta de sentido dramatúrgico, cede todo el valor de la representación a la empatía del público con una persona cercana. Una protagonista que nos lleva con sus preocupaciones particulares en bailes de dudas, celos, miedos y pasiones.

Por otra parte, ya lo dice ella al principio yo no soy actriz, soy escritora, por lo que igual el sentido de esta crítica – con expectativa y criterios teatrales- es cuasi nulo. Si no es teatro, tenemos a una escritora leyéndonos su diario personal, contándonos sus canciones favoritas y generando una poesía de la intimidad, una fabulación documentada, que resultó una delicia para algunos, sobretodo para sus amigas y amigos que poblaban la sala, y salieron a bailar con ella al final del recital. 

Qué locura enamorarme yo de ti es una escritura del yo sin el público, y a mí, que soy muy ingenua, me gusta fantasear con la idea de que en la dramaturgia siempre cuentan con nosotros. Permítanme un giro al auto, a la confesión, en esta reseña. Yo, como público, también tengo mi ego: cuéntame todo lo que quieras, pero explícamelo a mí. Finjamos, enámoremonos, como si fuese tuya y tú mía, cuéntame como si no hubiese venido nadie más a la función. ¿O no? Igual, desde el cuestionamiento del contenido a la forma teatral es precisamente donde rasca esta perfomance. 

CRÍTICA

Peio H. Riaño, “Poco sexo, muchos prejuicios” El País

REPORTAJES Y ENTREVISTAS

Patricia Reguero, “Gabriela, Rocío y Jaime: “Una relación poliamorosa requiere mucha imaginación”” El Salto

Marta Borraz, “Qué locura enamorarme yo de ti’ o cómo sobrevive una feminista en una relación de tres a las contradicciones del poliamor” El Diario

 

 

“No hay imposturas en el costumbrismo poliamoroso, género inaugurado por Gabriela Wiener que no es actriz, sino una excelente escritora. Tampoco es cantante, ni bailarina. No sabe interpretar, pero cuenta historias y construye a partir de su pequeñez cotidiana, porque la mitad de las grandes verdades son pequeñas mentiras.

Peio H. Riaño

El País

“Y así ocurre, de manera fragmentada, la escritora lee, magnética, su personal relato. Con la cercanía de una amiga tuya, que en una noche de vino y consuelo te cuenta los pormenores de sus devaneos amorosos.”

Mélanie Werder Avilés

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