Prometeo, bufón y mártir: cuando todo el teatro cabe en un cuerpo
Crítica de Prometeo, bufón y mártir

Antes de que Prometeo, bufón y mártir empiece, Alberto Castrillo-Ferrer ya está en escena. Habla con el público, comenta, bromea y parece simplemente el actor que espera a que llegue la hora de comenzar. No hay todavía una frontera clara entre la sala y la función. De pronto cambia la voz, modifica la postura y la persona que estaba conversando con nosotros desaparece. En su lugar hay un personaje. El cambio dura apenas unos segundos, pero es suficiente para que el escenario se transforme.
Ese primer paso entre actor y ficción explica buena parte del montaje. Durante poco más de una hora, un solo cuerpo debe crear dioses, seres humanos y monstruos, contar el origen de la humanidad, robar el fuego, abrir la historia de Pandora y llegar hasta el castigo de Prometeo. La obra reúne diferentes episodios del mito y los convierte en una narración cómica que avanza casi sin detenerse. Sobre el escenario hay un actor. En la imaginación del espectador, muchas veces, parece haber una multitud.
La página de Godot habla de más de treinta personajes y, viendo la función, la cifra deja de parecer una curiosidad promocional. Castrillo-Ferrer no necesita desaparecer para cambiar de identidad. Lo hace delante del público. Una nueva posición de los hombros, una respiración distinta, una voz más grave o una forma concreta de mirar bastan para que aparezcan Prometeo, Epimeteo, Zeus, Hefesto, Hermes o Pandora. Sabemos perfectamente que todos proceden del mismo actor y, sin embargo, aceptamos la diferencia.
Lo más impresionante no es únicamente la velocidad del cambio, sino la precisión con la que cada personaje ocupa un espacio propio. Cuando dos figuras dialogan, Castrillo-Ferrer modifica el eje del cuerpo y la dirección de la mirada hasta crear interlocutores donde no hay nadie. El público termina colocando mentalmente a cada personaje en el escenario. A veces parece que estamos viendo una especie de montaje cinematográfico hecho sin cámara: el actor cambia el plano, el punto de vista y hasta el ritmo del corte utilizando únicamente su cuerpo.
Por eso la escenografía circular resulta tan eficaz. Stefano Perocco construye un espacio sencillo, casi una plataforma para contar. No intenta representar el Olimpo ni llenar la escena de referencias arqueológicas. El mundo aparece a partir del movimiento. Castrillo-Ferrer señala un lugar vacío y el espectador lo completa. Camina de una manera y surge un dios; se encoge y aparece otra criatura. El escenario no contiene el mito: es el actor quien lo va proyectando sobre él.
La propuesta conecta con una tradición de teatro popular, Commedia dell’Arte y bufonada que el propio montaje asocia a la herencia de Dario Fo. Pero no hace falta conocer esa genealogía para entrar en el juego. Lo que llega primero es la comicidad. Prometeo no aparece como la estatua solemne del rebelde encadenado, sino como un personaje astuto, capaz de engañar a Zeus y de disfrutar durante un tiempo de su propia inteligencia. Epimeteo es torpe; Zeus puede resultar imponente y ridículo; Hermes se transforma en una figura aduladora. Los mitos dejan de estar quietos.
Eso me parece especialmente importante. Muchas veces conocemos a Prometeo como una serie de datos: robó el fuego, se lo entregó a los hombres y fue castigado por Zeus. La función recuerda que un mito no es una ficha de estudio. Es una historia que ha sobrevivido porque puede volver a contarse. Marco Zoppello reúne materiales que pasan por la creación del ser humano, los sacrificios, el robo del fuego y Pandora, pero no los presenta como una clase. Los utiliza para construir una comedia que va explicando el destino de Prometeo casi como lo haría un narrador frente a un grupo de personas.
La risa, además, permite entender mejor el título. El bufón puede decirle la verdad al poder porque, durante un tiempo, el poder cree que está escuchando un chiste. Prometeo engaña, provoca y demuestra continuamente que Zeus no controla tanto como imagina. Pero el juego tiene un límite. Cuando la broma afecta realmente a la autoridad, el bufón empieza a convertirse en mártir. La misma persona que hacía reír es castigada por aquello que se atrevió a hacer visible.
Prometeo roba el fuego para los seres humanos y ahí la historia deja de ser solamente una pelea entre dioses. El fuego significa la posibilidad de transformar el mundo, de hacer cosas que antes estaban reservadas a una autoridad superior. La función no necesita convertir esa idea en una referencia política concreta. Basta con mostrar una relación reconocible: alguien posee algo, otro decide compartirlo y el poder responde castigando la desobediencia.
La obra es cómica, pero su estructura conduce inevitablemente hacia el sufrimiento. Al principio, la energía física de Castrillo-Ferrer parece inagotable. Corre, cambia de voz, produce personajes y llena el escenario. Por eso, cuando Prometeo queda encadenado, la inmovilidad adquiere una fuerza especial. El cuerpo que había construido todo un universo mediante el movimiento tiene que seguir contando desde la imposibilidad de moverse. El contraste hace visible el castigo de una forma mucho más potente que una gran escenografía.
También cambia nuestra relación con el actor. Al principio lo hemos visto hablar con nosotros casi como Alberto Castrillo-Ferrer. Después hemos aceptado decenas de identidades. Finalmente volvemos a ser conscientes de que todo depende de una sola persona que respira, se mueve y sostiene la narración. La función enseña constantemente sus mecanismos y, paradójicamente, eso no reduce la ilusión. La aumenta. Ver cómo se fabrica el personaje hace todavía más sorprendente que el personaje exista.
Para mí, ese es el mayor poder de Prometeo, bufón y mártir. Demuestra lo poco que necesita el teatro para crear una imagen cuando el actor sabe exactamente qué quiere que el público imagine. No hacen falta treinta intérpretes para ver treinta personajes. No hace falta construir el Olimpo para aceptar que estamos entre dioses. El escenario puede estar casi vacío porque la parte que falta la construimos nosotros.
Al terminar, queda otra vez un solo actor. Es la misma persona que estaba hablando con el público antes de empezar y, al mismo tiempo, ya no parece exactamente la misma. Durante la función ha contenido a Prometeo, Zeus, Pandora y muchas otras figuras. El mito ha pasado por su cuerpo y después por la imaginación de quienes estábamos mirando. Quizá por eso una historia tan antigua sigue funcionando. Los clásicos sobreviven cuando alguien vuelve a contarlos como si todavía estuvieran ocurriendo.
Prometeo roba el fuego para entregárselo a los seres humanos. Castrillo-Ferrer hace algo bastante parecido con las imágenes: las crea delante de nosotros y después nos obliga a terminar de encenderlas en la cabeza. Un actor, una tarima y una voz. A veces, para construir un mundo entero, el teatro no necesita mucho más.
Sinopsis
Equipo
Marco Zoppello
Dirección
Marco Zoppello
Producción
El Gato Negro Teatro, Stivalaccio Teatro, Federico Corona
Reparto
Alberto Castrillo-Ferrer
Escenografía
Stefano Perocco
Iluminación
Bucho Cariñena
Espacio Sonoro
Oswaldo Felipe, David Angulo
Fotografía
Marta Marco
Distribución
Pilar Royo
Compañía
El Gato Negro Teatro, Stivalaccio Teatro
Vestuario
El Gato Negro Teatro / Stivalaccio Teatro
Diseño del Cartel
Manuel Vicente
Festivales
ManhattanFest 2026, Murillo de Gállego
Web Oficial
https://gatonegroteatro.com/portfolios/prometeo/ https://teatrotribuene.com/programa/prometeo-bufon-y-martir/
Idioma
Español
Fecha del Estreno: 28/05/2026
Teatro: Teatro Tribueñe
Sala: -
Duración en minutos: 70
Género Narración Oral; Comedia Tragicómica; Teatro Gestual; Teatro Popular; Bufonada; Reescritura Mitológica.
Prometeo, bufón y mártir
«Un actor, una tarima y una voz. A veces, para construir un mundo entero, el teatro no necesita mucho más»
Rodrigo Vélez Mesonero

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