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Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán

Crítica de Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán

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Victoria Lastre
Máster en Teatro y Artes Escénicas

En su nuevo espectáculo, Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán, la dramaturga y directora María Goiricelaya vuelve a situar la muerte en el centro de la reflexión escénica, un tema que orbita sus producciones recientes, como demuestra también la dirección del texto de Alberto Conejero, Tres noches en Ítaca, estrenada recientemente.

La obra parte del viaje que emprenden un padre y una hija a lo largo del Camino de Santiago, la ruta de peregrinación más antigua de Europa. Este recorrido funciona como eje estructural de la propuesta y como marco para el encuentro con distintos personajes que comparten sus propias experiencias vinculadas a la muerte. El Camino funciona como un espacio de cruce: un lugar donde se entrelazan experiencias, testimonios y formas diversas de afrontar la pérdida. Más allá del desplazamiento físico, el recorrido permite reflexionar sobre la vida entendida como tránsito y sobre la importancia de caminar junto a otros, incluso, y sobre todo, en momentos marcados por el dolor y la incertidumbre.

La escena recibe al público al ritmo de un monitor cardíaco que anuncia la espera de una muerte segura. La escenografía es sobria, dos paneles blancos que funcionan como superficies de proyección, una camilla de hospital y algunas sillas dispuestas a uno de los lados. El espectador toma asiento bajo la presencia insistente de un ritmo cardíaco amplificado que da paso al comienzo de la obra tras un solemne latido final. Desde ese primer gesto sonoro se nos induce a una reflexión que atravesará toda la pieza: el final como parte ineludible del comienzo, como condición misma de la existencia.

Se trata de una propuesta que reflexiona sobre la muerte en tonos cálidos y cercanos, aligerando la narración mediante destellos cómicos que permiten al público habitar una historia profundamente emotiva sin quedar anegado por ella. La obra aborda el acompañamiento de alguien amado cuando el final es ya una certeza. La necesidad de poner fin al sufrimiento que conlleva el conocimiento de lo inevitable y, al mismo tiempo, la urgencia de regresar a una cotidianidad que, paradójicamente, recordamos más viva que nunca cuando se ve amenazada. Resulta especialmente valioso, y un tanto aliviador, asistir a una propuesta que muestra distintas formas de estar juntos en momentos límite. En un contexto cultural en el que el discurso parece inclinarse, en ocasiones, hacia la defensa de una individualidad autosuficiente capaz de gestionar el dolor desde el aislamiento, la obra reivindica el acompañamiento como gesto radicalmente humano.

Uno de los aciertos de la propuesta reside en el intercalado entre la representación escénica y la proyección en pantalla. A lo largo de la obra se producen momentos en los que lo actuado encuentra su espejo en los clips de vídeo proyectados sobre los paneles del fondo. Lo que sucede en escena se duplica, se desplaza o se resignifica en la imagen proyectada, permitiendo al público asistir a una suerte de representación doble, la del cuerpo presente y la de su reflejo mediado. Si bien no suelo ser especialmente defensora de la introducción de proyecciones como recurso narrativo, sobre todo cuando funcionan como atajo para mostrar aquello que no puede ser llevado a escena por razones de tiempo o espacio, en este caso el dispositivo resulta pertinente. Aporta una cierta sensación de confusión o desdoblamiento, acorde con el estado emocional de los personajes, inmersos en un duelo anticipado. La pantalla introduce, además, una distancia con respecto a lo que acontece, un leve extrañamiento que dialoga con la dimensión reflexiva de un momento vital de especial complejidad.

No obstante, considero menos logrado el tratamiento de algunos episodios de juerga que los personajes atraviesan durante el camino compartido. Pese a la entrega del elenco, y el especialmente destacable trabajo de María Pikaza, la representación del jolgorio escénico se me presenta, las más de las veces, de una dificultad particular. La fiesta exige una suspensión del juicio que se antoja íntima, casi privada. Asistir a una juerga sabidamente actuada, bajo la conciencia constante de la mirada, dificulta esa entrega. La intimidad que requiere el descontrol festivo se ve inevitablemente tensionada por el artificio teatral, haciendo que momentos que podrían hacer respirar la representación misma acaben recordándonos el dispositivo y alejándonos de la presencia del acontecimiento.

Con todo, Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán construye un espacio de reflexión y acompañamiento que se disfruta, disponiendo las piezas de forma que la dimensión abrumadora del duelo pueda aceptarse un poco más, dejando a un lado la priorización del entendimiento y asumiendo la compañía como principal sostén ante la incertidumbre.


Sinopsis

Un padre y una hija convierten el Camino de Santiago, la ruta más antigua de Europa, en un cruce de personajes e historias. Estas ponen el foco en la muerte y abrazan a las personas que acompañan a otras en esta última etapa de la vida.

Un cruce de caminos entre historias que nos invitan a reflexionar sobre la muerte y que brilla como un reconocimiento a todas aquellas personas que dejaron este mundo con dolor y un abrazo a todas esas otras que las acompañan.


Equipo

Dramaturgia
María Goiricelaya




Dirección
María Goiricelaya




Producción
La Dramática Errante




Reparto
Loli Astoreka, Aitor Borobia, Idoia Merodio, Ane Pikaza, Egoitz Sánchez, Patxo Telleria
Escenografía
David Pascual




Iluminación
David Alcorta
Movimiento
Alberto Ferrero


Espacio Sonoro
Ibon Aguirre








Vestuario
Daniel F. Carrasco
















Videoescena
Estudio Gheada


Web Oficial
https://www.teatroabadia.com/espectaculo/ni-flores-ni-funeral-ni-cenizas-ni-tantan/#caja-masinfo


Idioma
Español




Otros Espacios
NOIZ Lab Con la colaboración de Teatro Arriaga


Fecha del Estreno: 19/02/2026

Teatro: Teatro de la Abadía

Sala:  Sala Juan de la Cruz

Duración en minutos: 90

Género  Teatro


Bea López, María Goiricelaya: «Para aprender a vivir bien tenemos que aprender a morir bien», Teatro Madrid

Bea López, «Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán es una obra que es urgente que vivamos; es un espectáculo necesario, desafiante, verdadero, espléndido, doliente, reconfortante como lo es nuestra vida y por consiguiente también la muerte», Teatro Madrid

Carlos Valades, «Una puesta en escena que transmite melancolía y esperanza», Nueva Tribuna


Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán

«Con todo, Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán construye un espacio de reflexión y acompañamiento que se disfruta, disponiendo las piezas de forma que la dimensión abrumadora del duelo pueda aceptarse un poco más, dejando a un lado la priorización del entendimiento y asumiendo la compañía como principal sostén ante la incertidumbre»

Victoria Lastre

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