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La voluntad de creer: ¿queremos volver a creer?

Crítica de La voluntad de creer

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Rodrigo Vélez Mesonero
Instituto del Teatro de Madrid

Uno de los grandes aciertos del programa JOBO del Ayuntamiento de Madrid ha sido crear el hábito de ir al teatro en muchos jóvenes. Más que regalar entradas, el bono ha conseguido que espacios como el Teatro Español, Naves del Español en Matadero, Fernán Gómez o Conde Duque entren en la vida cultural de quienes tenemos entre 16 y 26 años. Ir al teatro deja de ser un plan excepcional y empieza a convertirse en una posibilidad real de ocio.

Ir al teatro con JOBO tiene además un pequeño riesgo. Cuando una obra llega rodeada de premios y excelentes críticas, uno entra en la sala con cierta desconfianza. La pregunta aparece casi sin querer: ¿seré capaz de entenderla al mismo nivel que quienes la han convertido en uno de los acontecimientos teatrales del año? Afortunadamente, La voluntad de creer despeja esa duda desde los primeros minutos. No es una función que exija al espectador demostrar nada; es una obra que entra por los ojos desde el principio y que consigue algo muy difícil: hacer que una reflexión filosófica resulte profundamente entretenida.

Los actores reciben al público recordándole algo que normalmente olvidamos en cuanto se apagan las luces: estamos en un teatro. Todo lo que vamos a ver es ficción. Pero esa advertencia inicial no pretende alejarnos de la historia; al contrario. Nos invita a preguntarnos por qué, sabiendo que todo es mentira, estamos dispuestos a emocionarnos como si fuera verdad. Y precisamente de eso habla la obra: de la diferencia entre la realidad y la voluntad de creer.

La dramaturgia de Pablo Messiez toma como punto de partida La palabra (Ordet), de Kaj Munk, y la película Ordet de Carl Theodor Dreyer, una de las grandes reflexiones cinematográficas sobre la fe. Allí un miembro de una familia campesina danesa se cree Jesucristo y la historia termina desembocando en una de las escenas de resurrección más célebres del cine europeo. Messiez traslada esa estructura al presente. En esta ocasión, el menor de una familia de hermanos vascos sostiene que es Jesús de Nazaret. Sus hermanas atribuyen ese delirio a una lectura excesiva de Kierkegaard y contemplan su comportamiento como un caso clínico antes que religioso. Sin embargo, igual que ocurría en Ordet, la función nunca permite que el espectador se acomode en una explicación racional. Poco a poco la duda empieza a instalarse en la platea. ¿Y si la locura no fuera exactamente locura?

Como en la película de Dreyer, también aquí habrá muerte y resurrección. Pero lo verdaderamente importante no es el milagro, sino la manera en que la función pone continuamente a prueba la posición del espectador. Cada escena obliga a decidir cuánto estamos dispuestos a creer. La obra no intenta convencer a nadie de la existencia de lo sobrenatural. Lo que hace es mucho más interesante: demostrar que el teatro funciona de una manera parecida a la fe. Entramos sabiendo que todo es ficción y, aun así, elegimos creer durante dos horas.

La dirección juega constantemente con esa idea. Los intérpretes rompen la cuarta pared, dialogan con el público y recuerdan una y otra vez el carácter artificial de la representación. Paradójicamente, cuanto más evidente resulta el artificio, más fácil es implicarse emocionalmente en la historia. La función no oculta sus mecanismos; los enseña para que el espectador decida si quiere entrar o no en el pacto. Quizá por eso La voluntad de creer conecta tan bien con ciertas inquietudes de la cultura reciente. En los últimos años resulta llamativo comprobar cómo muchos artistas jóvenes han vuelto a hablar de espiritualidad sin hacerlo necesariamente desde la religión. Ahí están la delicadeza casi litúrgica de Laufey, la imaginería de LUX de Rosalía, La llamada de Los Javis o películas recientes como Los domingos. Ninguna pretende ofrecer respuestas dogmáticas. Todas parecen formular la misma pregunta: ¿todavía queremos creer en algo?

Desde ese punto de vista, la función termina siendo mucho más generacional de lo que parece. Durante años se ha repetido que los jóvenes vivimos instalados en el cinismo, incapaces de aceptar cualquier forma de trascendencia. Sin embargo, quizá lo que ocurre sea exactamente lo contrario. Quizá seguimos buscando experiencias capaces de sacarnos de lo cotidiano. Quizá seguimos necesitando creer, aunque ya no sepamos muy bien en qué.

La puesta en escena acompaña perfectamente esa búsqueda. Todo parece construido para que el espectador nunca pueda distinguir del todo dónde termina la representación y dónde empieza la experiencia. No hay grandes efectos espectaculares; basta la precisión del trabajo actoral y una dirección que entiende que el verdadero conflicto ocurre en la cabeza del público.

Al salir del teatro resulta difícil dejar de darle vueltas a la pregunta que la función plantea desde el principio. No si Dios existe. Ni siquiera si los milagros existen. La pregunta es otra, mucho más sencilla y quizá mucho más incómoda. ¿Y si, en el fondo, todos necesitáramos un poco de voluntad para creer?


Sinopsis

En la transcripción del juicio a Juana de Arco, cuando le preguntan cómo sabía que era la voz de San Miguel la que escuchaba, contesta:

“−Porque tenía voz de ángel.

−¿Cómo sabe usted que era una voz de ángel?

−Porque tuve la voluntad de creerlo.”

Desde que leí esta última frase, me acompaña como una definición posible del teatro y también como una obsesión. ¿Qué relación hay entre voluntad y fe? ¿Qué hace que algo sea verosímil? ¿Qué papel ocupa la voluntad en la sugestión?

Después de dedicarnos a escuchar canciones para la creación de nuestra última obra, pondremos ahora nuestra atención en la creencia. Para esto, trabajaremos a partir de la película Ordet, de Dreyer, que termina con una de las escenas más bellas y de verosímil más osado que yo he visto.

En nuestra función, el menor de una familia de hermanos vascos sostiene que es Jesús de Nazaret. Sus hermanas consideran que ha enloquecido por exceso de lecturas de Kierkegaard. Como en Ordet, habrá muerte y resurrección. Y, sobre todo, el deseo de jugar con la percepción del espectador de modo que la propia función sea una puesta a prueba de su fe.


Equipo

Dramaturgia
Pablo Messiez
Auroría
Kaj Munk


Dirección
Pablo Messiez
Ayudante de Dirección
Javier L. Patiño


Producción
Jordi Buxó, Aitor Tejada
Producción Ejecutiva
Pablo Ramos
Ayudante de Producción
Roberto Mansilla
Reparto
Marina Fantini, Rebeca Hernando, María Jáimez, José Juan Rodríguez, Sergio Adillo, Mamen Camacho
Escenografía
Max Glaenzel




Iluminación
Carlos Marquerie
Movimiento
Elena Córdoba


Espacio Sonoro
Iñaki Ruiz Maeso








Vestuario
Cecilia Molano


































Fecha del Estreno: 13/04/2024

Teatro: Teatro Español

Sala:  -

Duración en minutos: 90

 


Marta García Miranda, «‘La voluntad de creer’: Pablo Messiez rompe el teatro a la búsqueda de lo imposible», El Confidencial

«La voluntad de creer», En Platea

Hada Torrijos, «La voluntad de creer: cuestión de arte y fe», Culturamas


La voluntad de creer

«¿Y si, en el fondo, todos necesitáramos un poco de voluntad para creer?»

Rodrigo Vélez Mesonero

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