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1984, el eterno presente

Crítica de 1984

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Julio Vélez Sainz
ITEM-UCM

Hay textos que no envejecen porque nunca dejan de suceder. 1984, la novela de George Orwell, pertenece a esa categoría incómoda de obras que parecen escritas para un futuro que siempre es ahora. Su adaptación escénica en el Teatro Fernán Gómez parte de ese presupuesto: no es necesario actualizar el texto, basta con escucharlo.

El principal reto dramatúrgico de cualquier versión de 1984 es evidente: cómo condensar una novela densa, llena de capas ideológicas, filosóficas y narrativas, en un dispositivo teatral necesariamente limitado. Aquí la adaptación opta por una solución clara y eficaz: reducir el universo a cuatro intérpretes en escena que sostienen la acción principal, mientras una serie de figuras en videoescena amplían el mundo exterior. Este juego entre presencia y proyección funciona especialmente bien en la representación de los grandes dispositivos totalitarios de la novela. Las multitudes, los espectáculos de masas —como la Semana del Odio— aparecen filtrados a través de las pantallas, creando una sensación de distancia y, al mismo tiempo, de omnipresencia. No vemos la masa, pero la sentimos. Y, sobre todo, la escuchamos.

La dirección apuesta por una limpieza formal que se agradece. No hay sobrecarga conceptual ni voluntad de reinterpretación excesiva. El trabajo escénico se sostiene en la precisión del ritmo y en la claridad de las relaciones entre los personajes. La escenografía, envolvente, sitúa al espectador dentro del dispositivo: no asistimos a la vigilancia, formamos parte de ella. Uno de los elementos más eficaces es el uso de las bambalinas como espacio activo. Los personajes interpretados por Javier Ruiz de Alegría y Cristina Arranz no solo participan en la acción, sino que observan, escuchan, registran. Su presencia constante en los márgenes genera una sensación de control permanente. No hay fuera de campo. Todo está siendo visto.

La imagen recurrente del ojo —ese símbolo omnipresente del Gran Hermano— refuerza esta idea. No solo vigila a los personajes: en determinados momentos parece dirigirse al público, recordándonos que la vigilancia no es solo un tema dramático, sino una experiencia compartida.

En el plano interpretativo, el equilibrio entre los actores resulta fundamental. David Lázaro asume el peso trágico de la obra con una contención que evita el exceso emocional. Su personaje avanza desde la duda hacia la fractura con una progresión sólida, sostenida en una presencia escénica firme. Frente a él, el trabajo de Javier Bermejo introduce un contrapunto inesperado. Su vis cómica no rompe el tono de la obra, sino que lo complejiza. En un universo dominado por la opresión, el humor aparece como un mecanismo de resistencia, pero también como una forma de evidenciar lo absurdo del sistema. Su interpretación aligera la gravedad sin desactivar la tensión. El conjunto actoral funciona como un engranaje preciso donde cada pieza cumple una función clara. No hay lucimientos individuales desmedidos, sino una construcción coral al servicio del dispositivo escénico.

Lo más interesante de la propuesta es que evita subrayar los paralelismos con la actualidad. No hace falta. Las videopantallas, la neolengua, la manipulación del lenguaje, la reescritura constante de la historia: todo está ya ahí. El espectador reconoce esos elementos sin necesidad de que la escena los convierta en consigna.

Y quizá ese sea el mayor acierto de esta 1984: confiar en la inteligencia del público. No imponer una lectura, sino activar una reflexión.

Al salir, uno no tiene la sensación de haber visto una distopía. Más bien, la de haber asistido a una descripción inquietantemente precisa del presente.

Porque el verdadero terror de 1984 no es lo que imagina, sino lo que reconoce.


Sinopsis

Winston Smith nos relata su experiencia a través del diario que ha decidido escribir en acto de rebeldía contra el pensamiento único del Partido.
Esta narración abre ante nuestros ojos un espectáculo de convención consciente, de juego a vista del espectador. Cuatro actores como Winston, Julia, O’Brien y toda la constelación de personajes que pueblan el mundo de 1984 alrededor de Winston.

Estética retro-futurista. Espacio de juego alienante donde los humanos (intérpretes y público) sentirán la crueldad del material hiriente, molesto, agresivo…  Metales oxidados, herrumbre, humedad… Recursos escénicos creados en vivo por los acto- res conviven con el uso de la tecnología audiovisual.


Equipo



Autoría
George Orwell
Versión
Javier Sánchez-Collado, Carlos Martínez-Abarca
Dirección
Carlos Martínez-Abarca










Reparto
David Lázaro, Javier Ruiz de Alegría, Cristina Arranz, Javier Bermejo


























































Fecha del Estreno: 03/03/2026

Teatro: Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa

Sala:  Sala Jardiel Poncela

Duración en minutos: 110

 


Miguel Galindo, «‘1984’, cuando la ficción supera a la realidad: «Por desgracia, nunca ha estado tan de actualidad como hoy en día»», Cadena Ser

Diego Doncel, «‘1984’, la épica de nuestras pesadillas políticas», ABC


1984

«Y quizá ese sea el mayor acierto de esta 1984: confiar en la inteligencia del público. No imponer una lectura, sino activar una reflexión»

Julio Vélez Sainz

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