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Sinopsis:

No Time to Rage nos expone el conflicto que vive el individuo que decide enfrentarse a la sociedad. O lo que es lo mismo, que decide enfrentarse a sí mismo. Deconstruir para construir

En este viaje de dualidades, el individuo que quiere sobrevivir y trascender debe enfrentarse a su entorno, ateniéndose a la exclusión y al rechazo de los otros. Abriendo, incluso, la posibilidad de la propia mutación, de la pérdida durante el recorrido.

Sin bien no hay mal. Sin mal no hay bien.

Los personajes de No Time to Rage están sometidos a la dicotomía constante, se desarrollan en un espacio-tiempo pseudofuturista, alternando dos líneas que dramatizan sus vivencias presentes y pasadas. Un ciclo de toxicidad que, como un neoeterno retorno, incluye las dos caras de una misma realidad: ser tanto víctima como verdugo. Nadie es impune.

Este conflicto constante desea llevar al espectador a una autoevaluación sobre el concepto del “yo” y del “otro”, reseteando sus propios prejuicios. Generando una herida abierta pero pensante, incidida a través de la expresividad punzante y precisa de la interpretación de sus bailarines.

No Time to Rage cuenta de manera visceral una sociedad en la que sus partícipes se creen libres de convenciones y roles establecidos, que miran hacia su propio ombligo para no reconocer que ellos mismos fueron los que crearon el lugar del que ahora no pueden liberarse

Esta obra refleja las oscuras contradicciones que forman parte de la propia libertad, pero arroja luz sobre ella, a este deseo innato, imposible de extinguir, en cada uno de nosotros.

Dramaturgia: Eduardo Vallejo Pinto

Dirección: Eduardo Vallejo Pinto

Ayudante de Dirección: Michela Lanteri

Producción: Batbox Productions

Producción ejecutiva: Diego Cavia

Coordinación técnica:

Compañía: Ogmia

Iluminación: Kira Argounova

Vestuario: Eduardo Vallejo Pinto

Realización de Vestuario: Piedad Valles

Música: Iván Solano

Diseño del Cartel: Diego Cavia

Fotografía: Alba Muriel Meléndez

Vídeo Promocional: Belén Herrera de la Osa

Teatro: Teatros del Canal

Sala: Sala Verde

Duración: 70 min

Género: Danza contemporanea

 

NO TIME TO RAGE

Lara Barzon, Instituto del Teatro de Madrid

Luces, audio y cuerpos son los co-protagonistas del espectáculo de danza contemporánea No Time to Rage, puesto en escena por la compañía Ogmia bajo la dirección de Eduardo Vallejo Pinto, un joven coreógrafo español. En el escenario siete bailarines de técnica impecable (además del propio coreógrafo están Javier Monzón, Michela Lanteri, Yaiza Caro Martínez, Mai Matsuki, Marta Pomar, Lisvet Barcia) dan cuerpo a los sonidos creados por Iván Solano en una colaboración entre danza y musica muy bien definida.

El espectáculo es abiertamente una crítica a la sociedad contemporánea, la soledad y la violencia. Los cuadros se suceden proponiendo escenarios siempre claramente reconocibles y casi siempre referidos a la fórmula “todos contra uno”. La oposición individuo / masa se repite en todas las posibilidades y siempre se nos da la clave de la comprensión gracias a una claridad de movimiento que no deja lugar a equívocos.

El coreógrafo nos cuenta que los ensayos en el auditorio fueron precedidos por un largo periodo de “escritura” de los personajes, una práctica no tan habitual en la danza contemporánea que sin duda demuestra la cuidadosa búsqueda de una danza que no es un fin en sí misma: el movimiento está al servicio de lo conceptual y la impecable técnica de los bailarines está al servicio de sus personajes. De hecho, reconocemos un entrelazamiento de historias: no historias psicológicas, sino historias físicas, corporales, de encuentro y choque. Historias de cuerpos que a veces son víctimas y a veces verdugos, que se modelan en cada cuadro, asumiendo un papel que nunca es neutral. En esa escena que siempre se vacía y se llena de nuevas configuraciones, de nuevas leyes, los cuerpos se entrelazan, formando siempre nuevas jerarquías. No hay fijeza, pero tampoco hay libertad. Hay reglas, leyes y sistemas jerárquicos e imponentes que se roban su lugar escena tras escena.

El ritmo se mantiene a lo largo del espectáculo sin grandes cambios ni dinámicas sorpresivas. Todo encaja: la danza, la luz y el sonido. No hay elementos de contraste, todo parece llevar al espectador hacia la misma dirección, es decir, una sensación de angustia que no cesa. La luz es nítida, el espacio está vacío, la ropa neutra de los bailarines nos hace entender que más que personajes reales son tipos humanos. El género se anula y la música, que en muchos momentos se acerca a la idea de un paisaje sonoro constante, subraya y acompaña los cuerpos de los siete bailarines en los más recónditos meandros de la soledad y la violencia de la sociedad.

La sensación es que no hay respiro, ni posibilidad de descanso. La única salvación es encontrarse de vez en cuando con un abrazo que un momento después ya se ha desvanecido, como para recordarnos que al final del día sólo podemos estar solos.

El espectáculo es abiertamente una crítica a la sociedad contemporánea, la soledad y la violencia. Los cuadros se suceden proponiendo escenarios siempre claramente reconocibles y casi siempre referidos a la fórmula “todos contra uno”. La oposición individuo / masa se repite en todas las posibilidades y siempre se nos da la clave de la comprensión gracias a una claridad de movimiento que no deja lugar a equívocos.”

Lara Barzon

Instituto del Teatro de Madrid

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