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Sinopsis: La obra recorre la historia de una familia vasca, los Arsuaga, desde 1874 hasta la actualidad. El propio autor explica en escena que esa familia es la suya propia, los Gondra.

Autoría: Borja Ortiz de Gondra

Dirección: Josep María Mestres

Ayudante de Dirección: Fran Guinot

Producción: Centro Dramático Nacional

Reparto: Marcial Álvarez, Sonsoles Benedicto, María Hervás, Iker Lastra, Borja Ortiz de Gondra, Francisco Ortiz, Juan Pastor Millet, Pepa Pedroche, Victoria Salvador, Cecilia Solaguren, José Tomé.

Escenografía: Clara Notari

Ayudante de Escenografía: Martina Sibona

Construcción de Escenografía: Mambo Decorados

Iluminación: Juanjo Llorens

Movimiento: Jon Maya Sein (KukaiDantza)

Videoescena: Álvaro Luna

Vestuario: Gabriela Salverri Solana

Realización de Vestuario: Sastrería Cornejo

Música: Iñaki Salvador

Diseño del Cartel: BYG / Isidro Ferrer

Fotografía: marcosGpunto

Fecha del Estreno: 18 de enero de 2017

Teatro: Teatro Valle Inclán del CDN

Sala: Francisco Nieva

Duración: 1 h. 45 min.

Género: Drama

Web Oficial: Centro Dramático Nacional

Entrevistas y reportajes:

Javier López Rejas, El Cultural: “Borja Ortiz de Gondra: Sin perdón, la sangre no se secará en el País Vasco”

EFE, Deia: “Los Gondra, un viaje emocional por los sentimientos de una familia vasca”

 

Los Gondra es el retrato de una familia que, a partir de sus propias historias, ilumina los conflictos del País Vasco desde finales del siglo XIX hasta la actualidad. El autor ha buscado cuatro momentos clave en la historia de su país: 1898, con la pérdida de las colonias y la repatriación de los indianos afincados en Cuba; 1940, tras la Guerra Civil, 1985, el momento en que ETA estaba en plena actividad, y 2015, tras el final de la violencia etarra. Sin embargo, hay un momento anterior, al que siempre se hace referencia, y es el año 1874, el de la Tercera Guerra Carlista, dentro de la cual se produjo el suceso que dio origen al desgarramiento de la familia Arsuaga.

La obra se articula como una indagación hacia el pasado, de forma que se desarrolla en cronología inversa, desde el presente hasta la fecha del acontecimiento clave para la historia familiar, la muerte de Ignacio, el pelotari, a manos de su hermano durante las guerras carlistas. De esta forma, aunque Los Grondraestá lleno de datos históricos reales, la obra sigue un patrón mítico claramente reconocible: el de la lucha fratricida, la de Caín y Abel, o mejor aún, la de Eteocles y Polinices. Así, la familia Arsuaga se propone como imagen de la contienda fratricida en el País Vasco, y a indagación en torno a los orígenes de la violencia en la familia es también un intento de comprender cómo toda una comunidad va creando las redes de odio que explican la persistencia de la violencia en la sociedad vasca del siglo XX.

Obra extraordinariamente lúcida, necesaria, que parte de una dolorosa experiencia personal para trazar un complejo mapa de relaciones sociales, la obra de Borja Ortiz de Gondra rompe las estructuras dramáticas tradicionales para incluir al propio autor en el papel de sí mismo y explicar la relación entre ficción y realidad que se produce en una obra semejante, y para afirmar, desde la experiencia, la primacía de la ficción.

La puesta en escena de esta obra coral se basa en el trabajo de unos actores que asumen distintos papeles con aparente facilidad, la misma con que pasan del castellano al vasco, de la interpretación al baile, a la mímica del juego de pelota o a la canción popular vasca. Espectáculo complejo, necesario, hecho con muy pocos elementos escénicos, pero con una estética depurada y basado, sobre todo, en la labor de unos intérpretes extraordinariamente capaces de los que sería injusto destacar a ninguno.

Fernando Doménech Rico, RESAD

 

El autor quiere (y consigue) reflexionar sobre los orígenes de la división del pueblo vasco, que degeneró en el punto de máxima expresión en el nacimiento y desarrollo de ETA. Intenta explicar cómo divisiones las ha habido siempre desde las guerras carlistas, durante la Guerra Civil y en los tiempos finales del franquismo, hasta nuestros días. El tema de fondo de esta división es el perdonar sin olvidar y el signo de la escenificación es una cesta punta rota. Construye la fábula de manera retrospectiva desde la actualidad hacia el siglo XIX y con los actores que interpretan diferentes papeles, según los tiempos históricos. Estructurada de modo fragmentario, le permite ofrecer una visión muy espaciada y universal de los problemas, sin que se relacionen causalmente entre sí; cuenta con cortes en los que el propio autor sale a escena al acabar algunas de ellas, para plantear una reflexión y fijar el foco del espectador sobre cuestiones concretas. Es un juego de distanciación y de direccionalidad, a un tiempo. De este modo, aborda un tema doloroso de una forma intensa con un sucederse de escenas con conflicto que mueven la acción dramática. Cabe señalar que los conflictos, en la mayoría de las ocasiones quedan deliberadamente apuntados, y puede parecer que se abordan con cierta superficialidad, pero esta cuestión no es fácil de resolver en una obra de duración convencional y que pretende trazar un arco histórico con un denominador común la hipocresía y el resentimiento.

El director con este material construye una propuesta intensa, interesante, con momentos dramáticos y con capacidad para captar la atención de los espectadores, aunque, en ocasiones, se eche en falta una mejor técnica para conseguir una plena narración dramática. Esta cuestión propicia que se pierdan elementos o datos de la fábula o que no se distinga lo importante de lo anecdótico (este aspecto, el tratamiento igualitario para todas las escenas deriva de la lectura del director, porque en el texto sí se ven la naturaleza e importancia de las mismas). Se echa en falta la unidad de estilo actoral y las desigualdades interpretativas: unos aciertan en la incorporación de tipos de diferentes épocas y con variedad de registros según las situaciones que afronten; otros, los menos, son deudores de un único código de interpretación, pegado al realismo viejo, y conciben la creación de distintos personajes de manera idéntica, sin matices según exigirían las circunstancias. Mestres mueve y compone bien la escena, acierta en el tempo ritmo, pero falla en la dirección de actores.

El espacio escénico, con acierto, encajona la acción (ambiente cerrado, sin comunicación con el exterior): tres paredes, la del fondo receptora de retroproyecciones que crean imágenes, aluden a las situaciones, amplifican acciones o explicitan diálogos. Predominio del claro oscuro en la iluminación.

José Gabriel López Antuñano, UNIR

Juan Ignacio García Garzón, ABC, «Un laberinto que Ortiz de Gondra expone de forma admirable con magistral sentido dramático y valentía espeluznante»

Rafael Fuentes, El Imparcial, «Los Gondra está llamada a convertirse en una obra clásica de nuestra escena»

Rocío García, El País, «Cien años de una familia vasca marcada por el silencio»

Federico Aznar Fdez. Montesinos, Instituto Español de Estudios Estratégicos, «Una puesta en escena extraordinaria y un fabuloso elenco de actores»

Jerónimo López Mozo, Madrid Teatro, «La familia del autor y otras familias vascas»

Hugo Álvarez Domínguez, Butaca en Anfiteatro, «Los Gondra (Una Historia Vasca), o culpas que pesan como una losa»

 

Un laberinto que Ortiz de Gondra expone de forma admirable con magistral sentido dramático y valentía espeluznante

Juan Ignacio García Garzón

ABC

Los Gondra está llamada a convertirse en una obra clásica de nuestra escena

Rafael Fuentes

El Imparcial

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