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Crítica: José Gabriel López Antuñano

Título: Los farsantes

Sinopsis: Cuenta la historia de dos personajes relacionados con el mundo del cine y del teatro. Ana Velasco es una actriz cuya carrera está estancada. Después de actuar en pequeños montajes de obras clásicas, ahora trabaja de profesora de Pilates y los fines de semana hace infantiles. Entre culebrones de televisión y obras alternativas, Ana busca el gran personaje que la haga, finalmente, triunfar. Diego Fontana es un director de películas comerciales, de mucho éxito, que ahora está embarcado en una gran producción: una serie que se rodará en todo el mundo, con estrellas internacionales. Un accidente hará que se enfrente a una crisis personal y que se replantee su carrera. Estos dos personajes están conectados por la figura del padre de Ana, Eusebio Velasco, un director de cine de culto en los 80, que vive ahora desaparecido y apartado del mundo.

Autoría: Pablo Remón

Ayudante de Dirección: Raquel Alarcón

Producción: Centro Dramático Nacional, Buxman Producciones

Reparto: Javier Cámara, Francesco Carril, Bárbara Lennie, Nuria Mencía

Escenografía: Mónica Boromello

Ayudante de Escenografía: María Abad

Construcción de Escenografía: Mambo Decorados, Sfumato Pintura, Modelado Escénico

Iluminación: David Picazo, Daniel Checa

Vestuario: Ana López Cobos

Ayudante de Vestuario: Cristina Martín

Realización de Vestuario: Pinelly (Vestuario), Betto García (Sombrerería), María Calderón (Ambientación de vestuario)

Diseño del Cartel: Equipo SOPA

Teatro: Teatro Valle Inclán. Centro Dramático Nacional

Duración: 160 minutos

Los farsantes de Remón

José Gabriel López Antuñano

Cuatro actores dan vida a los dos personajes Ana (Lennie) y Diego (Cámara) que, junto a otros muchos más, se relacionan con la actriz, joven pero decadente, y el director de series de éxito. Las situaciones se suceden consecutivamente y muestran los sinsabores de la actriz por alejarse de los sueños de triunfo (imparte clases de pilates y actúa los fines de semanas en infantiles) y la desazón del director triunfador y comercial, que añora no ser un director de “culto”, que inscriba su nombre en la historia del cine. Estos dos personajes están unidos por Eusebio, el padre de Ana y amigo de Diego, que sí fue un director con proyección cultural, pero sin reconocimiento, ni posición económica desahogada. A las situaciones relacionadas con la trayectoria de estos dos personajes, se agregan otras que conciernen al cine y al teatro (los premios Goya, Los puentes de Madison, el monólogo final de Irina en Las tres hermanas, una parodia de Psicosis 4.48, el suicidio de Sarah Kane y un largo etcétera). Un muestrario de escenas que ejemplifica bien por dónde camina la dramaturgia española contemporánea, en la que hay muchos autores que saben construir bien una situación dramática y desarrollarla con buenos diálogos, pero sin que la acción progrese. Esta solo adquiere una cierta longitud con innecesarios alargamientos, que ahogan la feliz idea de arranque del texto dramático, porque falta una estructura y la convergencia de más tramas que permitan un mayor vuelo. Se refugian muchos dramaturgos en que este procedimiento obedece al patrón de la Nuevas Escrituras Escénicas, pero nada más incierto.

Remón escapa del estereotipo de esta nueva dramaturgia, porque las situaciones tienen la duración justa y encuentra un hilo dramático para unir las relacionadas con las trayectorias de los personajes protagonistas y para anexar otras situaciones variadas que distraen, entretienen y evitan la posible monotonía de las historias de Ana y Diego, en sí mismas bastante simples. Cose el texto con habilidad (pese a ello se notan las costuras, las explicaciones narrativas, que siempre retardan, por ejemplo), pero adolece de la técnica para apoyarlo en una sólida estructura, que no es un recurso del pasado, obsoleto hoy: la estructura dramática se aprecia en las obras de las Nuevas Escrituras Escénicas, pese a su aparente carencia. Los diálogos están bien construidos, con ingenio y crítica mordaz a comportamientos sociales, resueltos con ironía, que producen hilaridad en muchos momentos. Subyace en esta sátira del mundo artístico la infelicidad de los personajes tipo y conductas “líquidas”, que producen felicidad pasajera, hastío y desencanto vital por su inconsistencia y levedad. Este retrato de la sociedad contemporánea es, quizás, lo más interesante de la pieza.

El espacio escénico se organiza en un escenario con dos pisos: el bajo es el territorio de la actriz y la planta primera, el del director. El bajo con unas paredes correderas sitúa en diferentes lugares (además de un chiringuito en un extremo, que solo se iluminará en la escena final); el primero con tres ambientes: el apartamento del director y la terraza, y una cabina de avión. Es eficaz y marca los territorios de los dos personajes.

La dirección del espectáculo es ágil, con una inteligente sucesión y fusión de situaciones, y puesta al servicio del texto. Cuida la contención de los actores, que abocetan con claridad los tipos representados. Los cuatro actores resuelven con oficio y los recursos conocidos de cada uno de ellos. El director les deja hacer y habitar en su zona de confort.

8,5/10

«‘Los farsantes’, la obra teatral que gusta a todo el mundo» en elpais.com  9,5/10

«‘Los farsantes’: una comedia sobre las miserias del cine y el teatro es la obra del año» en elconfidencial.com 9/10

Este retrato de la sociedad contemporánea es, quizás, lo más interesante de la pieza.

José Gabriel López Antuñano

ARES-UNIR

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