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Sinopsis: Erotismo, avaricia y muerte son los ingredientes principales de esta obra de Valle Inclán, quien nos sumerge en un mundo poético aparentemente bucólico-rural tras el que se esconde una realidad mágica de brujería y misterio. La reivindicación de la libertad femenina y la relación amorosa “paranormal” de los jóvenes protagonistas hacen de Ligazón una pieza moderna y adelantada a su tiempo.

Autoría: Ramón del Valle-Inclán

Versión: Irina Kouberskaya

Dirección: Irina Kouberskaya

Producción: Tribueñe S.L.

Compañía: Tribueñe

Reparto: Catarina de Azcárate, Miguel Pérez-Muñoz, Chelo Vivares, Mª Luisa Gª Budí, Ángel Casas

Escenografía: Hugo Pérez de la Pica

Iluminación: Eduardo Pérez, Miguel Pérez-Muñoz

Fecha del Estreno: 2006

Teatro: Tribueñe

Duración: 75 min.

Género: Drama

Festivales:

Certamen Internacional de Teatro de Oropesa Noctívagos (2016)

XXX Festival Ciudad de Palencia (2009)

Premios:

Premio Mejor Dirección XXX Festival Ciudad de Palencia (2009)

Finalista Premio Valle-Inclán a Mejor Dirección (2006)

Web Oficial: Teatro Tribueñe

Entrevistas y reportajes:

Jorge del Ojo e Iván Toledo, En plan culto. Una revista cultural complutense: “Ligazón al estilo Tribueñe”

 

De acuerdo con el comienzo del texto de Valle Inclán –en el que destaca un visual “claro de luna” que ambienta la escena–, Ligazón de Tribueñe se inicia en la oscuridad de la noche, en la que brilla una inmensa luna llena que da color al escenario. Es una luna luminosa, pero también repleta de misterio, de un color rojo que anuncia algunas de las claves de la pieza: el erotismo, la sangre, la muerte.

La acción nos presenta desde el primer momento a la protagonista de la pieza, La Mozuela, una joven que ha conocido a un muchacho, El Afilador; entre ellos ha brotado una atracción especial que se resolverá al final de la obra. La madre de ella, en cambio, quiere casarla con un hombre ricachón al que ni siquiera conoce y que la supera bastante en edad. La moza, pese a ello, se muestra como un personaje fuerte, y se enfrenta a su madre para negarse a cumplir lo que le ordena; su feminismo potente y moderno se une al erotismo y a la sensualidad que cuadran con su edad adolescente y su pulsión natural ante el deseo. Algunas de las frases que dirige a su madre para quitarle la idea de casarla con ese hombre al que no conoce y a quien, por supuesto, ni ama ni desea, son: “mi cuerpo es mío” o “mi flor no la doy por dinero”.

Si nos detenemos en la escenografía y el vestuario del montaje, nos percatamos de su sencillez, pero, al mismo tiempo, del envolvente poder que tienen para trasladarnos a ese ambiente campestre y, a su vez, misterioso en el que se desarrolla la trama. Es, por ejemplo, muy interesante cómo se utiliza la luz en la puesta en escena, sobre todo en dos momentos fundamentales: el primero de ellos nos sitúa en una conversación que mantienen La Raposa, madre de La Mozuela, y La Ventera, el personaje celestinesco de la pieza, en la parte inferior del escenario, casi fuera de él. Las dos mujeres se alían para casar a la joven, ya que el “buen partido” que La Ventera ha encontrado para la moza le ha entregado una cadena destinada a la chica como regalo y signo de su compromiso (es evidente aquí el parcial paralelismo con la Celestina…); además, ambas mujeres muestran por primera vez el lado más oscuro de su existencia: su relación con la brujería. El otro momento tiene lugar en una de las escenas finales de la obra, en la que, jugando con las luces y las sombras de los cuerpos reflejados en una cortina, intuimos las relaciones íntimas que tienen los jóvenes y, posteriormente, el homicidio. En este mismo sentido, es reseñable también la introducción de unos “efectos especiales” que, en este caso, aparecen en forma de vídeo: la moza, asomada en la fuente, visualiza lo que está haciendo su amado a través del agua, escenas que el espectador ve en una gran pantalla en la que se unen imágenes acuosas, eróticas e inquietantes.

Por otro lado, la interpretación de los actores es, como es habitual en Tribueñe, excelente. Destaca sin ninguna duda la pareja formada por La Raposa y La Ventera, las cuales nos ofrecen momentos de una perfección impresionante y con una garra en la que se mezcla lo celestinesco y la brujería. La música, por su parte, es también un acierto, pues enlaza canciones populares rusas, melodías sefardíes y moras con piezas musicales que, al igual que en el montaje de La rosa de papel, nos recuerdan a la extraña atmósfera que crea el cineasta Ripstein en muchas de sus obras.

El final de la pieza en el propio Valle es, a mi modo de ver, suficientemente ambiguo como para que cualquier director tome partido por una interpretación u otra. En el caso de Irina Kouberskaya, se decanta por plantear la muerte del amante de La Mozuela, el Afilador, que acaba de entregarse, incluso con su sangre, a ella. En cambio, quizá lo más “decoroso” con el resto de la acción en la pieza original de Valle sea entender que la joven, sola o en colaboración con su ya “ligado” amante (que es lo más probable), asesinan al pretendiente, que se ha colado en su habitación sin permiso –aunque incitado por su madre– y que muere con unas tijeras bien afiladas (y muy simbólicas, por supuesto) clavadas en el pecho. Moriría, por tanto, ese hombre que quieren imponer a la moza y no su joven amante (que, en principio, ninguna culpa tiene y al que no terminamos de saber si la Mozuela ama sinceramente o solo lo ha utilizado para que la ayude a librarse del “moscón”), triunfando, así, la libertad de elección de la mujer y cumpliéndose, además, las amenazas de la joven: “¿De negarme yo, qué puede mi madre? ¿Qué puede? ¿Meterme el cortejo en la alcoba? ¡Dormiré con las tijeras ocultas bajo la almohada!”. La opción de la directora es, por tanto, tan aceptable como discutible.

Como en todas las piezas del Retablo, hay un reflejo de la lujuria, de la avaricia y de la muerte. En este caso, es evidente el erotismo que desde el principio muestra La Mozuela y que se concretará en una de las escenas finales con la relación sexual que mantiene con El Afilador, así como otras en las que, por ejemplo, las dos brujas maduras protagonizan aspavientos propios de un momento orgásmico en el contexto de un rito nigromántico. El paradigma de la avaricia lo representa La Raposa, la madre de la joven, que quiere utilizar, literalmente, a su hija solo para tener una buena posición gracias al futuro “yerno” y poseer dinero. La muerte, como decíamos, viene anunciada desde la primera imagen, y se hará efectiva en la última acotación de Valle –en la que se recoge, por cierto, la metáfora lunar con que comenzó la pieza: “Quiebra el rayo de luna con el brillo de las tijeras”–, la cual se corresponde, como no podría ser de otra manera, con la escena final del montaje de Tribueñe.

Esa “ligazón”, el rito de brujería que une a los jóvenes con su sangre –amantes que probablemente no estén enamorados, pero sí presos del deseo que sienten el uno por el otro– nos adentra en un mundo mágico que es realmente moderno para su época. Es un texto, por tanto, muy actual también en este sentido, pues se adelanta a las relaciones “paranormales” que están tan en boga en la literatura juvenil (e incluso en el cine) de nuestro siglo XXI. El sello valleinclanesco no es en esta pieza, a mi parecer, el esperpéntico, sino que la rareza se fundamenta en lo extraño que podía ser para el espectador de la época plantear una relación tan extravagante como esta. Sin ninguna duda, su genialidad reside en aunar a la perfección lo sorprendente y misterioso con temas tan universales como la lucha por la libertad, el feminismo, la exultante juventud, la avaricia, el egoísmo, el amor carnal…, y, cómo no, la muerte.

Esperanza Rivera Salmerón

Universidad de Valladolid

Estrella Savirón, A golpe de efecto: “Una obra bella que merece ser disfrutada con la mente abierta”.

María Hervás, El país: “Homenaje al dramaturgo gallego en el Día Mundial del Teatro”.

Una obra bella que merece ser disfrutada con la mente abierta.

Estrella Savirón

A golpe de efecto

La Raposa y La Ventera nos ofrecen momentos de una perfección impresionante y con una garra en la que se mezcla lo celestinesco y la brujería.

Esperanza Rivera Salmerón

Universidad de Valladolid

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