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Sinopsis: La consciencia humana sin cronología ni fronteras: pesadilla, fantasía, ensoñación, locura se funden en una realidad poliédrica. Un grito de anarquismo escondido en el alcohol busca refugio en el ardiente deseo de la resurrección del amor.

Autoría: Ramón María del Valle-Inclán

Dirección: Irina Kouberskaya

Compañía: Tribueñe

Reparto: Antorrín Heredia / Miguel Pérez-Muñoz (Simeón Julepe) Mª Ángeles Pérez-Muñoz / Catarina de Azcárate (La encamada) Chelo Vivares (La Musa) Rocío Osuna / Matilde Juárez (La Disa) Carmen Rodríguez de la Pica (La Pingona) José Manuel Ramos (Mozo) José María Ortíz Pepe (el tendero) Jesús Chozas (Colaboración especial)

Escenografía: (Diseño de muñecos): Matilde Juárez

Construcción de Escenografía: (elaboración de muñecos) Matilde Juárez

Iluminación: (Diseño de luces) Miguel Pérez-Muñoz/ Paula Sánchez

Vestuario: (Figurines) Hugo Pérez de la Pica

Diseño del Cartel: (Diseño gráfico) Paula Sánchez

Fotografía: (fotografía de cartel) Laura Torrado

Teatro: Tribueñe

Sala:

Otros Espacios:

Duración: 1 hora

Género: Drama

Web Oficial: http://teatrotribuene.com/obras/la-rosa-de-papel/

 

 

 

elena

Una vez más en esta temporada, el teatro Tribueñe ofrece al público una de las cinco piezas que constituyen el Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte de Valle-Inclán, en este caso La rosa de papel. Oscuridad, lluvia y los golpes del hierro en la fragua dan la bienvenida a la sala de Tribueñe.

En la oscuridad previa a la obra que comienza, con el sonido de ambiente de la lluvia y el viento, una voz en off nos presenta a Simeón Julepe, introduciendo así la acotación con la que Valle-Inclán abre su obra.   Ocho actores y tres muñecos, a los que da voz Chelo Vivares, dotan de vida a esta pieza que recibe el subtítulo de Melodrama para marionetas.

La obra es una muestra, llevada al extremo, de la hipocresía, avaricia y, como no podía ser de otro modo, de la deshumanización, personajes que aún presenciando los momentos previos a la muerte de una mujer buscan el beneficio propio. Sexo y muerte se dan la mano en el personaje de Simeón de Julepe quien en vida no apreció a su mujer y tras su muerte pretende poder revivirla con su calor.

Irina Kouberskaya, dirige desde el total conocimiento de un autor que no siempre resulta fácil llevar a escena. Sobre el escenario se consigue crear un ambiente enrarecido, irreal y desagradable, que sorprende en momentos, que muestra el peor lado de los personajes pero que, sospechosamente, mueve a la risa desenfrenada en momentos puntuales. Todo ello es posible gracias a la buena interpretación de sus actores, que mantienen la obra con la misma fuerza y energía desde el comienzo hasta el final.

La música que acompaña muchas de las escenas, resulta interesante tanto por lo variopinta como por su forma de intercalarla, consiguiendo siempre dotar de más significado a cada una de las escenas. Tiene cabida desde la Marsellesa, a la que el propio Valle alude en su texto, un cuplé que conecta muy bien con la imagen que Julepe tiene de su mujer muerta tras ser amortajada por las vecinas o las farrucas en sustitución a los llantos de las plañideras que Jesús Chozas ofrece en directo.

La iluminación permite crear bellas escenas como el momento de limpiar y vestir a la difunta, que acerca a un teatro de sombras, o la transición de la difunta al más allá.

La rosa de papel hace tiempo que forma parte del repertorio de la compañía de este teatro pero esto no impidió que el teatro estuviese casi lleno. Al terminar la función los actores integrantes ofrecieron un coloquio donde algunos miembros del público reconocieron haber entendido el esperpento gracias a este montaje, lo que produjo mucha satisfacción entre los componentes. Y es que, realmente, con esta pieza se consigue crear el esperpento en la escena.

 

Elena Martínez Moriel, ITEM

 

Lívidas luces de la mañana. Frío, lluvia, ventisquero. En una encrucijada de caminos, la fragua de Simeón Julepe. Simeón alterna su oficio del yunque con los menesteres de orfeonista y barbero de difuntos. Pálido, tiznado, con tos de alcohólico y pelambre de anarquista, es orador en la taberna y el más fanático sectario del aguardiente de anís. Simeón Julepe, aire extraño, melancolía de enterrador o de verdugo, tiene a bordo cuatro copas. Bate hierro. Una mujer deshecha, incorporándose en el camastro, gime con las manos en los oídos.

 

Fantástica acotación que da inicio a esta pieza de Valle-Inclán inserta en el Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, y que se corresponde con las primeras palabras que el espectador de este montaje escucha en voz en off desde su butaca, bajo una oscuridad inquietante. A continuación, golpes ensordecedores de martillo que envuelven decididamente al público en una atmósfera extraña y sórdida que se mantendrá a lo largo de todo el espectáculo.

 

Si echamos un vistazo al texto del dramaturgo gallego, nos sorprenderán algunas licencias que la directora se ha tomado para llevar a las tablas su montaje. Principalmente, llama la atención la caracterización de las vecinas de La Encamada, únicamente cotillas para Valle, pero avariciosas y ladronas también en este espectáculo. Modificación que supone que el espectador reciba una visión de Simeón que no es tan negativa como la que nos propone el texto dramático, donde es el único personaje que se mueve realmente por dinero, importándole muy poco la enfermedad terminal que está sufriendo su esposa. Cuando esta fallece, Simeón solo se preocupa por encontrar la bolsa (‘gato’) de siete mil reales que su mujer le ha dejado, con una actitud desalmada y grotesca en una escena que es realmente trágica y casi esperpéntica por el trato que recibe la difunta. Por otro lado, falta cierta claridad en el perfil que se nos dibuja del personaje femenino, ya que en el texto teatral queda bastante claro que La Encamada se dedicaba a la prostitución –a través de diferentes frases que enuncian otros personajes sobre ella o por medio de símbolos, como es el de las botas–, profesión que le habría permitido ahorrar tanto dinero; en la propuesta escénica, desde mi punto de vista, esto se muestra solo de manera sutil e indirecta (y, tal vez, insuficiente).

 

Ahora bien, estas consideraciones no empañan en absoluto la versión dramática de Irina Kouberskaya, totalmente lícita y perfectamente ejecutada por unos actores de un nivel admirable y con unos magníficos detalles escenográficos, que iremos desgranando, y que la convierten en una puesta en escena atractiva y muy bien resuelta. En primer lugar, es interesante cómo se plasma en escena la presencia de los hijos de la pareja, mediante un coro de marionetas que representan a tres niños, los cuales, con desasosiego, solo repiten “¡Mamá Floriana! ¡Mamá Floriana!”, “¡Ay mi madre! ¡Mi madre! ¡Mi madre!”, y cuyo momento dramático cumbre tiene lugar con el beso que dan, a modo de despedida, a su yerta madre. Son personajes solo aparentemente secundarios, en una típica paradoja valleinclanesca, pues su pueril confesión acerca de dónde ha escondido su madre el dinero es el elemento clave que permite desencadenar y hacer avanzar la acción dramática. Fascinante es sin ninguna duda la escena de amortajamiento de la difunta, momento del que se hace partícipe al espectador a través de una cortina blanca que, con una luz perfectamente proyectada, siluetea los movimientos que las vecinas de La Encamada van realizando en su cuerpo para asearla y prepararla. Es una escena mágica que transmite un respeto absoluto, ahora sí, por la difunta. En este sentido, cabe dedicar unas palabras a la deliciosa escenografía del montaje, que, con su juego de luces y sombras, el ruido de una lluvia que pocas veces cesa y los pocos elementos físicos que visualizamos en la escena, crea un marco sencillo, real y muy adecuado para lo que consideramos es la atmósfera que Valle imaginaba para esta obra.

 

Por otro lado, querría referirme a uno de los momentos finales de la pieza, que es, a mi modo de ver, un plausible añadido de la directora rusa, quien, en una escena muy sorprendente y bella, permite que Floriana resucite de la muerte para convertirse en una reina del cuplé y bailar, así, con todos los personajes masculinos de la pieza y, en especial, con su marido. En relación directa con esto, cabe decir que la música acompaña en todo momento el transcurrir de la trama con la dosis exacta para crear ese ambiente de realismo sórdido e irreverente. Así, se da una mixtura de variedades sonoras tales como la Marsellesa con otras piezas musicales inquietantes y sugerentes que crean una atmósfera tan extraña como la que encontramos, por ejemplo, en algunas obras cinematográficas del director mexicano Arturo Ripstein.

 

Finalmente, es reseñable también cómo se resuelve la última escena de la pieza, que en el texto teatral expresa una acotación final que es muy difícil de llevar a las tablas literalmente (como tantas en Valle, quien seguramente se complacía y divertía planteando tales retos a los directores teatrales): Simeón tropieza, haciendo caer una vela sobre la rosa de papel que porta su difunta mujer en las manos, flor que se convierte en fuego y provoca unas llamas que acorralan el cuerpo muerto de Floriana y, con él, también el de su esposo. El montaje de Tribueñe lo resuelve con maestría y con un simbolismo que nos retrotrae a la tradición más clásica de la muerte: Simeón, cual Caronte con su barca, se lleva el ataúd de su mujer mientras sale del escenario, dando fin, así, a un espectáculo que nos ha sumergido durante una hora en un mundo de avaricia, de lujuria y, sobre todo, de muerte, y donde un Valle muy particular, cerca ya de lo que será su marca esperpéntica, ha conseguido mostrarnos una realidad trágica y tenebrosamente grotesca de la vida.

 

Esperanza Rivera Salmerón, Universidad de Valladolid

 

 

 

Ángel Esteban Monje, El pulso, “Un esperpento valleinclanezco sobre la decrepitud humana, los cicios y la inútil redención”

Estrella Savirón, A golpe de efecto, “Una versión suavizada, amena y entretenida de esta obra”

Alberto Morate, Blog de entradas, “Valle Inclán, ¡qué grande! ¡Qué denostado!¡Qué difícil!”

José Miguel Vila, Diario Crítico, “‘La rosa de papel’: el esperpento de Valle Inclán pasado por el tamiz de Irina Kouberskaya”

Ángel Silvelo Gabriel, Todo literatura, “La fealdad que no deposita en la verdad del alma”

Irène Sadowska, Artezblai, “La macabra danza”

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«En esta versión de la obra representada en el Teatro Tribueñe (que se mantiene fiel al espíritu…»

Estrella Savirón

A golpe de efecto

«Irina Kouberskaya tiene un don particular para entender y penetrar en el universo del teatro esperpéntico…»

Irène Sadowska

Artezblai

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