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Sinopsis: La Panadera cuenta la historia de Concha, una mujer de cuarenta años, encargada de una panadería, casada, con dos hijos. Una mujer con una vida tranquila y feliz que un día se despierta con la noticia de que por las redes sociales corre un vídeo íntimo suyo manteniendo relaciones sexuales con una pareja que tuvo hace 15 años. El vídeo sale ahora a la luz y se extiende de manera incontrolada porque ese hombre se ha hecho famoso en Italia gracias a un reality televisivo. La desnudez, la rabia, la impotencia, la vergüenza y el dolor salpican a todos sus seres queridos. Desde su padre, Ramón, un hombre de campo, nacido en el treinta y ocho, a su hijo, Gael, un niño de once años, al que trata de ocultar lo acontecido, pero que sabe manejar un ordenador infinitamente mejor que ella, hasta su marido, Aitor, que intenta acompañar a Concha en el dolor, pero que no puede evitar dejarse invadir por el juicio social. Los mensajes cibernéticos sin piedad, que escondidos tras perfiles sin nombre, opinan, se mofan, y deshumanizan, llegan, y Concha tendrá que luchar para que el miedo, el dolor, las creencias, lo aprendido no la derroten. Intentando que su entorno familiar y social no salte por los aires. La Panadera es un deseo de parar la cadena, de romper creencias, de tomar conciencia y dar confianza y soporte. Es un deseo de unión, es un abrazo, es esperanza.

Dramaturgia: Sandra Ferrús

Autoría: Sandra Ferrús

Dirección: Sandra Ferrús

Ayudante de Dirección: Concha Delgado

Producción: Centro Dramático Nacional, El Silencio Teatro e Iría Producciones

Reparto: César Cambeiro (Ramón), Sandra Ferrús / Carmen del Conte (Concha y bisabuela), Elías González (Cliente, Orangután, Gael y Carlos-Gael), Susana Hernández (Terapeuta, Abuela Quinita y Madre de Concha) y Martxelo Rubio (Aitor)

Escenografía: Elisa Sanz (AAPEE)

Ayudante de Escenografía: Paula Castellano

Construcción de Escenografía: Mambo Producciones

Iluminación: Paloma Parra

Videoescena: Elvira Ruiz

Efectos especiales:

Vestuario:

Ayudante de Vestuario: Paula Castellano

Música: Antonio de Cos

Espacio Sonoro: Antonio de Cos

Diseño del Cartel:

Fotografía: Luz Soria

Fecha del Estreno: 27-1-2021

Teatro: Teatro María Guerrero

Sala: Sala de la Princesa

Otros Espacios:

Duración: 01:30h. aprox.

La Panadera, de Sandra Ferrús

María Serrano Aguilar

 

El conflicto principal que La panadera plantea es uno bien conocido y que ocupa el centro de un debate vivo en nuestra cotidianidad: nuestra imagen en las redes sociales y la exposición, mayor o menor, a la que nos someten. Así se percibe desde el propio programa de la obra y durante los primeros minutos del espectáculo. Sin embargo, hay un tema quizá mucho más relevante y que, a nuestro modo de ver, logra exponer con mayor calado: la culpa. Y no cualquier culpa, sino la culpa de la mujer, exhibiendo en los diálogos que tocan específicamente este tema una particular potencia y fuerza. No es baladí que la autora y directora, Sandra Ferrús, emplee el subversivo y potente poder de la empatía para escribir la obra que aquí reseñamos. El morbo, la exposición no consentida en redes, la falta de solidaridad de los demás, las dificultades para superar los propios prejuicios: todos son temas presentes en la obra, aunque, quizá, ninguno quede tan bien planteado como el de esa culpa que siempre sobrevuela el ambiente y que se convierte en la peor enemiga de Concha (Sandra Ferrús).

A través de los diálogos con su terapeuta (Susana Hernández) se exterioriza el conflicto interno del personaje, vehiculado a través de estas sesiones y en sus enfrentamientos con diferentes miembros de su familia, en especial con Aitor, su marido (Martxelo Rubio). La tragedia que supone el cambio incontrolable en la vida de Concha golpea con más fuerza cuando vemos que incluso quienes más la quieren y apoyan, como su marido, son víctimas de todo un entramado social y cultural que la señala con el dedo acusatorio del ¿por qué lo grabaste? Las regresiones temporales para revisitar momentos del pasado de la protagonista, así como la puesta en escena de su pesadilla, esconden una intención clara de posicionarnos para evitar que juzguemos como podríamos hacerlo de percibir la anécdota en un titular de periódico o en un tweet y no en una obra que se adentra en el arduo camino que debe recorrer la protagonista.

Nada más entrar, notamos el cambio de disposición de la sala: el patio de butacas se dispone en forma de U alrededor del escenario y apenas hay cambios en la escenografía. La luz juega un papel fundamental para situarnos en los diferentes espacios en los que transcurre la acción, siendo principalmente dos: la casa de Concha y  la sala donde tienen lugar las sesiones de terapia. Algunos objetos de la escenografía que los personajes manipulan (aunque sin demasiada significación) son colocados por los propios actores pocos minutos antes de que comience la obra, mientras aún el público se está acomodando en sus asientos.

En la mayoría de los casos, la videoescena se limita a subrayar visualmente lo que algunos personajes ya dicen en sus diálogos. Además de este uso que, si bien no es desacertado, no resulta especialmente novedoso, consideramos más acertado el empleo de esta técnica al enfocar a la protagonista mientras narraba la pesadilla. Ese primer plano de su rostro, que era retransmitido en riguroso directo y proyectado al fondo de la escena (potenciado por los espejos laterales), nos ayuda a sumergirnos en el interior del personaje en un momento en el que, precisamente, habla de la culpa que la desborda y la hace reflexionar sobre su calidad como madre tras el escarnio público al que se ve injustamente cometida, arrasando a toda la familia. Sentimos que este sueño que asalta a Concha no es más que un reflejo de la pesadilla que vive despierta. Sueño que en el que se emplea inteligentemente la videoescena para proyectar la imagen de la protagonista en la intimidad de su subconsciente, haciéndola accesible a la visión de todos los espectadores que la observamos sin tapujos en un primer plano en el que percibimos con detalle su sufrimiento.

En definitiva, está bastante bien manejado el ritmo de la obra, que nos permite notar un paso del tiempo fluido, haciéndonos percibir cómo el problema va ocupando cada vez una porción mayor de tiempo en la vida de la protagonista.

Más desentonados, quizá, son algunos momentos musicales cantados por los personajes. En cuanto a los últimos, tanto el hijo como la hija del matrimonio contenían mayor fuerza cuando no aparecían en escena. Mientras la hija sigue siendo un personaje latente durante toda la obra, el hijo (Elías Gonázlez) hace su aparición y pierde buena parte de esa carga emotiva, haciendo flaquear su función de motivadores involuntarios de la culpa de Concha quien, como madre, desea protegerlos y cuidarlos. La diferencia de edad del actor con el personaje, además de la multiplicación de aquel, contribuyen a esta disolución del personaje.

 

Rocio Niebla, “’La panadera’, el teatro que denuncia la crueldad (y el delito) de compartir vídeos íntimos sin permiso”, El Diario

Juan Losa, “’La Panadera’, historia de una mujer humillada”, Público

 

“El morbo, la exposición no consentida en redes, la falta de solidaridad de los demás, las dificultades para superar los propios prejuicios: todos son temas presentes en la obra, aunque, quizá, ninguno quede tan bien planteado como el de esa culpa que siempre sobrevuela el ambiente y que se convierte en la peor enemiga de Concha (Sandra Ferrús).”

María Serrano Aguilar

Instituto del Teatro de Madrid

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