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Sinopsis: Sobre el texto de Chejov, se realiza una lectura situando el foco en las identidades cruzadas entre los personajes y los propios actores.

Versión: Alex Rigola

Dirección: Alex Rigola.

Ayudante de Dirección: Alba Pujol

Producción: Heartbreak Hotel y Titus Andrònic S.L. en coproducción con Festival GREC 2020 y con el apoyo del Departament de Cultura Generalitat de Catalunya

Producción ejecutiva: Irene Vicente

Reparto: : Nao Albert, Pau Miro, Pep Cruz, Mónica López Irene Escolar y Roser Vilajosana

Escenografía: Max Glaenzel

Vestuario: An d’Huis

Fecha del Estreno: 2020

Teatro: Teatros de la Abadía

Sala: San Juan de la Cruz

Duración: 70 minutos

 

Crítica teatral de La Gaviota

José Gabriel Antuñano

Alex Rigola, como ya hiciera en Un enemigo del pueblo, realiza una relectura del texto, esta vez de Chejov, a través de las escenas y conflictos más relevantes de la obra original, y reduce los personajes a seis (Treplev, Nina, Arkádina, Trigórin, Másha y Sórin). Los actores cuentan cuanto ocurre en La gaviota, deteniéndose en aquellas escenas seleccionadas, enunciando hechos sobre los que se asentarán otras escogidas y narrando los acontecimientos imprescindibles entre una y otra escena. La relación argumental, demasiado elíptica, acaso resulte compleja de seguir para aquellos espectadores que no hayan leído a fondo el texto de Chejov, porque se omite bastante información, tanto de la fábula como de los personajes, y se eliminan tramas. Sobre el esquema confeccionado, se superponen los personajes seleccionados en un juego de identidades cruzadas; es decir, con el soporte en las características, comportamientos y objetivos de los literarios se sobreponen algunos rasgos externos del quehacer artístico de los actores que los interpretan. Este recurso, tan del agrado de muchos de los espectadores, es explotado en la versión y permite el escape de situaciones donde comienza a introducirse la monotonía por el discurso verbal. En este planteamiento dramatúrgico de contador de historias y reducción de conflictos, extraña la relación entre lo que los personajes son en el drama de Chejov, fracasados, solitarios y desesperanzados (manifiesta unas veces, oculta otras tras una capa de superficialidad) y la intimidad que muestran, con la trayectoria personal de los actores que los sustentan, (que no interpretan sobre la escena), pues todos son triunfadores y no exhiben rasgos existenciales que permitan deducir su desagrado y hastío existencial. Este diseño aboca a un final, el resumen del acto cuarto de Chejov (aburrido juego, aquí de dominó, regreso de Nina de Moscú, conversación con Treplev y suicido de este), poco verosímil por su falta de coherencia, tanto para los espectadores que conozcan La gaviota como para los que no hayan leído o visto este drama, aunque el oficio del director atine al rescatar una emotiva escena de Irene Escolar interpretando a Nina en el diálogo final con Treplev (Nao Albert), convertido en un dramaturgo de éxito de nuevas escrituras escénicas. La empatía final borrará cualquier atisbo de comprensión.

            Antes de esta última escena, se asiste a momentos de emoción y detalles bonitos y con intensidad dramática, cuando los actores dejan de narrar y se aproximan a su personaje para interpretarlo. Esto último entreverado con la frialdad narrativa, parecería indicar que el director pretende releer La gaviota desde una perspectiva distanciada, para que el espectador no se identifique y reflexione, como pretendía Brecht; sin embargo, para conseguir este objetivo faltan una historia con más enjundia, con la priorización del tema del arte o del amor, unos personajes con mayor sustancia y no rozar la emoción melodramática en algunos momentos.

            El espacio escénico es el escenario desnudo con tres mesas y una pantalla junto al foro, que recoge la proyección de un lago, el descrito en una de las primeras acotaciones de La gaviota. La luz, semeja la de ensayos, y la sala permanece iluminada, con baja intensidad, durante la representación. Los actores visten con ropas de hoy y dicen la mayor parte de las veces con micrófonos, excepto cuando interpretan las referidas escenas “emocionales y climáticas”. El director marca un tempo lento que, en ocasiones, cansa y pide a los actores que no interpreten, solo que digan. Pese a esto no todos responden de la misma forma y se echa de menos una mayor unidad interpretativa: algunos no despegan de su personalidad, otros se observan afectados, y toda la escenificación parece concebida para el lucimiento de Irene Escolar, que es una gran actriz.

            Rigola continúa en esta gaviota la línea minimalista, que parece insuficiente. Se queda corto y superficial en la analogía que pretende trazar entre la sociedad chejoviana y la contemporánea. Pese a ello, se aprecia que conoce bien su oficio, que domina los resortes de la dirección, porque los explota cuando lo requiere este espectáculo, que gustará al público en general, por la fábula que lo sustenta, los detalles de intensidad dramática, las gotas de emoción, los guiños a problemas cotidianos y los chascarrillos de los actores.

José Gabriel López Antuñano

José Miguel Vila, La gaviota, Chéjov, Rigola y la aún más insoportable levedad del ser poscovid, Diario Crítico

Ángel Esteban Monje, La gaviota, Kritilo

GRAFCAT2504. BARCELONA, 10/03/2020.- Los actores Melisa Fernández (i) y Nao Albet (d) durante el pase gráfico de la “La Gaviota”, una versión libre del clásico de Antón Chéjov con la que el director teatral Àlex Rigola vuelve a la Villarroel y en la que tres actrices, dos actores y un dramaturgo hablan de sus sentimientos amorosos y de su amor por el teatro. EFE/Enric Fontcuberta

“Rigola continúa en esta gaviota la línea minimalista, que parece insuficiente. Se queda corto y superficial en la analogía que pretende trazar entre la sociedad chejoviana y la contemporánea. Pese a ello, se aprecia que conoce bien su oficio, que domina los resortes de la dirección, porque los explota cuando lo requiere este espectáculo, que gustará al público en general, por la fábula que lo sustenta, los detalles de intensidad dramática, las gotas de emoción, los guiños a problemas cotidianos y los chascarrillos de los actores.”

José Gabriel López Antuñano

Instituto del Teatro UCM

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