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Emilio Gutiérrez Caba firma la dirección de este montaje, que si bien nos acerca en su título a Cervantes, se centra en la obra homónima a la de este autor que firmó Juan Ruiz de Alarcón (1580-1639). El trabajo nace enmarcado dentro de los actos celebrados con motivo del VIII Centenario de la Universidad de Salamanca, y está coproducido por la Compañía Nacional de Teatro Clásico y la Compañía Salvador Collado.

La cueva de Salamanca propone al espectador un juego metateatral donde se asiste a las vicisitudes de una pequeña compañía de teatro que debe poner en pie un texto clásico y relacionado con la capital del Tormes para poder estrenar al calor de la citada celebración del VIII Centenario. En ese marco, Gutiérrez Caba apuesta por la complicidad con el público al crear unas escenas donde el día a día del actor que vive precariamente saltando de trabajo en trabajo –bolos, capítulos de series o sesiones de camarero- está tratado con cierta dosis de humor y algunos tópicos que quizá podrían limarse con el deseo de mostrar al receptor una visión menos amarga y previsible del gremio teatral. En todo caso, el público entra de lleno al juego del ensayo, a los nervios del director estresado, a las dudas de la actriz, a la torpeza del actor/regidor. Un juego que, quizá, podría haber prescindido de las dos escenas –largas- que quedan exentas de la totalidad del espectáculo, y que impiden disfrutar plenamente de La cueva de Salamanca, de su acción y su palabra, ya que esto llega a los casi cuarenta y cinco minutos de función.

Una vez dentro de la obra de Alarcón, nos zambullimos en la atmósfera mágica del mito de la famosa cueva donde encontramos a Enrico, “viejo grave” dedicado al estudio y la reflexión, y a la que van a parar, de manera accidental, don Diego, galán, y Zamudio, criado. Las escenas de la cueva se suceden con un buen ritmo, así como las centradas en el enredo amoroso de la dama doña Clara y su criada Lucía. Esa ligereza se empobrece, en ocasiones, con los continuos juegos de movimiento con las cortinas con las que se transita de un espacio a otro, movimientos que no consiguen dinamizar el espacio y que pueden llegar a suponer una recurrencia en exceso reiterativa y algo gastada.

La escena final, que incluye el largo monólogo de Enrico dirigido al espectador, plantea una hermosa reflexión sobre la licitud de la magia, en concreto de la magia denominada “diabólica”, para acabar aceptando que es “arte mala y perversa”, puerta de toda conexión con el diablo y contraria a la fe. El triunfo del amor de las dos parejas –señores y criados- cierra la acción, como no puede ser de otra manera; pero debemos aun enlazar con la dimensión, ya en exceso lejana para el público, del doble nivel fabular planteado al comienzo del espectáculo: de nuevo los actores, los nervios del director, la precariedad de la profesión, la agonía de tener o no tener fecha de estreno.

Hermoso texto el de Ruiz de Alarcón, lleno de magia verbal y atmosférica; complejo juego el que propone la versión, con una importante reducción de personajes; interesante trabajo el de los actores, en especial el de María Besant en los muchos papeles que asume. Pero sigue siendo excesiva la duración de las escenas que encuadran el objetivo principal, que es poner en pie, hoy, la obra de Alarcón. La profesión teatral no se enriquece con la recreación de esas situaciones previsibles o tópicas que se nos muestran al comienzo, es más, estas no contribuyen a ampliar ni a enriquecer la visión que el público pueda tener del día a día de actores y directores, dibujados desde la caricatura superficial; el arranque de la acción se hace esperar en exceso, y supone un desgaste de energía –para los actores, pero también para el espectador- que juega a la contra del disfrute que el texto de Ruiz de Alarcón y el trabajo actoral se merecen.

 

Marga del Hoyo Ventura, Universidad Internacional de La Rioja

 

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