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Sinopsis: Calisto, un joven noble enamorado de una bella dama, Melibea, contrata los servicios de Celestina, una alcahueta de malas artes, para conseguir que su amor sea correspondido. Los criados del galán, Sempronio y Pármeno, se unen a la vieja hechicera para salir beneficiados económicamente, pero, una vez que Celestina ha logrado su objetivo, se niega a recompensarlos. Estos, llenos de ira, la asesinan y huyen hasta que son apresados por la justicia, que les dará muerte. Calisto, al oír los gritos de los lacayos, va en su ayuda, cae por una escalera y también muere. Melibea, perdidamente enamorada del joven, se suicida precipitándose desde una torre.

Dramaturgia: Manuel Carcedo Sama

Autoría: Fernando de Rojas

Versión: Manuel Carcedo Sama

Dirección: Manuel Carcedo Sama

Compañía: Karpas Teatro

Reparto: Charo Bergón, Alexia Lorrio, Alberto Romo, Chema Moro, Ignacio Ysasi, Nerea Rojo, Belén Orihuela, Dayana Gálvez-Pilar Cervantes

Escenografía: Manuel María Grimaldi

Iluminación: Gonzalo Gordon

Vestuario: Chemané

Música: Volker Kirberg

Fecha del Estreno: 2005

Teatro: Karpas Teatro

Sala: Sala de Cámara

Duración: 90 min (versión escolar), 105 min (versión para adultos)

Género: Infantil

Web Oficial: Karpas Teatro

Entrevistas y reportajes: César Vidal, CesarVidal.com : “Buen teatro (I): Karpas”

Estudios Académicos: Joseph Thomas Snow (2005), “La Celestina. Tragicomedia de Calisto y Melibea, en versión de Manuel Carcedo Sama. Teatro Karpas (Madrid). Noviembre-Diciembre de 2005”, Celestinesca, 29, 1-2, 243-246.

 

Enfrentarse a un texto como el de La Celestina es siempre un reto tan maravilloso como complicado, no solo porque su lenguaje sea aparentemente lejano al nuestro, sino porque la extensión de sus diálogos, la caracterización de los personajes y el desarrollo de la acción tienen que reducirse, y mucho, para que la función no sea demasiado larga y compleja. Por ello es de aplaudir que Karpas Teatro, bajo la dirección de Manuel Carcedo, haya conseguido llevar a las tablas un montaje equilibrado, que es fiel al original, pero al mismo tiempo sensato en la selección de las escenas más relevantes para el devenir de la trama, la cual nos va introduciendo, además, en un universo apasionante desde nuestras butacas.

Como todas las puestas en escena de esta compañía, La Celestina también se adecua al pequeño espacio que conforma la Sala de Cámara de su teatro. Su escenografía es, por tanto, prácticamente minimalista, pero, a su vez, aporta los elementos fundamentales para que el espectador se sitúe en cada una de las escenas con la suficiente verosimilitud y para que abra el oído ante la palabra, la verdadera protagonista de la pieza. El ambiente es, en general, oscuro, aunque no falta un juego de luces en los momentos pertinentes, como pueden ser las varias escenas de burdel, el encuentro de los amantes en el jardín de Melibea o los conjuros de Celestina, algunas de las escenas más íntimas y bien representadas de la pieza.

El equipo actoral, tal y como nos tienen acostumbrados en esta compañía, es excelente. Entre ellos destaca Celestina, a quien da voz una magistral Charo Bergón, la cual se adapta de una forma fascinante ya desde su físico al personaje, a lo que ayuda su vestimenta (austera y monjil) y, por supuesto, su impecable interpretación. Es un personaje absolutamente hipócrita y manipulador, que consigue que todos los demás hagan lo que ella quiere, cambio que el espectador vive en primera persona con, sobre todo, Melibea y Pármeno, más reticentes en un principio a confiar en ella, pero quienes, por unas razones (conjuro) u otras (su debilidad: Elicia, el sexo), terminan cayendo en sus trampas. Su egoísmo y su avaricia llevarán a la alcahueta, como es sabido, a la muerte.

El montaje logra también un equilibrio entre la parte cómica y la parte trágica de la pieza, puesto que el toque humorístico que ponen los criados llega hasta prácticamente el final de la obra. Para lograr esta comicidad, son fundamentales los apartes que protagonizan los personajes, sobre todo Pármeno, Sempronio y la propia Celestina. Ellos crean un “diálogo” con el público en muchas de las escenas, haciéndolo partícipe, así también, del transcurrir de la acción. Esta doble cara de la realidad la percibimos igualmente en los dos mundos que se representan de forma muy distinta en el escenario: por un lado, el mundo noble de Calisto y Melibea, y, por el otro, aquel más bajo, en el que los personajes que viven sumidos en la pobreza se agarran a la picaresca y a la prostitución para sobrevivir.

El clímax de la trama llega al final de la tragicomedia, en la que, en una escena bella, íntima y desgarradora, Melibea declama el último parlamento de su existencia, enferma de ese loco amor que siente, bajo los hechizos de la alcahueta, por su amante ya muerto. Con su suicidio termina el montaje de Carcedo, quien ha prescindido del personaje de Pleberio en su versión, eliminando, con él, una de las escenas más hermosas y famosas de La Celestina: el planto del desconsolado y abatido padre ante la muerte de su amada hija. Es, sin duda, una decisión cuestionable, aunque su director quiera con ella eliminar una escena que, a su modo de ver (según indicó en la tertulia posterior con el público), no aporta más acción a la obra, así como otros monólogos que también han sido descartados. Sí es cierto, en su favor, que la función no pierde la emotividad ni la poeticidad que impregnan el texto dramático en el desenlace de la pieza.

Sin querer entrar en la eterna discusión que envuelve a La Celestina en cuanto al género al que pertenece, quedan claros, una vez más, su teatralidad y su éxito en escena. Asimismo, nos muestra de una manera única ese cambio de siglo que va despojándose, de algún modo, del pensamiento medieval y se abre a un Renacimiento en el que los valores ya están cambiando. Los temas a los que nos enfrentamos son tan universales como los de siempre: la avaricia, el egoísmo, la necedad, la diferencia social, el amor…, pero su tratamiento le aporta un valor indiscutible. Moderno es el reflejo de un mundo bajo y sin escrúpulos, el amor presentado en su más descarada carnalidad, el sexo explícito, el erotismo, la manipulación extrema y, sobre todo, el “todo vale” por dinero. El espectador sale del teatro con un “puta vieja” resonando en sus oídos, con muchas actitudes sobre las que poder reflexionar y con la sensación de que todos los personajes que mueren lo hacen porque son enemigos, ante todo, de sí mismos.

Esperanza Rivera Salmerón

Universidad de Valladolid

La función no pierde la emotividad ni la poeticidad que impregnan el texto dramático en el desenlace de la pieza.

Esperanza Rivera Salmerón

teatrero.com

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