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Sinopsis: Luis Guzmán ha vivido toda la vida con su padre, en un pequeño pueblo de Castilla. Hay algo extraño e infantil en él que le incapacita para vivir solo. Pero Luis no está aislado: al otro lado de las ondas le escuchan sus fieles oyentes. Cree tener un programa de radio sobre lo que le apasiona: el misterio, lo paranormal, el espacio exterior. Cuando su padre desaparece, a él solo se le ocurre una explicación: ha sido abducido por extraterrestres

Dramaturgia: Pablo Remón. Colaboran en texto, improvisación y dramaturgia Ana Alonso, Francisco Reyes y Emilio Tomé

Autoría: Pablo Remón

Dirección: Pablo Remón

Ayudante de Dirección: Silvia Herreros de Tejada

Producción: Pablo Remón

Distribución: La Abducción

Compañía: La Abducción

Reparto: Ana Alonso, Francisco Reyes y Emilio Tomé

Escenografía: ikerne Giménez

Construcción de Escenografía: Restauradoras creativas (mobiliario)

Iluminación: Eduardo Vizuete

Vestuario: Ikerne Giménez

Diseño del Cartel: Dani Sanchis

Fotografía: Flora González

Vídeo Promocional: Pedro Medrano, Borja Soler, Nacho Muñoz de León y Carlos Blas Peña

Fecha del Estreno: 20/07/2013

Teatro: Naves del Matadero

Sala: Nave del Español

Duración: 65 minutos

Género: Drama

Festivales: Festival Fringe

Premios: Mejor texto original Premios Reseña 2014/15

Web Oficial: https://www.laabduccion.com/la-abduccion-de-luis-guzman

El espacio abducido de nosotros mismos

Juan Ignacio Mortera Martínez

Alumno en prácticas Máster de Teatro y AAEE (UCM)

Iniciar el camino de la confrontación con el público en las artes escénicas nunca es fácil. Es necesario construir una voz personal y averiguar desde que lugar deseas defender tu verdad. Despejadas estas dos cuestiones, es imprescindible articular los modos y maneras de hacerlo lo que conlleva infinitas dificultades. Pablo Remón se enfrenta a este reto cargado de sentido común y nos ofrece, en su primera obra en los escenarios La Abducción de Luis Guzmán, una pieza modesta y gobernable, sin estridencias, donde se detectan algunos aciertos importantes. Entre ellos, organizar todo el discurso espectacular a partir de la dramaturgia textual. Remón actúa aquí en su doble condición de dramaturgo y director de escena, además de otras ocupaciones claves, entre ellas, la de productor. Su peso como dramaturgo más que como director es la guía para el despliegue de una propuesta colgada del principio más básico de la ficción escénica: el conflicto de unos personajes en una situación límite y en un marco concreto. A partir de esta base, Remón construye el espectáculo haciendo que toda la puesta en escena no sea más que un lugar utilitario y practicable para desplegar el agón de los personajes. Se trata, prácticamente, de un conflicto lineal único, la colisión de dos mundos tan alejados como irreconciliables. El hermano que obligado por la muerte de su padre regresa a la casa familiar de la que ha huido y a la nunca hubiera deseado volver. La metáfora del hijo pródigo sirve para enfrentar diversos universos irreconciliables, la desolada España de provincias ante las urbes cosmopolitas y pujantes, el triunfador frente al hundido en la ciénaga de un territorio yermo y estancado, la aparente normalidad sicológica frente a la enfermedad mental, la dependencia afectiva encarada con la autosuficiencia, la huida como realidad o como gesto inútil frente a nosotros mismos, la humanidad vivida en contraste con el arrinconamiento existencial. Todas estas fuerzas en pugna se cuelan a través de una línea principal de conflicto que lo acapara todo. Generan una red de antecedentes y estados de ánimo que alimentan la vida de unos personajes muy efectivos en su despliegue de la verdad.

Si la disposición del espectáculo hacia el texto es una de las virtudes de esta propuesta no lo es menos su compromiso para hablarnos de conflictos contemporáneos y hacer una fotografía de una realidad escasamente tratada en el teatro actual. El desgarro trágico de la migración ilegal ha sido materia sobre la que se ha reflexionado profusamente. En cambio, esa otra migración legal menos trágica, pero con consecuencias afectivas profundas apenas ha sido abordada. Por ello, este retrato que realiza Pablo Remón es muy oportuno y salva adecuadamente una de las dificultades a la que se expone toda obra que intenta hacer ficción del mundo real que nos rodea: la verosimilitud. A pesar de la escasez de medios, toda la obra sucede en un salón habitado por una serie de muebles antiguos, se logra construir una atmósfera claustrofóbica e irreal, enmarcada casi en un tiempo poético. Espacio ambiguo donde se mueven unos personajes abducidos de sí mismos que no encuentran su lugar en el mundo y que están de paso allí donde podrían retomar su vida. Si el espacio es uno de los pilares donde se asienta la realidad ficcional, el otro son las interpretaciones que sirven para encarnar los personajes y se convierten en uno de los argumentos fundamentales de la puesta en escena. Tanto su caracterización como sus comportamientos remiten a tipos actuales esculpidos en una realidad sicológica contemporánea. Nos imaginamos un trabajo de encarnación donde los dos hermanos personajes generan su verdad a través de sus conflictos interiores, sus antecedentes y sus por qués. Una senda parecida a la que sigue el personaje femenino sobre todo en esa esfera íntima que supone un matrimonio al borde del hundimiento y el enfrentamiento con un marido ausente. El trabajo de los tres es decisivo al sostener el entramado de sucesos tanto internos como externos cuyo despliegue depende exclusivamente de ellos y de su universo dialógico. Se nota el entrenamiento colectivo realizado a través de improvisaciones, ya que forman un conjunto coral compacto y creíble. En este armazón actoral destaca especialmente Emilio Tomé, Luis en la obra, que logra desde el equilibrio y la contención, dar vida a un personaje infantilizado con una vena fantasiosa importante y bajo el peso de la enfermedad mental. Todas estas aristas podrían haber dado lugar a fuertes estridencias sin sentido que, incluso, afectarían a la propia credibilidad de la historia. En cambio, Tomé junto al director, elige otros caminos la dulzura, la vulnerabilidad, la emoción, la debilidad, la cotidianidad, el orden, la estereotipia, etc. Construye así, un personaje importante que no sólo es clave en su participación sino en la mirada que proyecta sobre el entorno. Ese universo fantástico, a la vida extraterrestre o ese supuesto programa de radio provoca un extrañamiento respecto a lo cotidiano y acaba tiñéndolo todo de una atmósfera irreal. Esto genera un contraste importante entre la cotidianidad palpable en la que se desenvuelve el relato y una serie de aspectos cuya realidad no es tan evidente. Incluso afecta a ese padre que supuestamente está muerto y que ha desencadenado la visita de Max y sobre el que Luis pregunta varias veces que cuando vuelve. De este modo, las certezas se vuelven dudas y lo que se daba por sentado queda dinamitado amplificando el valor del espectáculo. Estas divergencias ofrecerían, también, un sentido más oportuno a la aparición de la mujer de Max, demasiado forzada y poco justificada si nos atenemos a una narrativa superficial de la pieza.

Respecto a otros elementos de significación, quizás se echa en falta una enunciación más concreta del contexto espacial más allá del salón de la casa donde nos encontramos. La ubicación en una ciudad de provincias la conocemos por el relato de los protagonistas no por la existencia de signos espaciales concretos que la definan. Incluso, por el ambiente explicitado, parecería un pueblo más que una zona urbana. No hubiera estado mal que ese ambiente externo que tanto influye en el carácter de los protagonistas se hiciera presente, de algún modo, en el espacio. Este se ofrece en dos categorías latente y contiguo, ya que se establecen interpelaciones desde la cocina oculta al público. Si que es cierto, que en la caracterización espacial se genera cierta atmósfera opresiva por el uso de la penumbra en que se mueve la puesta en escena y por esos volúmenes decimonónicos que se adueñan del espacio. Volúmenes que generan una enunciación temporal indefinida dentro de un segmento antiguo y que entran en conflicto con el tiempo reflejado en la caracterización de los personajes. Estos explicitan un tiempo presente, aunque también indefinido en su concreción. Podemos estar en los años ochenta o quizás en la actualidad. Existen dos objetos en la escena que podrían situarnos en la primera opción, el documental de Cosmos y la grabadora. Sin duda, la enunciación temporal resulta ambigua y provoca una serie de incertidumbres en el espectador que disparan los sentidos de la pieza.

En la narrativa escénica destaca, también, el uso de la luz. Se generan diversas intensidades y oscuros. Los principales sirven para subrayar el paso del tiempo. Por ejemplo, el día a la noche. La iluminación permite generar estas transiciones y manejar los ritmos del espectáculo. Al menos a través del visionado videográfico, la escena tiende a la penumbra en consonancia seguramente con los elementos dramatúrgicos que se pretenden: el duelo por la muerte y el lugar opresivo que se busca. Estas intenciones quedan a veces desdibujadas y se echa de menos una mayor carga a favor de los contrastes y la incorporación de un uso más poético de la luz en determinados pasajes.

No quisiera concluir esta crítica sin mencionar el vestuario por su impacto estético y de sentido. Respecto al primer aspecto, existe un fuerte contraste entre su color y la paleta de neutros donde se coloca. Por ejemplo, la camiseta de los Lakers que viste Luis atrapa la mirada del espectador convirtiéndose en un icono absurdo no sólo por su estética sino también por su capacidad de metaforización. Aquí entraríamos en su sentido, ya que es un hallazgo su incorporación al explicitar el absurdo del mundo contemporáneo. Esos mundos estancados entran en una supuesta modernidad al adoptar comportamientos y formas culturales externas. De este modo, caen en una impostación autocomplaciente sin interrogarse sobre su propia esencia y su futuro. En el universo dramático de la pieza, esto genera a su vez un fuerte contraste, ya que los dos hermanos tienen intercambiados sus atuendos con todos lo que eso significa en su situación personal.

En resumen, Pablo Remón, siendo fiel a su propia dramaturgia textual logra construir una pieza eficaz y coherente. Su planteamiento combina adecuadamente dos elementos básicos del arte teatral, contar una historia y hacerla creíble a través de la interpretación actoral. Esa es la base fundamental de esta primera experiencia que supone La Abducción de Luis Guzmán y que ha recibido una buena acogida por parte del público.

“El Teatro del Barrio recupera una pieza teatral sobre un individuo que vive en la órbita de lo paranormal”, Kritilo.

Coral Igualador, “La abducción de Luis Guzmán de Pedro Remón”, Revista Tarántula.

Pablo Carauana, “Objeto teatral no identificado”, El País.

Karina Sainz Borgo, “Pablo Remón debuta en el teatro con la Abducción de Luis Guzmán”, Diario Digital Voz Populi.

“Pablo Remón, siendo fiel a su propia dramaturgia textual logra construir una pieza eficaz y coherente”

Juan Ignacio Mortera Martínez

Alumno en prácticas Máster de Teatro y AAEE (UCM)

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