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Sinopsis: "Toda obra es una forma de autobiografía", decía Oscar Wilde. Con los años, cada vez me interesa más la persona que hay detrás de los versos o las pinceladas, y no falla: la afirmación de Wilde me resulta cada vez más verdadera. Bucear en la vida de Benito Pérez Galdós me ha revelado que las monumentales obras de ficción realista y universal que nos dejó como herencia son también una plasmación de sus deseos, contradicciones, obsesiones y sentido del humor. A veces, su correspondencia casi literal con su biografía es asombrosa. Así, sus novelas se convierten en una conversación íntima entre el lector y Benito. Entre Benito y yo. Como Concha Ruth, Teodosia, Emilia, Lorenza y tantas otras, también he caído rendida al encanto de su verbo, a su guasa (¡Benito me hace reír a carcajadas!), a sus observaciones de fina ironía (que tanto me revelan de los otros y de mí misma), a su enorme humanidad de desclasado socialista. Benito es, sin duda, sorprendente, genera confianza, ama la vida. Benito no quiere mentirse a sí mismo ni a nadie. Benito cree que puede haber un mundo mejor. ¿Quién no se enamoraría de él? En el montaje queremos quitarle el blanco y negro que, por la fotografía de la época, marca nuestro imaginario de Galdós y su época, y transmitir lo que realmente fue: un periodo vibrante, lleno de esperanza y rabia, de rupturas y promesas, pero sobre todo, de amor libre, sin complejos y real. Si es que alguna vez alguien supo lo que es la realidad. Deberíamos preguntarle a Benito. Pilar G. Almansa

Dramaturgia: IGNACIO DEL MORAL Y VERÓNICA FERNÁNDEZ

Dirección: PILAR G. ALMANSA

Reparto: MARTA ALEDO, CARMEN CONESA, AMPARO FERNÁNDEZ, JESÚS NOGUERO, DIANA PALAZÓN, MARÍA RAMOS Y AINHOA SANTAMARÍA

Escenografía: JOSÉ LUIS RAYMOND (AAPEE)

Ayudante de Escenografía: LAURA ORDAS

Iluminación: CARLOS TORRIJOS (AAI)

Movimiento: AMAYA GALEOTE

Vestuario: VANESSA ACTIF

Música: (Piano) CARMEN CONESA

Fecha del Estreno: 18 noviembre

Teatro: Teatro Español, Sala principal

Duración: 1 hora y 15 minutos

Crítica teatral de Galdós: sombra y realidad

Pilar Hualde – UAM

En este año del centenario de la muerte de Galdós, en buena medida deslucido por la pandemia, no podía faltar el homenaje que le hace el Teatro Español, cuya dirección ejerció el propio autor canario entre los años 1912 y 1913. Casi para finalizar los fastos del centenario, se estrena en coliseo de la calle del Príncipe la obra “Galdós: sombra y realidad”, original de Ignacio del Moral y Verónica Fernández y adaptada y dirigida por Pilar G. Almansa. El título, pese a que en un primer momento nos pueda evocar uno de los dramas galdosianos, Realidad, nada tiene que ver con él. Más bien alude a las contradicciones de don Benito que pretenden llevarse a escena, en un montaje cuyo hilo conductor son las principales mujeres, tanto reales como literarias, que jalonaron la vida y la obra de nuestro escritor. Es de sobra tema conocido y estudiado la importancia de las figuras femeninas que cobran vida en la literatura galdosiana, pero no lo es menos el interés suscitado, ya incluso en vida del autor, por las mujeres reales que compartieron la vida amorosa de don Benito, como es sabido, solterón impenitente. Tal vez haya contribuido a aumentar esta intriga la propia reserva con que Galdós vivió sus sucesivas relaciones amorosas, hasta tal punto que sólo su epistolario o el reflejo que pudiera dejar de sus amantes en sus personajes literarios permiten aventurar algo al respecto. Dicho esto, resulta evidente que abordar en la escena en una hora y cuarto tema tan complejo es un reto del que difícilmente se puede salir sin caer en algún tópico. En la obra van a aparecer las figuras de las más conocidas parejas de don Benito, la mayor parte de ellas relaciones de madurez, como Concha-Ruth Morell (curiosamente, en la ficha técnica se omite su apellido), la escritora Emilia Pardo-Bazán, la modelo Lorenza Cobián, madre de su única hija, y Teodosia Gandarias, su última relación conocida. Sólo aparece un amor de juventud, el personaje de su prima Sisita, con quien un jovencísimo Benito tuvo un idilio truncado. Bien, pues estas cinco mujeres reales se alternan en escena con cuatro personajes novelescos, entre los que se ha escogido a la indispensable Fortunata, a Tristana, a Marianela y a Doña Perfecta.

Los autores conocen bien, sin duda, los entresijos biográficos del autor, así como su obra, lo que se deja ver en datos crípticos para el gran público, como es el apelativo cariñoso con que Galdós se dirige a Lorenza, Leré, que es el hipocorístico que se da a otra Lorenza, el personaje de la obra Ángel Guerra y amor imposible del protagonista. Asimismo, el  perro Tito y la niña Faelita, a quienes el escritor llama al comienzo de la obra, son nombres reales que aparecen en el epistolario galdosiano y nos recuerdan el consabido afecto del escritor por los animales y los niños. Frente a estos datos reales, son innovación de los autores hechos como la reconstrucción de una carta de don Benito a Emilia Pardo Bazán, ya que es sabido que esta correspondencia desapareció misteriosamente del Pazo de Meirás, propiedad y residencia de la escritora gallega.  No debe de ser ajeno a estos detalles eruditos el hecho de que los autores concibieran la obra después de una conversación con la reconocida galdosista Yolanda Arencibia, si bien no se ha podido evitar la repetición de algunos tópicos recurrentes sobre la vida privada del autor como es, entre otros, el rumor de que murió arruinado por el dinero gastado en la manutención de sus amantes.

En cuanto a la acción dramática, se sitúa en el último día de la vida de un Galdós, muy dignamente representado por Jesús Noguero, que, sentado en una silla de ruedas a un extremo del escenario llama al mencionado perro Tito, cuya búsqueda será insistente a lo largo de la obra. Por el lado opuesto cruza la escena el fantasma de Teo, Teodosia Gandarias, que, efectivamente, murió cuatro días antes que el escritor y que es interpretado con una gran serenidad y elegancia por Carmen Conesa. Las figuras históricas de las amantes se intercalan, en un decurso onírico, con los personajes femeninos de sus novelas, todos interpretados con éxito por Diana Palazón, y es la imagen de Marianela, la poco agraciada joven que en la ficción servía de lazarillo, la que encabeza la aparición de las protagonistas literarias. Una Marianela excesivamente infantilizada, en mi opinión, y que, irónicamente, acompaña a su creador, también ciego en este momento. La segunda amante en hacer su aparición en escena es Concha-Ruth Morell. La frustrada aspirante a actriz, a la que Galdós durante su relación consiguió algún papel secundario, está representada por Marta Aledo, quien dota al personaje de unos matices histriónicos que pueden justificarse por la neurosis que padeció Concha, sobre todo a raíz del abandono de Galdós y a la que, como reprocha el personaje en escena, don Benito dejó morir sola. También sola murió, como bien sabemos, el siguiente personaje literario que aparece sobre el escenario: Fortunata, que se nos presenta evocando la consabida escena de su encuentro con Juan Santa Cruz mientras come un huevo crudo, si bien las escaleras de la casa de la Cava de San Miguel han sido sustituidas por lo alto de una mesa de época. Inconfundible aparece en escena doña Emilia Pardo Bazán, convincentemente representada por Amparo Fernández. La conversación entre los enamorados empieza, como lo hace en el epistolario de la condesa, con un tratamiento de usted, que, después de distintas reflexiones sobre España, la política o la misión del escritor, se habrá convertido no ya en un tuteo, sino en una multitud de expresiones cariñosas que doña Emilia solía destinar a Galdós en sus cartas. Las reflexiones sobre la mujer enfrentan a la Bazán con Concha Morell, de la misma manera que rivalizaron en vida cuando se solaparon sus relaciones con el escritor. Se da paso a continuación al personaje literario de Tristana. Aparece ante un reclinatorio y apoyada en las muletas que recuerdan la triste mutilación de la joven que, según la opinión de los galdosistas y como se hace explícito en el montaje teatral, fue inspirada por la figura de la propia Concha Morell. Asimismo, la imagen de doña Perfecta, que aparece en escena empuñando una escopeta, se superpone en la ficción escénica con la de la madre de Galdós, la autoritaria doña Dolores que separó a Benito de su enamorada prima Sisita. Y la última de las amantes en aparecer ante el público es Lorenza Cobián, la madre de María Pérez Galdós. La escena se afana por recrear la última etapa de la vida de la hermosa Lorenza, en la que la mujer pierde su equilibrio emocional hasta acabar con su vida, como muy correctamente representa Ainhoa Santamaría. Tal vez es en la configuración de Lorenza donde más se adentra la obra en el terreno especulativo, pues, aunque se reproducen datos literales, como la lectura de la noticia periodística de su suicidio, se nos presenta una mujer obsesionada con el cariño de la hija por el padre, algo meramente imaginativo, y por la que, supuestamente, Galdós habría estado dispuesto a abandonar la soltería: “mil veces te pedí que te casaras conmigo”. Este último punto, aunque ha sido trasmitido por los descendientes de Cobián, no tiene documentación positiva que lo avale, como tampoco el hecho que también se menciona, ya convertido en tópico, del analfabetismo de Lorenza, seguramente difundido a partir de la figura literaria de Fortunata, para algunos de cuyos rasgos sirvió de inspiración la modelo asturiana. Si se inicia el desfile de figuras femeninas en la escena con Teodosia, la última pareja del escritor, se cierra con la presencia de la jovencísima y alegre Sisita, su primer gran amor, que le conduce al barco que, como otrora le había llevado desde su Canarias natal a la Península, ahora lo trasladará al más allá, en ese juego extraño de realismo onírico que tiñe toda la obra.

Se puede afirmar con rotundidad que uno de los mayores logros de este montaje es su escenografía: la localización temporal se determina con la presencia de oscuros muebles decimonónicos que, bien se descuelgan desde las alturas, bien son arrastrados por los propios personajes, quienes ejecutan con pericia complicados movimientos en un ir y venir sobre el escenario. También la permanencia simultánea en escena de las distintas mujeres en torno al autor es un logro importante para entender el enfrentamiento y contraste de los personajes de las amantes. Asimismo, adecuado y esclarecedor, y potenciado por una sabia iluminación que lo destaca de la oscuridad ambiental, es el vestuario femenino, desde la sosegada elegancia del traje de Teodosia, hasta la bata y la cofia que confieren a Lorenza el aspecto de interna de una institución psiquiátrica, pasando por el llamativo atuendo de Concha-Ruth, el simple y algo masculino de la Pardo Bazán o el romántico de Sisita. La música, especialmente las interpretaciones pianísticas a cargo de la propia Carmen Conesa, que marcan el ritmo de los hechos, es el complemento perfecto para la puesta en escena. El espectador, y supongo que especialmente el espectador versado en la vida y obra galdosianas, disfruta del espectáculo, si bien no podemos tomarlo como un acercamiento clarificador a la enigmática relación que tuvo Galdós con las mujeres. De hecho, al terminar la obra sabemos algo más de las mujeres que amaron al escritor, pero no de lo que sintió Galdós por ellas, ni de las causas de su comportamiento. El intento tardío de convivencia con Teodosia, que casi abre la obra o las peticiones reiteradas de matrimonio a Lorenza es algo que no podemos atribuir al Benito real, quien llegó a afirmar en una entrevista: “nunca sentí la necesidad de casarme, ni yo puse empeño en ello”, y son, quizá, un intento de los autores por redimir las sombras de don Benito anunciadas en el título de su obra. Tal vez sea mejor así, y debamos respetar la intimidad de Galdós a quien las confianzas con el público le reventaban, y quién, ante las preguntas de Clarín respecto a sus relaciones personales, contestó: “Como usted ve, nada de esto merece que se le cuente al público; se lo digo por carecer de otras noticias de más valor, o porque las de verdadero interés son de un carácter privado y reservado, al menos por ahora y en algún tiempo”. Parece que ese tiempo continúa.

Horacio Otheguy Riveira, Culturamás, «Sombra y realidad», decepcionante visión sobre Galdós y sus mujeres”

José Catalán Deus, Periodista Digital, “Galdós, poca sombra y realidad tópica”

Julia Sáez-Angulo, Euromundo Global, “Galdós: Sombra y Realidad” en el Teatro Español”

Raúl Losánez, La Razón, Cultura, “Crítica de «Galdós, sombra y realidad»: Galdós en su secreta intimidad

José Luis Panero, Palomitas de maíz, “Galdós: Sombra y Realidad’: Pilar G. Almansa entrega una impecable radiografía del escritor canario en el teatro español”

Mario Martín Lucas, Tras la Máscara, “Galdós, sombra y realidad; crítica teatral”

Javier López Rejas, El Cultural, “El amor libre de Don Benito”

Luis Muñoz Díez, Revista La Tarántula, ““Galdós: sombra y realidad” de Ignacio del Moral, Verónica Fernández y Pilar G. Almansa”

Jose-Miguel Vila, Diario Crítico, “Crítica de la obra ‘Galdós: Sombra y realidad’: Galdós frente a sus mujeres”

Moisés C. Alabau, La Platea, “Universo femenino galdosiano”

 

“Se puede afirmar con rotundidad que uno de los mayores logros de este montaje es su escenografía: la localización temporal se determina con la presencia de oscuros muebles decimonónicos que, bien se descuelgan desde las alturas, bien son arrastrados por los propios personajes, quienes ejecutan con pericia complicados movimientos en un ir y venir sobre el escenario.”

Pilar Hualde

Universidad Autónoma de Madrid

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