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Sinopsis: Dos personajes, amo y criado, encerrados en una casa sótano sin ubicación ni lugar geográfico concreto. Ambos deteriorados por un tiempo que huele a muerte pero cuyo efecto real es la suspensión de la existencia. Tiranía y dependencia. Universo claustrofóbico en el que se hunden, también, los padres de Ham habitantes de dos cubos que no pueden abandonar, ya que, seguramente, la enfermedad aniquila sus piernas. El vacío dentro y fuera hasta que conduce al fin de la existencia.

Autoría: Samuel Beckett

Dirección: Kristian Lupa

Ayudante de Dirección: Łukasz Twarkowski y Carlota Ferrer

Producción: Teatro de La Abadía. Coproductores Palacio de Festivales de Cantabria, El Canal Centre D´Arts Esceniques Salt Girona, Teatro Calderón y Teatro Arriaga

Producción ejecutiva: Teatro de La Abadía

Distribución: Teatro de La Abadía

Reparto: José Luis Gómez, Susi Sánchez, Ramón Pons y Lola Cordón

Escenografía: Kristian Lupa

Construcción de Escenografía: Odeón Decorados

Iluminación: Kristian Lupa

Videoescena: Alfonso Nieto

Vestuario: Piotr Skiba

Maquillaje: Marta Luján

Peluquería: Marta Luján

Música: Pawel Szymanski

Diseño del Cartel: Estudio Manuel Estrada

Fotografía: Ros Ribas

Fecha del Estreno: 13/04/2009

Teatro: Teatro de la Abadía

Sala: José Luis Alonso

Duración: 130 minutos

Género: Drama

Web Oficial: https://www.teatroabadia.com/es/archivo/296/fin-de-partida/

“Al otro lado el otro infierno”, a este, el “fin de partida”

Juan Mortera

Alumno en prácticas Máster Teatro y AAEE (UCM)

Fin de Partida es uno de esos textos sagrados que la historia de la literatura dramática ha dejado en nuestra memoria colectiva. Beckett en estado puro, hilvanando réplicas y contra réplicas en una dramaturgia precisa, exacta y demoledora. Diálogos de orfebrería para desvelar la nada existencial que nos envuelve y que nos lleva inevitablemente a la muerte. La obra trasluce la lentitud de su elaboración, los silencios de la dificultad, la búsqueda de la precisión en las palabras, el desvelo y la síntesis a través de la concentración. Sabiduría o estado de gracia explicitada en un andamiaje dramatúrgico casi perfecto que transita ese conocimiento implacable de que el infierno ya no son los otros sino nosotros mismos.

El Teatro de La Abadía, con José Luis Gómez, se embarca en esta aventura sabiendo de antemano su gran dificultad. Fin de partida no es un texto fácil. Materializarlo implica una lucha constante, ya que Becket no sólo llena de poesía sus diálogos, sino que también los retuerce hasta convertirlos en sendas que no llevan a ninguna parte. Situaciones absurdas y dolorosas en las que es fácil extraviarse y que se suceden sin descanso en un duelo dialógico a muerte. No hay reposo alguno ni para el actor ni para el espectador. Aridez, como lo define el protagonista José Luis Gómez. Conociendo esta dificultad se busca a uno de los directores escénicos más prestigiosos del momento y de trayectoria contrastada, Kristian Lupa. Esta elección no es casual, Lupa al igual que Beckett es un orfebre del teatro. Alguien con una habilidad extrema para convertir la densidad escénica en un universo de sensaciones y sentidos.

La propuesta cumple con brillantez el primer objetivo: encumbrar la palabra de Beckett. Su literatura suena hermosa, limpia y perfecta. Incluso se ha mejorado algunos pasajes del texto suprimiendo y cumpliendo con ese precepto de no expresar para expresar. La palabra fluye como un regalo a través de los cuatro protagonistas y una disposición escénica adecuada para que eso ocurra. El resultado en este aspecto es brillante, pero hay algo en la atmósfera general del espectáculo que no acaba de funcionar.

Esa densidad visionaria de finas capas superpuestas que practican Beckett y Lupa y que con un manejo adecuado se transforma en un ritual de la emoción, se convierte aquí en pesadez y en tedio. El espectáculo plantea las piezas adecuadas, abre importantes expectativas respecto a ellas y reta a su dificultad, pero el encaje de las mismas no es preciso e, incluso, no sucede. Parece como una pugna entre dos boxeadores que no pasa de la fase de tanteo alrededor del ring. El escarpelo de Lupa para transitar el silencio y recorrer los interiores humanos desde la no acción se ha quedado en el apunte. La construcción formal del espectáculo tiende a la artificiosidad de la perfección más que al riesgo de la vida. Hay elementos de conjunto que son una continua barrera para el espectador. Estilos contrapuestos que no encajan bien. Como ejemplo citar, a esos padres encerrados en unas urnas y convertidos en piltrafas humanas. Estéticamente presentan una imagen demoledora y un hallazgo respecto a la propuesta textual. Pero su imagen va por un lado y su modo de decir por otro, incluso su trabajo físico. Si se prueba a cerrar los ojos y simplemente se escuchan sus voces, nos damos cuenta que suenan a mesa camilla, a en un estilo de teatro muy diferente al que se intenta proponer. Este tipo de desajustes aparecen constantemente, por ejemplo, en el personaje de Clov, en su relación con Ham, en los modos de tratar a los padres, en sus apariciones, en la centralidad permanente de Ham. Es como si contempláramos una ciénaga donde nadie se mancha a pesar de estar hundidos hasta el cuello.

Estas carencias duelen, no por imperfectas sino por el conjunto de cosas memorables que existen a su alrededor y entre la que destaca la interpretación de los dos protagonistas. Gómez está soberbio en su contención, sus ritmos, su capacidad, su musicalidad con la palabra, sus formas de componer, su presencia y su tránsito emocional. A su lado, Susi Gómez, ofreciendo un repertorio inmenso de reacciones, de silencios, de composición, de atención hacia el texto, de concentración en el otro, de esa suavidad en tránsito tan alejada de la tragedia que ocurre y de esa ensoñación poética hacia el infinito.

Otro aspecto acertado, es el encuadre escénico que Lupa nos ofrece. Ese sótano frío y destartalado, una especie de bunker que nos remite a ese exterior que Samuel Beckett imagino como un espacio de exterminio o de apocalipsis. Ese detalle de la arena que habla de espacios latentes en lo real y en lo metafórico. Esas paredes moteadas de tiempo y dejadez. Esa especie de garaje inmundo cobijado bajo rasante y alumbrado por la esperanza de dos ventanucos hacia el infinito. Lupa genera una estética rotunda y cercana, aunque no reconocible. En ella, se palpa el paso del tiempo y el fin del mundo. Memorables esos dos ataúdes capsulas que incrustados en la pared son el nicho de la muerte de los padres. Quizás en todo ello, se echa de menos algún elemento de una vida real y de esa existencia familiar. Los objetos son mínimos, un despertador, una pértiga, un escaño y dos fundamentales ligados al universo del protagonista, la silla de ruedas y un perro confeccionado de restos de plástico. Metáfora de la imposibilidad de la vida y de una existencia paralizante.

El vestuario posee también ese aroma de decadencia, de un tiempo de opulencia roído por el fracaso. Sobre todo, en el caso de Ham con un aspecto gótico que lo acerca a las cortes Shakespearianas. La música sostiene los momentos emociónales de un espectáculo sin oscuros y donde la luz obedece a la formalidad del espacio, sin alardes. Excepción de ese maravilloso final donde todo se apaga y los personajes y el público flotan en una oscuridad densa enmarcada en rojo. Tinieblas que funden a los presentes en la catarsis y en el ritual de la muerte. Ese velo oscuro que nos envuelve y nos conduce hacia la nada que somos y habitamos.

En tiempos donde sólo se entiende el teatro como espectáculo, esta obra, a pesar de sus dificultades y desencajes, es un trazo de valentía, de riesgo y de compromiso por mantener y agitar la bandera del arte. Tan olvidada, en demasiadas ocasiones, cuando nos enfrentamos a la materia escénica.

Javier Vallejo, “Siempre es demasiado tarde”, El País.

Joaquín Melguizo, “El fin de todas las cosas”, Artezblai.

Julio G. Alonso, “Final de partida-Samuel Beckett”, Lucernarios.

Elsa Fernández-Santos, “Y Beckett se salió con la suya”, El País.

Liz Perales, “Tras la pista de Samuel Beckett”, El Cultural.

Juan Cruz, “Fin de partida”, El Mundo, edición Castilla y León.

Ical, “Teatro de La Abadía lleva a escena en el Calderón la obra “Fin de Partida” de Beckett”, El Mundo, edición Castilla y León.

Araceli Fuentes, “Beckett. Fin de partida”, Escuela lacaniana de psicoanálisis del campo freudiano.

“La palabra fluye como un regalo a través de los cuatro protagonistas y una disposición escénica adecuada para que eso ocurra”

Juan Ignacio Mortera Martínez

Alumno en prácticas Máster de Teatro y AAEE (UCM)

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