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Sinopsis: El hombre y el lienzo nos sumerge en el proceso creativo de un artista que arrastra consigo una ausencia poderosa, una pérdida que le ha dejado una herencia llena de incógnitas Este hombre –podría haber sido una mujer- vive, desarrolla su arte, siendo una incógnita para sí mismo. Se busca a través de los trazos, de los colores, de las formas que imprime en el lienzo y, mientras indaga, a medida que el lienzo toma forma, comparte con nosotros, espectadores, sus ideas sobre el arte y los descubrimientos sobre su propia vida, haciendo que nos preguntemos si arte y vida no son, en ocasiones, células del mismo embrión creativo.

Dirección: Alberto Iglesias

Ayudante de Dirección: Jacinto Bobo

Producción: Jesús Sala

Ayudante de producción:

Producción ejecutiva: Kendosaen Producciones

Distribución: Marea GlobalCom (Maite Perea e Isabel G. Jerez)

Reparto: Javier Ruiz de Alegría y voz en off de Ramón Barea

Escenografía: Javier Ruíz de Alegría

Iluminación: Javier Ruíz de Alegría

Videoescena: David Ruíz

Vestuario: Silvia Mir

Espacio Sonoro: Kike Mingo

Diseño del Cartel: David Ruíz

Fotografía: David Ruíz y Emilio Gómez

Vídeo Promocional: David Ruíz

Fecha del Estreno: 10 de enero de 2020 (anteriormente había sido representada una primera versión en el Teatro del Barrio en mayo de 2019 dentro del Festival Surge)

Teatro: Fernán Gómez

Sala: Jardiel Poncela

Duración: 70 minutos

Género: Biografía / Monólogo / Performance

Web Oficial: https://www.teatrofernangomez.es/actividades/el-hombre-y-el-lienzo

Crítica de El hombre y el lienzo

Rafael Gómez Alonso – Universidad Rey Juan Carlos

La obra supone la puesta en escena del discurso de un pintor sobre su vida y la exploración de su personalidad en su proceso creativo. El espectador asiste a una doble función, escénica y plástica, a la construcción de un cuadro pictórico y a la representación de su condición personal. El protagonista es un pintor de cierta reputación al que se le encarga realizar un cuadro conmemorativo para un evento social. El conflicto con su obra y su vida constituye el argumento de la trama, y se proyecta mientras se desarrolla la obra plástica que va creando, un autorretrato, que a la vez constituye un happening o proyecto performativo de la función.

Durante la representación se genera un monólogo, que en algunos casos llega a constituirse en falso diálogo, en el que pone en práctica una disertación sobre lo que es la experiencia estética. La idea de lo que supone una autoría, ya sea escénica o plástica, nos lleva a recordar las teorías semiológicas de Roland Barthes y del posicionamiento crítico de Walter Benjamin sobre qué es un autor. A lo largo del discurso se cita a filósofos clásicos como Platón para replantear el ideal de la belleza y de perfección estética, y a pensadores contemporáneos como Adorno para introducir las variables del caos dentro de un orden establecido. De este modo, el autor de la obra, Alberto Iglesias, intenta explicar, en la proyección de su protagonista, dónde nace el proceso creativo y las obsesiones que subyacen durante la creación artística.

Cada función supone la ideación de una obra plástica nueva, de un nuevo autorretrato, y, en ese sentido, los cuadros creados son diferentes y dependen del estado de ánimo del pintor protagonista. Los colores varían en función del día de la representación. Cuando el público llega a la sala el pintor ya está trabajando en su estudio y cuando el público se marcha continúa trabajando, por tanto, los espectadores asisten a una obra en proceso, como si realizaran una visita a un estudio de un pintor, a una obra que ya está empezado y participan de su rutina. La obra sintetiza a la vez que metaforiza el acto continuo no solo de la de creación sino del pensamiento creativo.

La escenografía surge del propio proceso y se va incrementando con el paso de los días creando un taller en el que se percibe el cúmulo de trabajo, es decir, el ámbito escénico se va enriqueciendo con el paso de las funciones puesto que el escenario/taller va dejando una impronta de todo el trabajo rutinario ocasionado. El escenario se convierte en un espacio físico y mental en el que se materializan las pasiones y estados de ánimo de su creador hacia el lienzo.

No solo el público se convierte en voyeur de su obra sino que asiste a su espacio personal, a su ámbito de creación y de inspiración a la vez que es partícipe de sus pensamientos que pone en voz alta. La unicidad de la función escénica se corresponde con la unicidad de la creación plástica y, por tanto, se generan diferentes obras pictóricas a lo largo de la trayectoria de los días en los que se presenta la función.

El protagonista trata de descubrir quién es. La obra supone una reflexión del arte, de la confección artística, y de la vida, de la frustración, de la soledad, del silencio y de su percepción rutinaria a la hora de generar su autorretrato y crear una identificación en la que proyectarse. El monólogo se plantea como una autoafirmación. Para ello, en la obra se utilizan adecuadamente diferentes variables acústicas, sonoras, musicales y diferentes registros de voz, a la vez que usos adecuados de silencio, que permiten focalizar un discurso adecuado y atractivo para el receptor. La unificación de la práctica escénica con la plástica supone un reto interdisciplinar.

La iluminación está muy bien adaptada a las dimensiones que ofrece el universo personal del protagonista y accede a materializar la visión obsesiva del protagonista hacia la creación de su obra plástica, una obsesión marcada por la perfección artística y personal y por su proyección social.

El proceso creativo del actor se funde con el proceso creativo del pintor. La psicología del personaje convierte al protagonista en un personaje redondo que reflexiona sobre su vida, su familia, los amigos que faltan y la soledad que le rodea. El monólogo se divide en secciones que se van fragmentando mediante toques de pinceladas a modo de impulsos vitales, colores oscuros de intimidad o colores vivos de aceleración positiva. El sentimiento crea un juego sinestésico con la construcción de la obra. La disociación calculada entre el acto escénico del mónologo y el acto de pintar supone una concentración de doble actividad que genera una mayor atracción para el espectador.

A grandes rasgos, el espectáculo supone un proyecto de magnitud intermedial que atañe a varios registros: al teatral o escénico por el hecho innato de su representación, al performativo por el hecho de improvisación y del encuentro de una situación que está sucediendo desde antes de empezar la obra, al plástico por la realización de un cuadro, al discursivo por plantear un debate sobre lo que supone la creación artística, al psicoanalítico por aportar una proyección o introspección personal, al social por idear una serie de obras cuya venta va destinada a una asociación de ayuda médica, e incluso al expositivo por el hecho de poder contemplar los cuadros realizados una vez terminada la función, así como a la posibilidad de poder hablar con el artista y protagonista de las obras creadas.

Como idea especial de acción social, los fondos recaudados por la venta de los acrílicos realizados, van destinados al proyecto NUPA, asociación española de ayuda a niños, adultos y familias con fallo intestinal, nutrición parenteral y trasplante multivisceral. Al salir de la función hay una exposición de los cuadros realizados y el acceso a participar en la compra de esas obras destinado a dicha fundación. La exhibición se ha ido incrementando hasta alcanzar veintiún acrílicos confeccionados a lo largo de las funciones, junto a piezas que ya habían sido realizadas en espectáculos anteriores, y que representan diferentes formas de proyectar autorretratos del artista.

Críticas en prensa y blogs

Diego Doncel, ABC Cultura. 31-1-2020 “Autorretrato de una búsqueda”:

Redacción, La Vanguardia. 9-1-2020 “El maridaje entre el teatro y la pintura se estrena en el Fernán Gómez”:

Raúl Losánez, La Razón. 10-1-2020 “Un artista que pinta por dos”

Entrevistas

Punto de enlace. Programa cultural radiofónico de Radio Exterior de España. Podcast RTVE a la carta 27-12-19

 

 

“Cuando el público llega a la sala el pintor ya está trabajando en su estudio y cuando el público se marcha continúa trabajando, por tanto, los espectadores asisten a una obra en proceso, como si realizaran una visita a un estudio de un pintor, a una obra que ya está empezado y participan de su rutina. La obra sintetiza a la vez que metaforiza el acto continuo no solo de la de creación sino del pensamiento creativo.”

Rafael Gómez Alonso

Universidad Rey Juan Carlos

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