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Sinopsis: ¿Cuántos enfermos imaginarios conocemos? ¿No hemos padecido nosotros mismos las más inmiseri- cordes dolencias de enfermedades de raíz psicosomática? En 1673 Molière crea la que será su última comedia y morirá interpretándola. Ello dará pie a algunas de las más consolidadas tradiciones fóbicas de la gente de teatro a la hora de evitar determinados colores en escena. En España la víctima es el amarillo. Cómo duele la hipocondría. Molière lo sabe y aprovecha ese saber para crear una de las más aceradas sátiras sobre el poder de la medicina, en una época que ha empezado a entregar al conocimiento científico la esperanza de la felicidad y la salvación. Como dirá Thomas Bernhard, siglos más tarde: “nuestra única posibilidad de salvación está en encontrar un buen médico”. Argán, el protagonista de la comedia de Molière, no tendrá esa suerte y sus médicos utilizarán sus miedos para conseguir otros fines. Nosotros, sus espectadores, podremos reírnos y compadecernos

Autoría: Molière

Traducción: Mauro Armiño

Versión: Josep Maria Flotats

Dirección: Josep Maria Flotats

Ayudante de Dirección: José Gómez-Friha

Reparto: Argán - Josep Maria Flotats Tonina - Anabel Alonso Angélica- Belén Landaluce Belina- Lola Baldrich Señor Buenafé - Alejandro Sigüenza Cleantes- Rubén de Eguía Señor Diarreus - Eleazar Ortiz Tomás Diarreus - Francisco Dávila Beraldo - Joaquín Notario Señor Oliscante - Bruno Ciordia Señor Purgón - Arturo Martínez Vázquez

Escenografía: Ezio Frigerio con Riccardo Massironi

Ayudante de Escenografía: Mónica Teijeiro

Iluminación: Paco Ariza

Vestuario: Franca Squarciapino

Ayudante de Vestuario:

Música: (Composición) Daniel Espasa

Teatro: Teatro Clásico

Molière / Flotats

Javier Huerta (ITEM-UCM)

Javier HuertaFelicísima iniciativa la de Helena Pimenta, cuando todavía directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico encargó a Josep Maria Flotats un Molière. Y es que, aun teniendo como objetivo prioritario el repertorio español, la CNTC no puede olvidar el de quienes fueron coetáneos de nuestros autores en otros países y lenguas, hacedores todos ellos de ese siglo insólito de doscientos años que se inicia con la invención de la Commedia dell’Arte en Italia, continúa con Shakespeare y el teatro isabelino en Inglaterra, y culmina en Francia –previo paso por la España áurea de Lope, Tirso y Calderón–  con Corneille, Racine y Molière. Si la Unión Europea tuviera una dirección cultural como Dios manda, esos teatros nacionales ‒a los que podría unirse el alemán con Goethe y los románticos‒ deberían colaborar entre sí para ofrecer programaciones mixtas que mostraran a los diversos públicos aquel teatro sin parangón en la historia, salvedad hecha de la Grecia antigua.

Por lo demás, no es cosa nueva la presencia de Molière en la CNTC. En 1996 Adolfo Marsillach programó y dirigió El misántropo. Era una deuda suya con el genio francés desde el suceso que fue el Tartufo de la temporada 1969-70, versionado inteligentemente por aquel veterano y culto falangista que fuera Enrique Llovet contra los ministros tecnócratas del Opus Dei en el tardofranquismo. En 2001 pudimos ver la que para muchos es la obra cumbre de nuestro autor, pese a tener más de tragedia que de comedia, Dom Juan o el festín de piedra. De aquel espectáculo, dirigido por Jean-Pierre Miquel, todavía se recuerda la excepcional interpretación que Joaquín Notario hiciera de Sganarelle, al fin y al cabo el personaje que –como álter ego del autor– mayor y más decisivo papel tiene en la obra.

              Han pasado los años y, lamentablemente, a Molière lo vemos cada vez menos en nuestros escenarios; de ahí la oportunidad de esta puesta en escena cuando además estamos a las puertas de su cuarto centenario, como nos recuerda Flotats en el teloncillo de entrada; adelantándose así, por cierto, al Enfermo imaginario que tiene programada la Comédie Française para fechas próximas. Se trata de una reposición del montaje que hiciera el fallecido Claude Stratz, y que pasó en 2004 por el Teatro de la Zarzuela, dentro del Festival de Otoño.  

En fin, las penosas circunstancias que vivimos añaden un plus de irónica morbosidad a este Enfermo que de tan buena salud sigue gozando: al parecer, los mandamases de nuestra cultura querían haber trocado las viejas y gozosas máscaras de la farsa por las mascarillas sanitarias que nos protegen del malhadado virus. Sin embargo, el director y los actores de la compañía, en un gesto que les honra y por respeto al público soberano, no lo han consentido y se han financiado un test diario para poder actuar a cureña rasa, como diría Cervantes.  Con ello, Flotats y su compañía han hecho el mejor y más salutífero brindis que pudiera haber imaginado aquel hipocondríaco irredento que fue Jean-Baptiste Poquelin, cuya muerte –a los pocos días del estreno– ya es tópico vincular a la pieza que comentamos.

              No sabemos qué se le hubiera ocurrido al genio francés a raíz de esta pandemia universal, pero cabe presumir que médicos, fantasmales expertos y políticos, en general, no hubieran salido muy bien librados de su ácida mirada. ¡Ay, qué nuevo Molière echamos en falta en esta tan dormida como inane sociedad nuestra! Entre las varias castas y caracteres a los que fustigó, los médicos fueron uno de sus blancos favoritos. Ya en una comedia temprana, El médico volador (Le médecin volant, 1659), se anticipan los motivos principales que luego desarrollaría en El amor médico (L’amour médecin, 1665) y, sobre todo, en Le médecin malgré lui (1666), versionada por Moratín con el título de El médico a palos. Estas tres comedias tienen en Sganarelle  –alter ego de su creador– al protagonista absoluto, a diferencia de la última y la mejor de la serie, Le malade imaginaire, cuyo estreno, en 1673, tuvo lugar en circunstancias harto dolorosas para Molière: a la muerte de su hijo pequeño, pocos años antes, se había juntado la de su amada Madeleine Béjart, hermana mayor de su esposa Armande, o hija, como querían no sabemos si las malas o las buenas lenguas. No obstante, en Molière ‒lo subraya muy bien Flotats‒ la vida termina imponiéndose siempre sobre la muerte; el espíritu joven, sobre el mundo envejecido; el humor, sobre la fatuidad y la hipocresía. Y los espectadores, que entramos sobrecogidos por este entorno incierto, salimos del teatro fortalecidos y algo menos pesimistas.

              Y ello gracias a este Molière en estado puro que nos brinda Flotats, es decir, sin aditamentos posmodernos ni más tinglado que el de la farsa eterna. Miembro sociétaire de la Comédie, el gran actor y director catalán lo sigue considerando su patron, y a un patrón se le debe respeto y veneración. Así es que con sumo respeto lo ha adaptado sobre una ágil traducción de Mauro Armiño. Su versión prescinde del prólogo y los intermedios musicales de que se valió el autor en el estreno cortesano de la pieza, para el que no contó ya con Lulli, del cual Molière se había distanciado tiempo atrás. Y ha empezado Flotats por vestirlo y adornarlo con el decoro debido: el vestuario de Franca Squarpicino y la escenografía de Ezio Frigerio, iluminada con esmero por Paco Ariza, son un portento de belleza y buen gusto.

              Y, en cuanto a la interpretación, más detalles encomiables. Lejos de cualquier divismo, Flotats ha repartido generoso el protagonismo de su entrañable figurón con los miembros de su elenco. Por citar unos pocos: Lola Baldrich, en una tan enérgica como aviesa Belina; Belén Landaluce y Rubén de Eguía, en la pareja de criaturas que representan el amor ideal, aquel que nunca pudo alcanzar su creador; Eleazar Ortiz y Francisco Dávila, en el hilarante dúo de Diarreus padre y Diarreus hijo. El gran Joaquín Notario, que hiciera un memorable Sganarelle en aquel mencionado Dom Juan de 2002, brilla también en el papel de Beraldo, pícaro y raisonneur a partes iguales. Y Anabel Alonso, extraordinaria servetta, auténtica demiurga de la burla, en quien Molière / Flotats confían la llave de la risa. Excelente trabajo coral, al que se suman Alejandro Sigüenza, Belinda Benedetti, Ana López, Laura López, Claudia Quintana, Bruno Ciordia y Arturo Martínez.

Con todos, pero con ella, en especial, comparte el maestro Flotats, más joven que nunca, los aplausos que suenan incesantes al final, tras el brillantísimo colofón de las máscaras que bailan en torno a Argan: en homenaje a su formidable interpretación y dirección; en homenaje al teatro puro, al teatro de siempre; y en homenaje a su inmortal patron, al que ‒terminada la fiesta‒ vimos sonreír complacido.

 

Ángel Esteban Monje, “Flotats dirige y protagoniza la última obra de Molière en el Teatro de la comedia, con un montaje muy cuidado en los detalles.”. Kritilo

José Miguel Vila, “El enfermo imaginario: celestiales Flotats y Molière” Diario Crítico

Raúl Lozánez, “El enfermo imaginario: la farsa y el clasismo” La Razón

 

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El Mundo

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