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antunano

Adaptar El criticón de Baltasar Gracián al teatro es un atractivo reto que afronta José Luís Esteban. El procedimiento es correcto, concentrar en un espacio (una embajada española) y durante un tiempo determinado (una recepción) un conjunto de personajes, relacionados con el embajador. Desde este supuesto espacio temporal, la acción teatral puede avanzar a expensas de las relaciones, que no conflictos en esta versión, entre los personajes, a los que se suman dos náufragos, Critilo y Andrenio, que se presentan en la embajada en busca de asilo (o ayuda), tras una serie de peripecias marítimas, cuya relación da pie a la introducción de pasajes de la novela y la inclusión de algunos flash-back o inmersiones en lugares oníricos. En estos parámetros se inscribe la alegoría de la novela, que presenta las dos caras del hombre a través de Critilo y Andrenio (los náufragos): el primero representa al experimentado, reflexivo y escéptico; el segundo, al impulsivo, iniciático y vital. Junto a esta visión existencial, la segunda idea fuerza de El criticón presentar a través de distintos personajes una sociedad que camina hacia la decrepitud, donde las apariencias ocultan los defectos, o los malos deseos se esconden bajo la pátina de las buenas intenciones. El tercer tema la búsqueda del amor de Critilo, que encontrará con los habituales sortilegios barrocos, anticipados por el desmesurado e ilógico afecto hacia el joven Andrenio, que encuentra por casualidad en el peregrinaje marítimo y que a la postre será el hijo de ese amor deseado y olvidado.

 

Estas historias se enhebran con una leve acción escénica que progresa con el pulso del adaptador, no de los personajes, e incluye episodios de las aventuras marítimas de los dos protagonistas, que se enmarcan mediante una iluminación que crea espacios evanescentes. La escenografía imita una elegante sala de recepciones de una embajada. Sobre este bastidor entran ideas y frases de Gracián, complicadas de comprender por el conceptismo conceptual en el marco de una representación teatral, cuyo lenguaje requiere que llegue al espectador con inmediatez y de manera inmediata. Por este motivo ideas o críticas a la sociedad contemporánea no se captan con prontitud, como tampoco las analogías entre texto y problemas o situaciones de hoy, y se difumina el sentido de la propuesta escénica que puede escapársele a un espectador poco atento al discurso. En la propuesta dramatúrgica se echa en falta la construcción de personajes; estos se definen con claridad en el estereotipo externo, pero les falta entidad con excepción de Critilo más que de Andrenio, de más tenue concreción. Otra dificultad de esta versión teatral de El criticón radica en la selección de conceptos, frases brillantes, atinadas sentencias, juegos de palabras que existen en el original: se percibe que Esteban ha realizado un profundo y minucioso estudio del texto fuente, pero este puesto en boca de los actores suena de manera artificial. De este modo los conflictos no son posibles, aunque el director, Carlos Martín, se inventa situaciones en las que multiplica acciones contrapuestas en búsqueda de una cierta tensión dramática y progreso de la acción, que impulse el texto hacia adelante. Los actores, que están en el escenario durante toda la función, construyen y defienden con coherencia el tipo de su personaje, al tiempo que dicen con claridad, algo imprescindible siempre pero más en una obra donde la palabra pesa tanto. El director compone con oficio y equilibra con acierto la escena, incluye algunas canciones en busca de variedad y ligereza a la densidad de la propuesta, e inventa algunas coreografías que distienden. Un trabajo serio y honesto, para trasladar la densa novela ensayo de Gracián a un escenario.

José Gabriel López Antuñano, UNIR

 

La construcción de una dramaturgia a partir de la novela-ensayo El Criticón de Baltasar Gracián es una tarea realmente heroica y digna de admiración. Su complejidad lingüística y filosófica es difícil que logre impregnar una obra de teatro de hora y media.

La compañía el Teatro de El Temple hace un ejercicio de valentía,  intentando rescatar la esencia filosófica de El Criticón. Sus personajes corales encarnan la metáfora de la descomposición moral de la sociedad en que vivimos. El traslado de la novela al teatro se realiza a través de tres códigos fundamentales: el humor, la estética del musical y la actualización.  Critilo y Andronio  son el eje central de esta tragicomedia satírica. Representan la antítesis de la existencia humana: el hombre en estado primitivo, inocente por su juventud y el hombre maduro con experiencia tocado por la virtud. Los dos llegan a un espacio construido con la estética de la estravagancia y la desmesura  que identificamos con espacios cotidianos actuales, en los que habitan personajes que representan el mal de nuestra sociedad y que se identifican con los pecados capitales (la lujuria, la avaricia, la gula….). El espíritu del Criticon se vierte en canciones y sentencias, pero la ausencia de diálogos y acción dramática paralizan la escena hasta convertirla en un recital de textos emblemáticos, en un musical reiterativo pero sin apenas tensión dramática.

¿Se puede entonces plasmar el espíritu de una época en una representación teatral? Es un objetivo que la Compañía Teatro del Temple persigue incansablemente, esperemos que en otra ocasión logre su propósito.

Cristina Bravo, ITEM

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