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Sinopsis: Germán, profesor de Literatura, descubre en la redacción de uno de sus alumnos una capacidad literaria que lo incita a animar a Claudio, el chico de la última fila, a seguir desarrollando una narración que poco a poco se va volviendo más inquietante. El profesor, intrigado y fascinado, no se decide a cortar la historia.

Autoría: Juan Mayorga

Traducción:

Dirección: Andrés Lima

Producción: Sala Beckett

Reparto: Guillem Barbosa Pilar Castro Arnau Comas Natalie Pinot. Alberto San Juan Guillermo Toledo

Escenografía: Beatriz San Juan

Iluminación: Marc Salicrú

Vestuario: Miriam Compte

Espacio Sonoro: Jaume Manresa

Fecha del Estreno: 14 de octubre de 2020

Teatro: Teatro María Guerrero

Duración: Una hora y cincuenta minutos

Género: Comedia dramática filosófica

Crítica teatral de El chico de la última fila

Fernando Doménech – RESAD Madrid 

Juan Mayorga es ya un clásico. Y El chico de la última fila, estrenada en 2006, es una de sus obras mayores, probablemente una de las que van a permanecer durante mucho tiempo en los escenarios. El autor la define como “una obra sobre padres e hijos, sobre maestros y discípulos, sobre personas que han visto demasiado y personas que están aprendiendo a mirar. Una obra sobre el placer de mirar las vidas ajenas y sobre los riesgos de confundir lo vivido con lo imaginado, una obra que quiere hacer teatro del acto mismo de imaginar”.

Siendo esto una buena presentación de la obra, no descubre toda la riqueza de matices que se puede encontrar en ella. El chico de la última fila es, además de lo que indica Mayorga, una profunda reflexión acerca de la enseñanza, y no a través de tristes tópicos sobre lo que saben o no saben los estudiantes o lo que hacen al salir de clase, sino centrada en lo que es un proceso educativo, esa extraña y magnética relación entre el profesor y el alumno, que aquí se van transformando en el maestro y el discípulo. Porque, si bien el ámbito en que se desarrolla la acción es una clase de Bachillerato en un instituto de la actualidad, lo que nos va contando podría trasladarse sin apenas cambios a un taller de pintura del Renacimiento o a una clase de música en la Viena del Clasicismo.

Pero esto no es todo: a la vez la obra nos plantea un debate acerca de la naturaleza y la ética de la ficción. ¿Hasta qué punto es real lo que observamos y lo que acaba plasmándose en la escritura? ¿Sustituimos lo que vemos por lo que imaginamos? ¿Es nuestro deseo el auténtico creador de nuestras historias? Y, en todo caso, ¿tenemos derecho a utilizar a los demás para nuestras fantasías?

No menos importante es la reflexión acerca de los límites del arte, y muy especialmente del arte moderno, en donde el gesto ha sustituido a la obra y la palabrería al análisis. Este aspecto, que aparentemente es un contrapunto cómico al tema central, es, sin embargo, fundamental para entender la obra en toda su complejidad.

Todo ello junto podría dar como resultado un auténtico tostón capaz de dormir al público más dispuesto a entrar en la caverna de la filosofía. Por el contrario, El chico de la última fila es una obra apasionante: Juan Mayorga sabe dosificar a la perfección la intriga y sacar emoción de una anécdota banal. Pero sabe hacerlo con humor, un humor refinado que hace que sus personajes sean a la vez risibles y cercanos, insufriblemente pedantes y endiabladamente inteligentes.

Lo dicho: un clásico.

         Andrés Lima ha conseguido una puesta en escena eficacísima con una estética de teatro pobre: unas cortinas no especialmente bonitas, un sofá, cuatro sillas y algunos elementos de atrezzo. Con ellos y con un brillante juego de luces, logra un ritmo sostenido y un juego de planos (el de la realidad y el de la escritura) sin aparente esfuerzo. Los actores responden con solvencia, pero hay que resaltar la labor de Guillermo Toledo, en uno de sus mejores trabajos hasta la fecha. Su composición de Rafa padre es todo un modelo de cómo crear un personaje cómico sin caer en la caricatura.

Raúl Losánez: “El chico de la última fila”: La extraña naturaleza de la ficción” La Razón 

José Miguel Vila: “El chico de la última fila’: realidad y ficción frente a frente” Diario Crítico

        “Andrés Lima ha conseguido una puesta en escena eficacísima con una estética de teatro pobre: unas cortinas no especialmente bonitas, un sofá, cuatro sillas y algunos elementos de atrezzo. Con ellos y con un brillante juego de luces, logra un ritmo sostenido y un juego de planos (el de la realidad y el de la escritura) sin aparente esfuerzo. Los actores responden con solvencia, pero hay que resaltar la labor de Guillermo Toledo, en uno de sus mejores trabajos hasta la fecha. Su composición de Rafa padre es todo un modelo de cómo crear un personaje cómico sin caer en la caricatura.”

Fernando Doménech Rico

RESAD

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