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Autoría: Juan Mayorga

Dirección: Juan Mayorga

Ayudante de Dirección: Carlos Martínez-Abarca

Producción: Avance Producciones Teatrales, Entrecajas Producciones Teatrales y García-Pérez Producciones

Producción ejecutiva: Chusa Martin - Susana Rubio

Distribución: Cuca Villén - Entrecajas Producciones

Escenografía: Alejandro Andújar

Iluminación: Juan Gómez-Cornejo

Movimiento: Nelson Dante (Maestro de baile)

Vestuario: Alejandro Andújar María Calderón (Ambientación de vestuario)

Música: Mariano García Diego Galaz (Violines y cuerdas) Jasmina Petrovic (Voz)

Espacio Sonoro: Mariano García

Utilería: Miguel Ángel Infante

Fotografía: Ceferino López - MarcosGpunto

Vídeo Promocional: Óscar Pedraza

Fecha del Estreno:

Teatro: Naves del Español. Matadero

Género: Drama

Duración: 125 minutos

Web Oficial:

Entrevistas y reportajes:

Estudios Académicos:

 

antunano Extenso texto reflexivo para dos personajes que debaten sobre diversos temas, siempre con una carga intelectual profunda. Con el fondo del holocausto de los judíos del gueto de Varsovia en la segunda guerra mundial, el autor propone asuntos como las relaciones entre opresor y oprimido; el dibujo de los mapas a voluntad del que ostenta el poder, que puede construir y contar una historia que se separa de la real, causando daños irreparables; los cambios en la actitud de las personas según las circunstancias en las que se encuentren, etcétera. Tras esta diversidad de temas hay un nexo común, el relativismo de la existencia humana y la falta de la verdad que impere sobre comportamientos, decisiones, etcétera. El texto tiene todo lo bueno y lo más discutible de este autor. Entre los aciertos, la altura intelectual, la profundidad de los temas abordados, la capacidad para acometer asuntos en su dimensión real, sin preocuparse de modas, el razonamiento lógico y ordenado de las proposiciones que contienen los parlamentos, el interés que producen las cuestiones planteadas aunque excedan lo cotidiano, etcétera; en el debe, el exceso de retórica en algunos momentos de la obra; el alargamiento un tanto narcisista de algunas argumentaciones y la reiteración de algunas propuestas; o la desencarnación de los contenidos de los parlamentos en relación a los personajes. Es más discutible, la labor como director de escena, porque algunos de los problemas señalados en el anterior párrafo podrían quedar resueltos al separar autoría y dirección. Es verdad, que el propio dramaturgo es el que elige esta opción, desconfiando de los directores que le cercenan los textos o se los reinterpretan, aunque una visión ajena al escritor, a veces, permite ampliar la lectura, clarificar puntos u ofrecer matices diferentes y complementarios; sin embargo Mayorga desconfía porque cree que en la escenificación lo importante es la palabra y que esta no se adultere por artificios del director o juegos interpretativos de los actores a contratexto. Cuenta con dos actores solventes, aunque García-Pérez cada vez tenga más problemas con la voz y llegue a la parte final con escasa claridad en la dicción, que con sus conocimientos, talento y oficio resuelven cualquier cuestión. Las ideas del texto se expresan, llegan e interesan, y cuando esto ocurre no se acusan algunas carencias de dirección de escena, que son evidentes cuando el interés del texto decae y la escena pierde intensidad; asimismo, el valorar la palabra por encima de todo, le lleva a marcar excesivamente los movimientos, las expresiones o a marcar un tempo ritmo excesivamente lento. El valor que concede a la palabra también le impide la búsqueda de signos que acompañen y amplifiquen con su desentrañamiento el contenido del texto. Sin escenografía, con una luz con contrastes, predominio de oscuros y muy concentrada, utiliza el rojo en el vestuario y en el carácter tonal de la propuesta escénica como signo del sufrimiento que puede inferir la palabra utilizada contra las personas. El holocausto judío está ahí, pero también como metáfora de la capacidad destructiva de la humanidad.

José Gabriel López Antuñano, UNIR

 

El cartógrafo, escrita y dirigida por Juan Mayorga, tiene las cualidades que han hecho justamente apreciada la obra de este autor, empezando por la profundidad y el peso de los temas tratados. Sobre el trasfondo del exterminio de los judíos de Polonia durante la ocupación nazi, esta obra reflexiona, entre otras cosas, en la deformación de la realidad por parte del poder, en el valor de la resistencia individual y en la fuerza de la memoria para trascender a la muerte. Una cartógrafa española, casada con un diplomático destinado en Varsovia, emprende la búsqueda obsesiva de la mujer que, siendo niña, dibujó, bajo la guía de su abuelo, un peculiar mapa del gueto, dando así contenido humano al espacio convencional impuesto por el poder. Alternamente, asistimos a escenas de la vida de una cartógrafa polaca en la época comunista, cuya presumible identidad con la autora del mapa –así como la autenticidad de este– no queda resuelta hasta el final. Paralelamente aflora la tragedia familiar que motiva la búsqueda por parte de la pareja actual. Todos los papeles –los ya mencionados y otros secundarios– son interpretados por solo dos actores, Blanca Portillo y José Luis García-Pérez, en un más que meritorio trabajo del que sólo desentona, hasta que el espectador se acostumbra, el ronco registro vocal de él. Sobre la puesta en escena, de la que esta vez se ha hecho cargo el propio autor, cabe decir que mantiene la integridad del texto, lo que, dada su densidad, genera ciertos altibajos en la fuerza dramática de los diálogos. La identificación emocional de los actores con sus papeles es la esperable dados los temas tratados, pero se busca al margen de la ilusión escénica, que en una escena incluso es totalmente rota. A esta teatralidad consciente contribuye una escenografía mínima y de resonancias simbólicas: sobre el fondo negro y el vestuario blanco destaca con violencia el color rojo de la escasa utilería (lo que, por asociación temática, nos recuerda una célebre escena de la película La lista de Schindler). La idea es muy buena, pero los objetos se nos antojan dispersos por el escenario un tanto al azar. Tampoco los bruscos contrastes de luz resultan siempre funcionales. De El cartógrafoqueda al final la impresión de una buena experiencia escénica que podría haber sido aún mejor, y de un gran texto al que apetece volver.  

Alejandro Hermida de Blas, ITEM-UCM

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