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antunanoLos autillos de fe se diferenciaban de los autos de fe en la naturaleza del hecho juzgado por la Inquisición: el primer caso de temática más escabrosa y por ello con la “vista” en recintos cerrados, donde también se sentenciaba, para no escandalizar a los viandantes espectadores de la época. En Culpa in vigilando, el tema gira entorno a las prácticas sadomasoquistas de un procesado por motivos relacionados con el sexo, aunque parte de la explicación del caso se pierde por problemas técnicos en la recepción de la señal a través de unos auriculares. El espectáculo se estructura en dos espacios y con diferentes lenguajes. El exterior, el jardín del Loft Contemporáneo desde el que se accede a un pequeño patio con un brocal de pozo en medio, lugar en el aguardan tres intérpretes. El interior, de forma rectangular, con un pasillo perimetral, separado por una tirolina del espacio de representación, donde se instalan tres jaulas; en uno de los lados del rectángulo una cortina recoge la proyección de un guitarrista que toca durante el transcurso del espectáculo. Este segundo espacio, con frases de procesados o de clásicos en las paredes, con una tenue luz, roja en el techo, con humo, más o menos intenso, y cierto olor a incienso crea una atmósfera más inquietante que oprimente. Está conseguido.

 

La propuesta combina diferentes lenguajes: veinte minutos se dedican a explicar lo referente a los autos de fe y a este en concreto, sacado de las crónicas. La voz envolvente, cadenciosa y sensual no impide que esta parte explicativa resulte larga y conocida; asimismo plantea una serie de reglas para asistir al espectáculo, una vez se pase al interior del patio. Pese a la longitud, se crea un cierto clima de expectativa. Plantea en las advertencias tres modos de contemplar el autillo en la sala interior, como voyeur, víctima o verdugo. Ya en el interior de la sala, cuatro intérpretes que realizan acciones distintas, mientras se escucha a través de los cascos alguna explicación que ilustra lo que se ve, mientras se escucha la música. Los dos polos de atracción visual son un hombre en una jaula, que más parece un simio que una persona, y un grupo de tres actores, dos hombres y una mujer, con el torso semidesnudo que realizan unas “leves” prácticas de sadomasoquismo con la víctima del autillo. El final, una hoguera en el patio donde comenzaba el espectáculo, en recuerdo de las piras de la Inquisición.

 

Se plantea Culpa in vigilando como performance y esta nomenclatura ya da para una discusión: si por performance se entiende el acto creativo en el momento de producirse, que no admite imitación porque la relación entre cuerpos y elementos no admiten repetibilidad, la propuesta de Bonillo no se ajusta a ese patrón: ni las felaciones son tales, ni tampoco las crueles agresiones de los verdugos (se observan caricias a la víctima, que permanecerá tumbado en el suelo, e imitación del golpeo de la espalda mediante unos acariciadores fragelos). Hay imitación o interpretación (teatro), no performatividad. Se supone que el atractivo de esta visión del autillo en lugar recogido y privado debe producir algún tipo de sensaciones o sentimientos, de placer y repulsa por el sadomasoquismo o de simpatía o rechazo ante la víctima o los verdugos. Sin embargo, nada de esto ocurre, se asiste como un voyeur que tampoco tiene mucho que ver.

 

El otro planteamiento del espectáculo tampoco parece bien resuelto. Escribía antes las tres opciones que se le ofrecen al espectador, pero en ningún momento los actores performers hacen invitaciones explícitas a los espectadores que, según el enunciado de la propuesta deberían producirse, con respeto a la libertad de acción del espectador. Sin estos dos elementos la presentación de Culpa in vigilando, con pretendida provocación queda en un cúmulo de buenos deseos, pero sin que se produzca interactividad entre creadores y espectadores, ni se creen sensaciones que conlleven algún tipo de reacciones, ni se añade nada nuevo en la información del asunto tratado. De este modo, Culpa in vigilando no produce respuestas porque es una propuesta un tanto light, aunque situarse en un término opuesto de violencia y sexo extremos tampoco es la solución, porque los “medias” presentes, cuando no la vida misma, aboca al espectador a no sorprenderse de nada. Estos espectáculos, desarrollados de una manera más agresiva sí conmocionaba en los años setenta u ochenta del pasado siglo, hoy parecen déjà vu.

 

José Gabriel López Antuñano, UNIR

 

“Culpa in vigilando: visita guiada a un autillo de fe nº26” es ante todo un ejercicio de laboratorio y como tal tiene como fin la experimentación teatral. Los espectadores desde el principio nos convertimos en “covayas” de una investigación, pero unos covayas muy particulares que quizás no sabemos ser partícipes del experimento realizado. Desde el título de la obra tenemos un objetivo: vamos a ser guiados por un universo desconocido. Esas dudas se disipan cuando en el jardín antes de entrar a la sala, como si se tratara de un grupo de turistas que visita un monumento histórico, se nos ofrecen unos auriculares y una voz de mujer clara y contundente nos explica cuál es la naturaleza de esta representación. Nos traslada a un rito del siglo XVII, el autillo de fe, que se realizaba en contadas ocasiones y ante un público no numeroso. Se nos explica la similitud con las prácticas sadomasoquistas y que papel podemos desempeñar al entrar en este espacio (¿de torturas de la Inquisición?/ ¿de una relación sadomasoquista?. Podemos elegir entre el papel de voyeur y sólo observar, o bien transformarnos en protagonistas de esta historia:  dominantes o  sumisos. Pero nuestras expectativas se frustan a pesar de que los indicios que encontramos nos conducen al misterio: la entrada en un espacio pequeño, enmarcado con una sutil barrera (una ligera cortina de flecos negros), la música inquietante, el humo que no nos deja percibir claramente la acción que sucede en el centro del pequeño escenario, en el que resaltan las jaulas e instrumentos de tortura. Este ritual nos sumerge en una atmósfera amenazante, en la  frontera, en arenas movedizas entre el placer prohibido y la crueldad física. La magia del rito nos envuelve aunque va disipándose poco a poco quizás porque la acción se congela y nosotros con ella, nada sucede, excepto unos gestos repetitivos, estamos ante un simulacro; ni las citas de los Inquisidores en las paredes, ni la indumentaria de los actores nos estimula, sólo miramos y acabamos abandonando  la sala sin catársis y sin movimiento emocional.

No obstante, la experimentación teatral y el concepto laboratorio de creación escénica que maneja esta compañía es esencial para la evolución del hecho teatral y para convertir al espectador en sujeto activo de la reflexión. Rescatan el concepto de lo sagrado, del teatro como rito en el sentido de Artaud,y aunque parezca que dirigen en demasia los pasos de los espectadores,  tenemos la sensación de que el experimento no ha concluido, todavia puede estar abierta la puerta de la libertad de elección y del juego.  Este autillo puede parecer un mero simulacro, sin verdad dramática, sin el atrevimiento que propone la performance, reducido a un decorado,  pero quizás estemos más cerca de lo que pensamos de un escenario real, donde el espectador queda sometido al arbitrio del comediante, encerrado en una atmósfera perturbadora, en un ritual de expectativas de dominación que nos deja sin duda paralizados.

Cristina Bravo, ITEM

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