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Sinopsis:

KAPOW nace del empeño de Patricia Ruz y Alberto Jiménez por cristalizar en rito sus vidas atravesadas por un acontecimiento: el espacio que se abre entre la conciencia de la muerte y su presente implacable. Durante el proceso de esta convalecencia artística han transitado lugares como la polaridad ancestral del género, el miedo, el paso del tiempo, el dolor, lo chamánico, la felicidad, pero sobre todo han practicado el asombro que nace por variar hasta el infinito materiales escritos con su cuerpo en esos lugares.

La cita nacerá de una tirada del I Ching, ya que la propia naturaleza de la pieza es un libro compuesto por elementos que mutarán cada día delante de cada grupo de espectadores.

Los espectadores serán invitados a participar como cómplices en la improvisación expandida, y tendrán la posibilidad de constatar las concordancias, las oposiciones, lo inquietante de la combinación de ese misterioso libro de materiales puestos en riesgo, o… vaya usted a saber.

KAPOW quizá sea sólo eso, un instante. Sí, quizá sea solo eso, una búsqueda desesperada de ALGO que justifique tanta cáscara de huevo, tanto pasar el aspirador cotidiano. Una pieza al filo del cuerpo y de la nada. Dedicada a ViVi(R).

Autoría: Patricia Ruz y Alberto Jiménez

Producción: Equipo de Kapow y Bella Batalla

Ayudante de dirección: Silvia Nieva y Jesús Barranco

Ayudante de producción: Teatro de La Abadía, Teatro Pradillo y Fundación Psico Ballet Maite León

Escenografía: Eleninja

Construcción de Escenografía: Taller Supermanitas

Iluminación: David Picazo

Diseño del Cartel:  Marta Azparren

Vídeo Promocional: Marta Azparren

Fecha del Estreno: 16 Noviembre 2019

Teatro: Teatro de la Abadia

Duración: 90 min 

Género: contemporaneo 

Festivales: 37º Festival de Otoño de Madrid

KAPOW, quizá sea sólo un instante

Lara Barzon – Instituto del Teatro de Madrid

Al entrar en la sala el público es recibido por una atmósfera densa dada por el olor a incienso, una música que recuerda a un mantra y unas luces suaves que iluminan un escenario aparentemente inmerso en la niebla. No hay telón y, aunque la vista es frontal, es evidente desde el momento en que se entra en la sala que no se va simplemente a asistir a un espectáculo, sino a participar en un acontecimiento.

En el centro del escenario hay una mesa detrás de la cual se reúnen los actores, Patricia Ruz y Alberto Jiménez (que son también los autores del espectáculo) y los que se indican en la ficha artística como los ángeles custodios, Silvia Nieva y Jesús Barranco, y así empieza el juego de improvisación que resulta ser todo el espectáculo. De hecho, el acontecimiento comienza con la consulta del I Ching, un libro oracular chino que data de alrededor del año 1200 a.C.. El significado literal es libro de las mutaciones y se cree que según el número que salga describe o interpreta la situacion presente de quien lo consulta y aconseja el modo en que se puede resolver el futuro.

El 18 de marzo de 2021, el oráculo dijo: la Revolución. A partir de ese momento, tras un largo abrazo entre Ruz y Jiménez, comienza la escena, que se desarrollará con continua sorpresa.

Es imposible definir exactamente lo que ocurre en el escenario. La estructura del espectáculo se despliega ante nuestros ojos como si lo que estamos presenciando ocurriera por primera vez, nada parece preestablecido. Los dos actores se aventuran en una improvisación continua, arrastrándonos con ellos a un mundo extraño y absurdo, pero que por alguna razón instintiva reconocemos como propio. No hay una historia ni una narración lineal, no hay puntos de apoyo estructurales que nos permitan predecir, pero a pesar de ello se crea desde el primer momento una complicidad que lleva al público a sonreír, llorar o soñar con ellos. Las imágenes escénicas se construyen gradualmente en presencia del público, en el aquí y ahora, haciéndole participar en el proceso de pensamiento y de creación. No hay nada acabado, nada fijado, nada dado por sentado; es una investigación continua, una investigación que surge de la espontaneidad de vivir el presente sin prejuicios y sin la presunción de saber cómo va a terminar.

La danza, el canto, el teatro, la luz, los objetos escénicos, todo está al servicio del presente.

KAPOW quiza sea solo eso, un instante. Eso leemos en la presentación del espectáculo. La sensación es que durante toda la duración estamos viendo la dilatación extrema de todo lo que puede ocurrir en un instante, todos los pensamientos y deseos que componen un instante descompuesto en mil pedazos. Todos los instantes posibles incluidos en uno.

No hay dramaturgia, sino una escritura escénica que es consecuencia del proceso de creación o, como lo llaman Ruz y Jiménez, de la convalecencia artística. El espectáculo trata de los miedos, del dolor, del amor, del género masculino y femenino, del paso del tiempo, de la felicidad. O mejor dicho, no habla de nada, el espectáculo es miedo, dolor, amor, sexualidad, tiempo y felicidad.

La escenografía es muy sencilla y está compuesta por pocos objetos que tienen un valor simbólico: una mesa, dos vasos de vino, muchos huevos y unos libros infantiles. Además, cada uno de los dos actores tiene su propio objeto recurrente: el casco de moto para Jiménez y los zapatos de tacón para Ruz, probablemente los símbolos de ser hombre y/o mujer. Los idiomas se mezclan: hablan francés, italiano y español. No hay una verdadera conversación entre ellos, sino que comparten experiencias y se cuentan historias que a veces toman el relevo de las suyas: son las historias de los libros las que se convierten en protagonistas, o la historia que cuenta una canción de amor. Cada gesto y cada objeto adquieren un significado que de vez en cuando sigue sorprendiéndonos, en la frontera entre lo cotidiano y lo absurdo. Es el caso, por ejemplo, de los huevos que se enrollan, se recogen y se cuidan como si estuvieran vivos y fueran preciosos, y luego los utiliza Ruz para pegar plumas detrás de sus omóplatos y transformarse en el ángel desnudo de la canción de amor.

Así termina, en la oculta desnudez de un juguetón abrazo y un baile al ritmo de una adictiva canción, Kapow el 18 de marzo de 2021. Quién sabe qué saldrá la próxima vez del oráculo chino, quién sabe qué instante explotará en el escenario.

Lo que siempre será lo mismo es:

KAPOW, el ruido que recuerdo del coche chocando contra mis huevos.

KAPOW, el sonido que corta mi apego de un solo golpe.

KAPOW, un golpe que nos abre a la posibilidad del instante.

Es imposible definir exactamente lo que ocurre en el escenario. La estructura del espectáculo se despliega ante nuestros ojos como si lo que estamos presenciando ocurriera por primera vez, nada parece preestablecido. Los dos actores se aventuran en una improvisación continua, arrastrándonos con ellos a un mundo extraño y absurdo, pero que por alguna razón instintiva reconocemos como propio. No hay una historia ni una narración lineal, no hay puntos de apoyo estructurales que nos permitan predecir, pero a pesar de ello se crea desde el primer momento una complicidad que lleva al público a sonreír, llorar o soñar con ellos. Las imágenes escénicas se construyen gradualmente en presencia del público, en el aquí y ahora, haciéndole participar en el proceso de pensamiento y de creación. No hay nada acabado, nada fijado, nada dado por sentado; es una investigación continua, una investigación que surge de la espontaneidad de vivir el presente sin prejuicios y sin la presunción de saber cómo va a terminar.”

Lara Barzon

Instituto del Teatro del Madrid

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