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Sinopsis: Tras la petición de mano de la novia y concierto de las bodas, que agrandarán la posesión de tierras, estas se realizan. La novia a quien corteja de antiguo Leonardo asiste a la boda y huye con la novia antes de la noche nupcial. Muerte de marido, Leonardo y novia, consumando la tragedia, donde la fuerza de la sangre se impone.

Dramaturgia: Pablo Messiez

Autoría: Federico García Lorca

Versión: Pablo Messiez

Dirección: Pablo Messiez

Ayudante de Dirección: Javier L. Patiño

Producción: Centro Dramático Nacional

Reparto: Guadalupe Álvarez Luchía, Pilar Bergés, Francesco Carril, Juan Ceacero, Fernando Delgado-Hierro, Claudia Faci, Carlota Gaviño, Pilar Gómez, Carmen León, Gloria Muñoz, Julián Ortega, Estefanía de los Santos, Óscar G. Villegas

Escenografía: Elisa Sanz

Ayudante de Escenografía: Marta Guedan

Construcción de Escenografía: Mambo decorados, Sfumato

Iluminación: Paloma Parra, Sergio García

Vestuario: Elisa Sanz

Ayudante de Vestuario: Paula Castellano

Realización de Vestuario: Sastrería Cornejo

Música: Óscar G. Villegas

Espacio Sonoro: Óscar G. Villegas

Utilería: Miguel Ángel Infante, Mateos

Diseño del Cartel: Javier Jaén

Fotografía: marcosGpunto

Fecha del Estreno: 18/10/2017

Teatro: María Guerrero

Sala: Sala Principal

Duración: 1 hora 30 min.

Género: Tragedia

Web Oficial: Centro Dramático Nacional

Entrevistas y reportajes:

Julio Bravo, ABC: “'Bodas de sangre': García Lorca en presente compartido”

Álvaro Vicente, Godot: “Las ‘Bodas de Sangre’ de Pablo Messiez”

Rocío García, El país: “Messiez: 'Me conmueve y añoro la valentía de Lorca'”

José Ramón Díaz Sande, MadridTeatro: "'Bodas de sangre': atrapados entre la ley y el deseo”

 

 

antunanoAsí que pasen setenta años de la muerte del autor decaen los derechos de autor y cualquier cosa puede suceder con el texto y la escenificación. Ante las objeciones familiares a intervenciones textuales de directores poco contrastados, existía cierta expectación para ver qué ocurriría, cuando los derechos pasaran a dominio público. Messiez, un ocurrente director de escena aprovecha la ocasión con desigual fortuna.

Quizá de todo el corpus de Lorca, Bodas de sangre sea la obra más necesitada de una intervención dramatúrgica. Siempre he pensado que, inspirado en un drama rural, el dramaturgo no se atrevió, no pudo o no acertó a envolverlo en esa atmósfera surrealista, que ya había ensayado antes en Así que pasen cinco años o El público y que en Bodas … se apunta en muchas escenas. Es un drama que necesita de una poderosa actuación para darle mayor uniformidad y sentido, ahondar más en el subconsciente de los personajes y en ese fatum que aletea sobre decisiones y conductas de los personajes.

El argentino Messiez, después de un prólogo de cosecha propia que intenta ser poético y didáctico a un tiempo sin lograrlo, resume la primera parte: cuenta con brevedad la fábula, simplificándola en exceso, vaciándola de la densidad poética que poseen las escenas más costumbristas y apuntando una ligera caricatura en el tono y la vestimenta de algunos personajes. Añade un interludio con canciones próximas al presente en la celebración del banquete de la boda, que detiene la acción por completo. Del costumbrismo a una atmósfera onírica en el bosque (parte segunda), que comienza con una larga escena erótica con dos hombres y una mujer, evidenciando algo que confunde al espectador y choca con la escena la novia con la madre, donde la primera insiste en proclamar su honestidad, pese a la huida con Leonardo.

La propuesta de Messiez presenta algunos problemas más: la superposición de estilos, que apunta hacia el pastiche; las carreras por el pasillo de la platea, nunca justificadas; la falta de armonía del tempo ritmo; y la superposición de textos, porque es demasiado notoria la diferencia, cuando se escucha el original en relación con los añadidos (algunos pretenciosos) o los cortes. Tampoco ayuda a conmover al espectador el diseño escenográfico: telones blancos para la primera parte (¿cumple alguna función el color en relación con la significación?), con las paredes perimetrales de espejos de la parte segunda, que encierran unos troncos de árbol yermos, con iluminación de semi penumbra, para la escena del inicio, que luego gana en intensidad lumínica, mientras pierde densidad dramática. No funciona ese espacio como espejo de la conciencia del espectador, aunque por la llamada de atención del prólogo y por la claridad del signo así parece que el director lo pretenda. Poco Lorca, poca incursión en ambientes oníricos, escasa relación entre lo que sucede sobre el escenario y el subconsciente del espectador, y el recuerdo de otros espectáculos firmados por Messiez, donde se observa un director ocurrente y de ideas brillantes pero que no logra un desarrollo dramatúrgico. En medio de este otro Lorca, una espléndida interpretación de Gloria Muñoz (Madre) y en alguna de las caídas de la acción dramática, la mente evoca algunos Lorcas firmados por Lluís Pasqual sobre ese mismo escenario.

José Gabriel López Antuñano

ARES – UNIR

 

El argentino Pablo Messiez es una de las figuras más prometedoras de la escena española, y en varias ocasiones ―pienso, sobre todo, en Los brillantes empeños― nos ha hecho sentir, aunque fuera por una hora, la fresca brisa teatral porteña en nuestros resecos rostros madrileños. Así las cosas, nos apetecía mucho una versión suya de Bodas de sangre: con el sustento del CDN en la producción, el montaje estaba llamado a ser, al menos en nuestro horizonte de expectativas, uno de los hitos de la temporada. Messiez nos venía avisando de que se había acercado a Lorca con ojos nuevos, olvidándose de los clichés y de toda esa insufrible procesión de lugares comunes que han sido considerados hasta el presente como la esencia de lo lorquiano. Yo me preguntaba: ¿Se acabarán por fin las exageraciones del acento andaluz, la introducción del flamenco sin ton ni son, los vestuarios negros y las cuevas gitanas para la escenografía? ¿Volverá la pureza trágica que llevó la Espert a Yerma de la mano magistral de Víctor García en 1971? ¿Saltará al circuito comercial la idea de un Lorca nuevamente primitivo, originario y griego con la que lleva años trabajando Irina Kouberskaya en la pequeña sala Tribueñe? Con este anhelo fui un viernes al María Guerrero, para asistir a la ceremonia de un Lorca contemporáneo. De propina, me llevé a sesenta alumnos de todas las edades. Y, entonces, comenzó.

Cuando Pablo Messiez nos avisó de que se olvidaría de los clichés lorquianos, no nos dijo que se olvidaría de Lorca y de una de las tragedias más logradas del teatro español ―quizás la segunda mejor, en dura lid con Luces de bohemia, después de La vida es sueño―. No nos dijo que sus actores pasarían por el texto como quien pasa por la lista de la compra; que atropellarían algunos de los parlamentos más hermosos jamás escritos en nuestra lengua; que gritarían, correrían, se desnudarían y harían de todo en escena menos encarnar las palabras del poeta.

Pienso que Messiez, en su encomiable intento de acabar con tópicos, cayó en tierra de nadie. Falta en el montaje, sin duda, convicción dramatúrgica. El espectador ni siquiera sabe muy bien identificar el cronotopo: ¿estamos en una boda hortera en Parla, 2015, o en un guateque de los 70? A fin de cuentas, la Criada es tan pronto andaluza como vallisoletana, y la Madre viste tan pronto de viuda de los cuarenta como de señora bien de los 80 rodeada de coloridos vestidos que no guardan entre sí ningún concierto. Messiez termina cayendo en topicazos contemporáneos ―Leonardo esnifa cocaína, los «leñadores» son invitados que gozan de un ménage à trois en el bosque― cuando huye de los tradicionales.

Diré que existen en este montaje algunos elementos destacables y merecidamente aplaudidos. La iluminación de Paloma Parra es, en mi opinión, el más interesante de todos; los ambientes están espléndidamente connotados, y existe todo un lenguaje luminotécnico que viste una escenografía también correcta. También considero plásticamente sugestiva la construcción del prólogo de la obra y del cuadro del bosque. Para el primero, Messiez recurre al prólogo de Comedia sin título y, por única vez en su puesta, a la pureza: fondo blanco, casi futurista, y la luna/mendiga desnuda por el espacio. Un contundente efecto especial da inicio al texto lorquiano. En definitiva, nada en los diez primeros minutos puede augurar los ulteriores desaciertos. Para el bosque, el otro momento notable de la dramaturgia, Messiez plantea una escenografía amplificada con espejos, en la que el talento de la iluminadora termina de configurar la atmósfera necesaria de un bosque mágico, de una naturaleza poderosa y amenazante. En esta propuesta visual es en el único momento en que he sentido a Federico invitado a su propia obra.

Los actores acometen el texto con evidentes fallas de comprensión, lo que deviene en un nivel de interpretación manifiestamente mejorable. La actuación de Gloria Muñoz como la Madre desprende vagos tornasoles en medio de este páramo, aunque no alcanza la verdad teatral que nos han hecho llegar otras actrices en el mismo papel. Bodas de sangre no se puede montar sin una Novia y un Leonardo potentes, y aquí a veces hasta nos olvidamos de que están en escena. El resultado nos convence de una necesidad imperiosa: que las compañías cuenten con asesoría literaria, que especialistas en Lorca ayuden a los actores y al director a penetrar en el sustancioso universo literario de la obra. La riqueza del texto es tal en sus connotaciones y referencias que casi sorprende que Messiez haya llegado a tan desangelado hallazgo escénico, que se nos antoja desnortado y deprimente.

La versión que firma el director es correcta en lo relativo a los recortes, pero sus añadidos son a ratos inexplicables ―¿de verdad era necesario introducir aquella morcilla sobre la prima argentina de la Novia?―, y solo buscan esperpentizar una obra que ni escénica ni literariamente admite semejante carnavalización. En cuanto se comienzan a escuchar las primeras risas en el público ―cuando aparece la vecina caracterizada como una maruja almodovariana― empezamos a percibir en nosotros una punta de enojo, una creciente sensación de estafa, de así no: «no hagas esto con esta escena, por favor», pensé en varias ocasiones. Messiez se topa con las costuras del texto lorquiano, que no resiste esta progresiva desnaturalización sin causar una profunda sensación de artificialidad, de inautenticidad.

Es un error ponerse de rodillas ante un texto como este y hacer algo canónico, pero no escuchar el texto ―y ese es el principal problema, que no parece que se haya escuchado el texto con la necesaria atención― es otra equivocación no menor. Messiez decide corregir Bodas de sangre porque «Federico no escribiría hoy la función como la escribió en 1933». Pero en este reajuste Lorca desaparece detrás de la figura del director de un montaje fallido que acometen teatreros solventes de los que siempre esperamos grandes cosas. Remedar a un autor en teatro no es algo censurable, pero es arriesgado si no es seguro que vayamos a ofrecer algo mejor que lo que arreglamos. No sea que lo estropeemos, por difícil que sea.

Salimos del teatro con una nítida conclusión: enmendar a Lorca; eso sí que es un empeño brillante.

Sergio Santiago Romero

SET – ITEM

Marcos Ordoñez, El país: “Galopes firmes y riendas por tensar”

Javier Villán, Diario de Javier Villán: “Lorca y la modernidad de Messiez”

Mario Martín Lucas, El español:Bodas de sangre

Horacio Otheguy Riveira, Culturamas: “Bodas de sangre, de García Lorca, según pablo Messiez”

José Miguel Vila, Ociocrítico:Bodas de sangre: Lorca, Messiez, el instinto y la cultura”

Aldo Ruiz, El teatrero:Bodas de sangre de Messiez: Gloria Muñoz y Estefanía de los Santos sobresalen en un fallido montaje que se queda en tierra de nadie”

Antonio Hernández Nieto, Huffington Post: “Bodas de  sangre, ese vals, ese vals, ese vals”

Floja versión de Messiez  a lo que contribuye una interpretación sin fibra ni nervio.

Javier Villán

Diario de Javier Villán

Mi sensación al acabar este espectáculo fue de plenitud, disfruté, me pareció impecable la puesta en escena.

Mario Martín Lucas

El Español

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